Modista, una profesión en extinción

Una costurera "remendona" ofrece sus servicios en un local de La Habana. (14ymedio)
Una costurera "remendona" ofrece sus servicios en un local de La Habana. (14ymedio)

Entre agujas, hilos y tejidos, transcurren los días de Yansa Muñiz, una modista que defiende la confección artesanal de ropa frente a la extendida tendencia que prioriza las marcas. Su tenacidad la ha llevado a crear Impar, un atelier en el barrio de Nuevo Vedado, donde apuesta por los atuendos hechos a la medida.

En una sociedad donde los sastres y las costureras son una especie en extinción, esta joven aprendió el oficio de su abuela, una experta en sombreros para espectáculos teatrales. Sin embargo, sólo hace unos años que comprendió que quería dedicar el resto de su vida a esas habilidades aprendidas en la infancia.

Yansa gestionó su licencia por cuenta propia a finales de 2013, cuando las autoridades ilegalizaron la comercialización de ropa importada. "Cosí un paño de cocina" y me dieron el permiso, recuerda del examen de costura que debió hacer ante los inspectores del Ministerio del Trabajo para demostrar sus habilidades.

Su mayor preocupación es encontrar la materia prima para sacar adelante su negocio en medio del desabastecimiento y los altos precios del mercado cubano

Ahora, pasado aquel momento, su mayor preocupación es encontrar la materia prima para sacar adelante su negocio en medio del desabastecimiento y los altos precios del mercado cubano.

La mayoría de sus clientes son mujeres entre los 40 y 50 años, con dificultades para hallar ropa a su medida en las tiendas estatales. También son frecuentes quienes vienen para hacer arreglos a alguna prenda y pocas veces brinda sus servicios a adolescentes porque "prefieren ropa de marcas", reconoce la modista.

En el mes de agosto, la mayor demanda se concentra en arreglar los uniformes escolares, que muchas veces "hay que zafar y rehacer desde el principio", cuenta Yansa. Trabaja con dos máquinas, una Singer eléctrica y una Gritzner alemana que le permite hacer los festones con un acabado similar al industrial y se siente afortunada al compararse con otras que todavía cosen "dándole al pedal todo el tiempo".

Impar, un atelier en el barrio de Nuevo Vedado gestionado por Yansa Muñiz. (14ymedio)
Impar, un atelier en el barrio de Nuevo Vedado gestionado por Yansa Muñiz. (14ymedio)

El mercado informal de tejidos no se ha desarrollado tanto como el de la ropa elaborada. Traer los recursos desde otro país tampoco es una solución porque en la actualidad solo se puede importar diez metros de tela. "Con un metro más se procede al decomiso total", confirma una funcionaria del Departamento de Atención al Público de la Aduana General de la República.

A algunas modistas se les rinde culto por su destreza. Es el caso de Elvira Menéndez, de 78 años, quien se vanagloria de que todavía puede "coser para la calle" y tiene la vista tan buena como "para ensartar una aguja del primer intento". Vive en Regla y ha confeccionado desde ropa de canastilla hasta vestidos de boda para varias generaciones de vecinos de su zona.

El mayor éxito de la carrera de esta costurera fue imitar una chaqueta que usaba Michael Jackson en uno de sus videoclips. "Venía gente de toda La Habana a comprarla" rememora. Se hizo experta también en plagiar jeans en una época en que solo estaban al alcance de quienes tenían familiares en el extranjero.

El mayor éxito de la carrera de esta costurera fue imitar una chaqueta que usaba Michael Jackson en uno de sus videoclips

Ahora, cuando habla de moda, se le encienden los ojos y recuerda los modelos de La Época, Fin de Siglo, Belinda Modas y Angelita 's Novias. "Allí, los modistos seguían las tendencias de París y Nueva York", asegura. Después llegó la crisis de los años 60 y "la gente buscaba en los armarios los viejos tejidos para volverlos a coser".

Su peor pesadilla se materializó en las décadas de los 70 y 80, cuando "el mismo estampado se veía en una camisa de hombre o en un vestido de mujer", ironiza. Su mejor nicho de mercado ahora se encuentra en la ropa para niños que reciben clases de ballet o danzas españolas, el vestuario para ritos de santería, los uniformes de equipos deportivos y para empleados de restaurantes privados.

Elvira reconoce que la importación de ropa desde Panamá y Ecuador está "acabando con este trabajo". No puede competir con "los catálogos de marcas que hay por ahí", comenta, en referencia al sumergido mercado informal de la moda. Mientras habla, cose una bata para niña, con vuelos y botones forrados. "Esto ya es algo que cada vez se ve menos", asegura la veterana modista.

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