El Maleconazo visto desde las persianas

El Maleconazo.
El Maleconazo. (Karel Poort)

Amalia Gutiérrez vivía en la calle Gervasio, en pleno barrio de San Leopoldo, cuando escuchó aquella gritería al otro lado de sus persianas. Roberto Pascual era un paciente que aguardaba por una hemodiálisis a las afueras del Hospital Hermanos Ameijeiras. Y Vivian Bustamante vendía pizzas ilegales cerca de la Embajada de España. Los tres fueron testigos ocasionales, aquel 5 de agosto de 1994, de la mayor explosión social ocurrida en Cuba en los últimos 55 años. Ninguno sabía lo que sucedía, pero los tres sintieron miedo, curiosidad y angustia.

"Vi venir corriendo un montón de gente con poca ropa, bueno de la forma en que todos nos vestíamos en aquellos años", cuenta la vendedora furtiva. "Yo cogí miedo, me mandé a correr y me escondí en una escalera en la misma calle Malecón", refiere la mujer que aquel viernes dice haber visto "la cosa más impresionante" de su vida. En la entrada de un casa en altos encontró una concavidad, que alguna vez sirvió para un motor de agua, y allí se escondió. Por una ranura de la puerta pudo ver el "corre-corre" y la posterior represión. No salió de aquel hueco hasta que cayó la noche.

Todo había comenzado días atrás. Las lanchas que hacían el trayecto de La Habana a Regla y a Casablanca fueron secuestradas en tres ocasiones en menos de quince días, con el objetivo de servir para emigrar hacia Estados Unidos. Por toda la ciudad se corría el rumor de otro posible Mariel y de una apertura de las fronteras para todo aquel que quisiera marcharse.

La propia Vivian lo narra con sus palabras. "Estábamos viviendo momentos muy duros, yo tenía el truco de lavarme la boca para hacerme creer que había comido y poderme acostar a dormir con aquel estómago vacío, pero hubo un momento que hasta la pasta dental me faltó". Su historia es común entre quienes vivieron el Período Especial. Sin embargo, el estallido social la tomó desprevenida. "Nunca me imaginé que aquello era una protesta, primero pensé que la gente estaba corriendo para ver alguna bronca, pero después me di cuenta que pasaba algo más grave".

"Primero pensé que la gente estaba corriendo para ver alguna bronca, pero después me di cuenta que pasaba algo más grave”

Roberto murió hace diez años, pero su anécdota de aquellos días ha quedado dando vueltas en la familia. Su hijo nunca había visto a su padre tan asustado como ese 5 agosto de hace ya veinte años. "Esperábamos que lo dializaran cuando las enfermeras empezaron a cerrar las puertas del Cuerpo de Guardia y llamaron a los pacientes para que nos guareciéramos adentro", explica sobre aquellos primeros minutos en que comenzaron a darse cuenta de que algo ocurría. "Se armó tremendo tropelaje y nadie sabía decirnos qué pasaba".

Varios doctores iban y venían cuchicheando. Una señora de la limpieza, que había hecho buenas migas con Roberto, lo llamó a un lado. "La gente se tiró para la calle", dijo la mujer con una sonrisa de lado a lado, "ahora sí se puso malo esto", completó. Después sabrían que algunos doctores y empleados del más grande hospital de Cuba habían subido hasta los pisos más altos para mirar desde las ventanas la batalla campal que se desarrollaba allá abajo. Ese día Roberto se quedó hasta tarde allí, hasta que le realizaron su procedimiento.

Amalia lo vivió con mayor intensidad. Las ventanas de su casa daban directamente a la calle Gervasio cerca de San Lázaro. Su puerta estaba abierta cuando empezó a ver a la gente correr y gritar. "Los más recalcitrantes del CDR se escondieron, mucha gente cerró las puertas para no meterse en problemas", recuerda al hablar sobre aquel día en que todo estuvo a punto de cambiar. "Eran especialmente personas muy pobres, se les veía en la manera de vestir, gritaban y algunas blandían palos o piedras". Cree haber identificado a varios vecinos de su zona también entre la multitud.

