Así espiaba el KGB en Tallin

5 KGB. Una cámara usada por los agentes del KGB para capturar imágenes a través de agujeros en las paredes. (J. Isla)
Una cámara usada por los agentes del KGB para capturar imágenes a través de agujeros en las paredes. (J. Isla)

Desde la ventana del piso 23 ya no se ve el aeropuerto de Tallin, ni gigantescas estatuas de Lenin. Hasta hace unos años, esta misma planta del Hotel Viru ni siquiera existía oficialmente. Aquí, supuestamente, se guardaba material técnico y los cristales estaban cubiertos para proteger esa vista "demasiado bonita para la seguridad de la Unión Soviética". Los agentes de la policía secreta KGB no tuvieron tiempo ni para vaciar el cenicero cuando abandonaron su despacho en 1991, poco antes de que se declarara la independencia de Estonia. Hoy, desde la misma ventana, se divisa algún que otro rascacielo en el mar de techos rojos y puntiagudos que conforman el centro histórico.

Todos los que llegaban desde el extranjero tenían que alojarse en este hotel, el único de la ciudad y el edificio más alto en el momento en el que se construyó, en 1972. Lo que para los forasteros tenía que ser el emblema del esplendor del sistema soviético, para los lugareños era más bien el símbolo del sueño prohibido de la libertad occidental.

Lo que para los forasteros tenía que ser el emblema del esplendor del sistema soviético, para los lugareños era más bien el símbolo del sueño prohibido de la libertad occidental

Un imponente ejército de trabajadores garantizaba que los clientes del hotel pudieran disfrutar en cualquier momento de todos los bienes que escaseaban para el resto de la población, desde la alta repostería hasta refinados destilados. Podían comprar en monedas extranjeras y sin límite alguno. En este microcosmos, todo era perfecto. Más allá de sus cuatro paredes, sin embargo, la realidad era más compleja. Las estanterías de los almacenes estaban vacías, las colas para comprar ciertos productos daban la vuelta a la esquina y muchos soñaban con un futuro mejor fuera del país.

El recorrido del ascensor termina en el piso 22. En un anónimo pasillo forrado de moqueta roja, igual al de otros centenares de hoteles alrededor del mundo, se encuentra estacionado el carrito de la limpieza de una mujer que reparte botes de champús y toallas en los cuartos inmaculados.

Que unas sesenta habitaciones y las zonas comunes del hotel escondieran micrófonos del tamaño de una moneda era un secreto a voces. En las paredes, debajo de los platos o del cenicero, en los pesados teléfonos blancos. Estaban por doquier. En los muros había agujeros para capturar imágenes a través de diminutas cámaras. Y donde no llegaban los micrófonos, sagaces oídos se encargaban de no dejar escapar ni el más mínimo detalle.

El entramado de espionaje se basaba en estrategias maquiavélicas que gobernaban la más mínima decisión, sin dejar espacio para la improvisación. Las apacibles mujeres mayores reclutadas para sentarse en el vestíbulo y apuntar todos los movimientos de los huéspedes potencialmente peligrosos se escogían en función de la edad. Solo las menos jóvenes eran de confiar, ya que supuestamente no iban a casarse con extranjeros y fugarse del país. Sin embargo, los servicios de inteligencia no podían evitar que esas mujeres aceptaran sobornos en la codiciada moneda extranjera o en bienes provenientes del otro lado del telón de acero.

El despacho en la última planta del hotel Viru desde el que el KGB espiaba a los huéspedes. (J. Isla)
El despacho en la última planta del hotel Viru desde el que el KGB espiaba a los huéspedes. (J. Isla)

El cuartucho en el que unos tres o cuatro hombres con auriculares seguían el hilo de las conversaciones de los sospechosos occidentales parece a medio hacer. Las paredes muestran el cemento desnudo, con cables colgando y tuberías a la vista. Una orgía de botones, luces e interruptores blancos y rojos adornan máquinas de más de metro y medio de altura, donde giraban sin cesar las cintas de grabación. Una montaña de papeles amarillentos se ha quedado en una esquina y, sobre un escritorio verde, aguarda el sello del que dependía la suerte de los extranjeros: "Aprobado".

Tuvieron que pasar más de veinte años para que las heridas se cicatrizaran y que Estonia pudiera por fin abrir las puertas de este cuarto desordenado. Los bajos del edificio del casco antiguo en los que los agentes del KGB realizaban sus interrogatorios, sin embargo, permanecen cerrados.

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