Robado, apresado y golpeado por la Seguridad del Estado

Un hombre permanece en una calle en la ciudad de Baracoa, en Guantánamo. (EFE)
Un hombre permanece en una calle en la ciudad de Baracoa, en Guantánamo. (EFE)

El miércoles 12 de octubre a las 5.40 de la tarde, cuando me dirigía haci a un local de Etecsa en el centro de Baracoa, la voz del capitán Alfredo Oliveros me amargó la tarde: “Juannier, vamos un momento a tu casa que queremos hablar contigo, [...], vamos a hacer un registro”, me dijo en tono prepotente.

Llegó una patrulla de carretera y se bajó el chofer y un militar de tropas especiales, que me esposó manos atrás y me hizo montar en la parte trasera de la patrulla. Se subió conmigo y me miraba tanto y fijamente que tuve que decirle: “Compadre, no me mires más”. Me respondió: “No quisieras tú que yo te cogiera y te reventara a golpes”.

Me llevaron de vuelta a mi casa y allí estaban esperando Dieser Castro Pelegrín (antes delegado del Ministerio del Interior, Minint, en Baracoa, ahora no sé qué será), el agente de la Seguridad del Estado Eliener Leyva, una oficial de la Policía Revolucionaria de Cuba con número de identificación 25513, el instructor Diorvys Odelín Lamoth, un camioncito con unos seis ù ocho militares de Tropas Especiales, los delatores del comité de vigilancia Diosmarys Infante Palmero (presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas) y Meydi Durán Navarro (agente de la Empresa de Servicios Especializados de Protección en el Minint), además de Alfredo Oliveros. Me enseñaron una orden de registro firmada por Elier López Carcasés, actual delegado del Minint en Baracoa. No dijeron el motivo del registro.

Se llevaron mi computadora, un teléfono, un disco duro externo, dos memorias de datos USB, varios libros y revistas, entre otras cosas.

Tomaron libros que ni siquiera mencionaban a Cuba, solo bastaba que el título dijera libertad, derechos, ética, cívica, transición, periodismo o democracia

Aquellas manos tomaban mis libros y los echaban en un saco sucio y con algunos ejemplares decían en tono de burla: “Este me está quemando las manos». Tomaron libros que ni siquiera mencionaban a Cuba, solo bastaba que el título dijera libertad, derechos, ética, cívica, transición, periodismo o democracia, cualquiera de esas palabras de las que siempre ha dicho en escenarios internacionales el experimento llamado Revolución que se cumple en Cuba. Los agentes alegaron que eran libros subversivos, pero eran míos y no tenían el derecho de robármelos. Yo no voy a casa de ningún comunista a decirle: “Oye, ese libro 100 horas con Fidel no sirve. Dámelo, que voy a botarlo, que son 100 horas de mentiras”.

Lo que más me dolió fue que en esas memorias y computadora había años de trabajo investigativo de mi licenciatura en Biología, mi trabajo de diploma, una investigación reciente de varios meses de recopilación de información en una población de polymita brocheri (caracoles terrestres) en Punta de Maisí sobre la cual publicaría nuevos resultados, horas de trabajo al sol caliente de Maisí, decenas de gigas de bibliografía sobre la materia y especialidad e información personal. Les rogué que me permitieran quedarme con las cosas de biología, que era trabajo profesional; que lo hicieran aunque sea por esos bellos caracolitos que se encuentran amenazados, que lo hicieran por Cuba, ya no sabía ni qué decir, pero como si nada, no entendían que se estaban llevando parte de mi vida.

Se llevaron las dos banderas cubanas, la que estaba izada en mi techo como gesto solidario para con los vecinos que perdieron todo y en agradecimiento a mis hermanos de toda la Isla que se mantuvieron en oración durante el huracán Matthew, lo que estoy convencido hizo que Dios protegiera cada vida humana; y la que estaba izada en la pared de la cabecera de mi cama, que me hacía soñar cada noche con una patria más justa y fraterna donde quepamos todos.

“Oficial, están violando mi derecho a una llamada telefónica”. Me respondió un mayor del Minint: “Sí, y lo vamos a seguir violando”.

Luego me volvieron a esposar manos atrás y me llevaron sin decirme nada hasta un calabozo en la unidad de la policía de Baracoa. Ahí me negué a comer y estuve hasta el día siguiente, cuando me sacaron nuevamente esposado y me llevaron hasta un calabozo en La Maya, en Santiago de Cuba, pasando antes por Imías, San Antonio del Sur y Guantánamo. Al otro día en la mañana, fue al calabozo un mayor del Minint, al parecer el segundo jefe de la unidad de La Maya, y le dije: “Oficial, están violando mi derecho a una llamada telefónica”. Me respondió: “Sí, y lo vamos a seguir violando”.

Al oficial que estaba cuidando las celdas le dije que me estaba sintiendo mal y que por favor me llevaran a un médico. Escuché que un oficial superior le contestó: “El de Baracoa, ese es un desgraciao, ese es contrarrevolucionario, que se muera, eso no es problema tuyo, a ese lo atiende la CI (contrainteligencia)”. Estuve en ese calabozo sucio sin probar alimento hasta el sábado por la mañana, cuando llegó un oficial de la policía y me soltaron para la calle.

Llegué a Baracoa al otro día en la mañana. Fui a la delegación del Minint y me dijeron que no me devolverían nada, que tenían que revisar todo en Guantánamo y luego me darían una respuesta.

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