La represión corrió a manos de paramilitares escondidos bajo las vestimentas de trabajadores de la construcción

La represión de aquella protesta popular corrió a manos de la policía y también de paramilitares escondidos bajo las vestimentas de trabajadores de la construcción. El contingente Blas Roca jugó un papel protagónico en sofocar la rebelión. Los constructores lo hicieron a sangre y ladrillo, como les habían enseñado. "Fue criminal lo que hicieron, dieron golpes con cabillas y trancas de metal, frente a la puerta de mi casa cayó un joven con la cabeza tinta en sangre, nunca supe ni cómo se llamaba". Amalia fue de las que tampoco se atrevió a salir.

Uno de los motivos del fracaso del Maleconazo fue precisamente la ausencia de muchos actores sociales en la explosión popular. Los motivos de Amalia, Roberto y Vivian pueden resumirse en miedo a salir lastimados físicamente, falta de información sobre lo que ocurría y temor a perder las pocas pertenencias que el Período Especial aún no les había arrebatado.

Coda y lecciones

El Maleconazo fue demasiado breve para conocerse a tiempo. Ocurrió en una Habana sin teléfonos móviles, con un transporte totalmente colapsado y donde los propios vehículos privados tenían serias dificultades para encontrar combustible que les permitiera echar a andar. Barrios con altos índices de pobreza e inconformidad, como San Miguel del Padrón, Cerro, Guanabacoa, Arroyo Naranjo y las zonas de Centro Habana más próximas a la calle Zanja, sólo se enteraron de lo ocurrido horas después de que la sublevación estuviera apagada.

La falta de refuerzos agotó a los que prendieron la chispa y los dejó cercados por una tenaza represiva que se cerró sobre ellos, sin que nuevas fuerzas llegaran en su auxilio. El hecho de que la revuelta se desarrollara en un lugar tan expuesto como la avenida del Malecón demuestra su espontaneidad. Los manifestantes estaban acorralados contra el muro del malecón. No había salida. El lugar que debió haber sido su escapada y su horizonte se transformó en la peor ratonera.

De haber derivado aquella turba incontrolada por calles como el Paseo del Prado, la avenida Galiano o Belascoaín se hubiera visto alimentada por barriadas con un alto sentimiento antigubernamental.

El motor impulsor de la revuelta no fue el cambio político sino la emigración, y eso fragilizó al Maleconazo. Cuando muchos de los que participaban en la protesta comprendieron que no habría lancha para marcharse, entonces se alejaron de la multitud y en el peor de los casos se dedicaron a saquear tiendas y hoteles. No los unía un objetivo democrático, sino los instintos más primarios del ser humano: el miedo, el hambre, la huida como protección.

La ausencia de un liderazgo articulado también conspiró contra la revuelta. A falta de un guía que gritará "¡Vamos por aquí!" o "¡Vamos por allá!", el alud de gente se dispersó y fue blanco fácil de las tropas represivas. Tampoco a "cuello pelado" era posible hacer mucho en medio de una multitud que se desplazaba por kilómetros de malecón y no recibía orientaciones.

El Maleconazo estaba condenado a ser aplastado. Sin embargo, fue un llamado de atención, una sacudida, que obligó al Gobierno a abrir las fronteras al éxodo masivo de unas 30.000 personas y a tomar una serie de medidas flexibilizadoras de la economía que dieron un respiro a la población. Las pequeñas burbujas de autonomía y de desenvolvimiento material que llegaron después, se las debemos a esos hombres y mujeres que enfrentaron los golpes y las injurias.

El Maleconazo demostró también la apatía de una población aletargada, que observó más que participó en esos acontecimientos. En lugar de unirse a la revuelta, Amalia, Roberto y Vivian se escondieron detrás de las persianas y esperaron "a que pasara, lo que tenía que pasar".

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