El Zanjón en tiempos de Baraguá

Escenario del fin de la Guerra de los Diez Años
El cartel de entrada a El Zanjón. (14ymedio)

Nadie recuerda cuándo fue demolido el viejo cuartel español y hace décadas que arrancaron la tarja alegórica de lo que aquí ocurrió. Aunque la historia oficial ha vilipendiado este lugar, un cartel en la carretera central da cuentas de que acabamos de llegar a El Zanjón, el mismo nombre que aparece en el carnet de identidad de las trescientas personas que habitan el pequeño poblado.

El 10 de febrero de 1878 se firmaron aquí los siete acuerdos del Pacto del Zanjón que pusieron fin a la Guerra de los Diez Años. De esa forma quedaron frustrados los dos objetivos fundamentales que habían originado la contienda: la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud. El General Arsenio Martínez Campos sería el gran vencedor en un acuerdo que muchos cubanos consideraron como una página bochornosa en el derrotero nacional.

La inmensa mayoría de los combatientes del Ejército Libertador aceptaron el pacto con excepción de Antonio Maceo, quien un mes después protagonizó la protesta de Baraguá. Aquel intento de mantenerse en pie de lucha solo duró hasta mediados de mayo del mismo año, poco después que el Titán de Bronce abandonara la Isla rumbo a Jamaica.

Un siglo después, