El cara a cara del papa Francisco con el poder en México

El papa Francisco conversó con el presidente mexicano Enrique Peña Nieto en una reunión privada en la que intercambiaron presentes. (EFE)
El papa Francisco conversó con el presidente mexicano Enrique Peña Nieto en una reunión privada en la que intercambiaron presentes. (EFE)

14 de febrero 2016 - 15:20

(EFE).- Las palabras “privilegios” y “corrupción”, pronunciadas por Francisco ante los principales representantes del poder político y económico de México cobraron un fuerte simbolismo hoy en el histórico momento en que un papa católico fue recibido por primera vez en el Palacio Nacional.

El recinto, originalmente una segunda residencia privada que Hernán Cortés ordenó construir en 1521 sobre las ruinas del Palacio de Moctezuma tras la caída de Tenochtitlán, capital del imperio azteca, amaneció rodeado de un fuerte cerco de seguridad.

Las vallas y los efectivos de policía clausuraron a cal y canto el Zócalo, la plaza pública más grande de Latinoamérica

Las vallas y los efectivos de policía clausuraron a cal y canto el Zócalo, la plaza pública más grande de Latinoamérica donde se halla la entrada principal del palacio.

Tras bajar de su papamóvil, el pontífice fue recibido por el presidente, Enrique Peña Nieto, a las puertas del fastuoso edificio, sede de virreyes durante la colonia y de gobernantes mexicanos tras la independencia, un período que dio paso con los años a un Estado laico con una larga historia de amores y desamores con la Iglesia.

Acompañados por la primera dama mexicana, la actriz Angélica Rivera, celebraron una reunión privada en la que intercambiaron presentes y escucharon luego de un experto la descripción de un mural pintado en 1929 en una pared del recinto por Diego Rivera, artista de profundos ideales socialistas.

En la obra Rivera representó a la cultura tolteca como una civilización gloriosa representativa de la época prehispánica y momentos de gran trascendencia histórica como la Revolución Mexicana de 1910 o la Reforma Liberal de 1857, que convirtió a las instituciones del país al laicismo.

Al descender por las escalinatas que dan al Patio de Honor, Francisco fue objeto de una sonora ovación del auditorio, formado por miembros de los tres poderes del Estado, la jerarquía eclesiástica, periodistas y varios renombrados empresarios.

Entre ellos, el magnate Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del planeta; Daniel Servitje, propietario de Bimbo; Miguel Alemán, dueño de la aerolínea Interjet, o Valentín Díez Morodo, presidente de la patronal del país.

También estuvieron los gobernadores de los 32 estados mexicanos, entre los que llamó la atención el de Jalisco (oeste), Aristóteles Sandoval, al llegar en una moderna silla motorizada por estar convaleciente de un accidente de motocicleta.

El de Chiapas (sur), Manuel Velasco, fue junto con su esposa, la cantante Anahí, exintegrante del grupo musical juvenil RBD, el más solicitado por otros invitados para tomarse fotografías al finalizar el acto.

En el evento, con un rostro más serio que solemne en algunos momentos, el papa Francisco agradeció las palabras amables que Peña Nieto le dispensó en una primera intervención en la que lo calificó de “líder sensible y visionario”.

La voz del papa se tornó firme cuando denunció que la búsqueda de los privilegios conduce a la corrupción, el narcotráfico y la violencia

Aunque pausada, la voz del papa se tornó firme cuando denunció que la búsqueda de los privilegios conduce a la corrupción, el narcotráfico y la violencia, en lo que fue su primer discurso de la visita a México, donde aterrizó el viernes por la noche.

Además, pidió la colaboración de todos, sobre todo los católicos, para la “construcción de una política auténticamente humana y una sociedad en la que nadie se sienta víctima de la cultura del descarte”.

Tras resaltar la riqueza cultural de los pueblos indígenas y el valor que tiene para el país la juventud de su población, prometió recorrerlo “como peregrino y misionero” en los cinco días de visita, en los que pisará el mismo número de estados.

Un mar de aplausos de cerca de un minuto sucedió a su discurso y luego llegaron los saludos.

Pese a los insistentes reclamos de una voz femenina que le pedía “bendición” desde el fondo de la sala, el papa se acercó solo a las primeras filas.

Al terminar, miembros de lo más granado de las familias de alcurnia mexicanas compartían joviales, en un patio colonial aledaño, la experiencia de haberse acercado al pontífice.

“La verdad es que todo el mundo recibió la bendición menos tú”, bromeó una mujer con otra, que le respondió: “No había manera”, mientras una tercera subrayaba que “lo importante era la foto”, y un adolescente encorbatado llamaba a su chófer para que lo fuera a buscar.

Todos ellos abandonaron el lugar en sus lujosos vehículos de cristales oscuros aparcados junto al acceso opuesto por el que salió el pontífice minutos antes camino de la Catedral Metropolitana a través del Zócalo, donde también buscaban su saludo papal muchos mexicanos, que seguramente llegaron al lugar por otros medios.

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