Nochevieja, el plato medio lleno o medio vacío

La última ilusión a la que se aferraba Martha era que llegara el pollo del mercado racionado y así "tener la proteína asegurada sin gastar mucho", pero hasta el día de hoy la carnicería de su barrio sigue vacía de productos y repleta de moscas
Un mercado en La Habana. (14ymedio)

La carrera contra reloj comenzó desde principios de diciembre. Los más previsores compraron en las primeras semanas lo necesario para la cena de Nochevieja. Otros han tenido la suerte de que un pariente emigrado les encargara el banquete vía Internet en una de las tantas tiendas virtuales con ofertas para San Silvestre. Sin embargo, la mayoría de los cubanos sigue a la caza de la yuca, de un trozo de cerdo, frijoles y ensalada para la comida de fin de año.

El domingo se realizó una Feria especial de productos agropecuarios en varios puntos de La Habana enfocada en los festejos del 31 de diciembre. Aunque la tradición de la cena de Navidad ha ido recuperando terreno entre nosotros, el último día del año sigue siendo la principal festividad en la Isla. Una celebración familiar y entre amigos que dejará fotos con brindis y sonrisas, pero que también provoca ansiedad, tensión y estrecheces económicas. El obsesivo tema de la comida alcanza por estos días niveles verdaderamente enfermizos.

Cuando los primeros camiones descargaron sus mercancías en la Feria, ya había gente haciendo cola, incluso desde antes del anochecer. Decenas de siluetas en la oscuridad llevaban bolsas vacías o improvisados carritos para cargar todo lo que se pudiera. Su meta era salir de allí con la mayor cantidad de productos al más bajo precio. El trofeo soñado: unas libras de carne de cerdo con poca grasa y a bajo costo.

A las nueve y media de la mañana, la muchedumbre de compradores se movía de un lado a otro por el parque del Estadio Latinoamericano. "¡La remolacha se acabó!", gritaba un hombre que ya llevaba un racimo de plátanos y un saco de arroz. También se había agotado la zanahoria, mientras otros vegetales empezaban a resentirse por el tiempo y el calor. Los que se despertaron más tarde tendrán que conformarse con lo que quedaba.

En medio de la multitud se veía a Martha con sus dos niñas. Dividían fuerzas para marcar en varias colas a la misma vez. "Tú quédate esperando la naranja agria", le gritaba la madre a la mayor, mientras miraba atentamente a la más pequeña que aguardaba por los tomates. Para esta trabajadora de un laboratorio en un policlínico, la feria es la única oportunidad de servir una buena comida el 31 de diciembre. "O salgo de aquí con algo, o comeré huevo esa noche", expone con angustia.

“En Nochebuena nos comimos un jurel que vino a la bodega, pero quiero darle a mi familia algo de carne el 31”

"Ya estoy arrancada, porque he gastado mucho este mes", confiesa la mujer que trajo muy poco dinero a ver qué puede llevar a casa. "En Nochebuena nos comimos un jurel que vino a la bodega, pero quiero darle a mi familia algo de carne el 31". Ya ha decidido el plato fuerte. "No me da la cuenta para comprar bistec o pierna de cerdo, por eso me voy por las costillas que al menos entretienen y tienen buen sabor". Si logra alcanzar alguna vianda se sentirá más aliviada, porque "eso ayuda a estirar la comida". La última ilusión a la que se aferraba Martha era que llegara el pollo del mercado racionado y así "tener la proteína asegurada sin gastar mucho", pero hasta el día de hoy la carnicería de su barrio sigue vacía de productos y repleta de moscas.

"Los tostones, la yuca con mojo, la ensalada, el congrí... todo eso debe estar en una buena cena de fin de año", cuenta la laboratorista, y varios en la cola se suman a desempolvar sus memorias. "La sidra no podía faltar, ni las uvas para comerlas justo cuando llegara la medianoche", evoca una señora con bastón y un mazo de lechuga en la otra mano. Para Martha, sin embargo, los recuerdos son distintos. "Yo me acuerdo un año en el que no pudimos siquiera celebrar por aquella zafra de diez millones de toneladas por la que había que hacer el esfuerzo decisivo", explica la mujer y algunos se ríen o rezongan.

Sin embargo, no todos han llegado a la Feria como último salvavidas para que no naufrague su fiesta de fin de año. Luis Manuel y Victoria han pasado para ultimar algunos detalles de la cena que ya tienen casi completa. Él es un académico con libros publicados y ella es maestra, pero su principal capital es un hijo que vive en Madrid. Para darle un toque especial a la celebración, el vástago trajo de allá los turrones y el vino. La madre lleva ahorrando tres meses para comprar unas masas de cerdo que le traen del centro de la Isla a través del mercado ilegal. La yuca la tiene congelada hace semanas y ahora se ha dado a la tarea de buscar los condimentos.

La mujer tiene aún muy fresco los recuerdos de los difíciles años del Periodo Especial, así que ahora quiere disfrutarlo todo "como Dios manda"

"No vale la pena, lo mismo que en todas partes y al mismo precio, cinco pesos una cabecita de ajo", se queja Victoria. La mujer tiene aún muy fresco los recuerdos de los difíciles años del Periodo Especial, así que ahora quiere desquitarse y disfrutarlo todo "como Dios manda". El hijo emigrado es el camino para lograrlo.

El matrimonio ha terminado marcando en la cola detrás de Martha, así que intercambian experiencias y se comparten direcciones de dónde comprar más barata la cebolla. La sensación general es que la Feria "no sirve", porque los productos son de muy baja calidad, las mejores cosas se acabaron muy rápido y los precios no resultan muy diferentes a los del mercado agrícola que funciona el resto del año.

La lista de precios
La lista de precios

En otros puntos de la capital hay más ferias. Unas de ellas es en la calle Zanja, entre Belascoaín y Hospital. En la cola de la carne de cerdo, bajo un cartel con propaganda política, hay policías custodiando para que la gente no termine yéndose a las manos por las piezas que quedan. Al final de una línea humana que serpentea de una acera a otra de la avenida, se venden huevos. Entre empujones y gritos, algunos se intercambian deseos por el nuevo año. "¡Se acabaron las costillas!", se oye a alguien gritar y una estampida de gente con carritos improvisados se lanza en busca de otra tarima mejor abastecida. Al conteo regresivo hasta el 31 de diciembre, le queda un día menos.

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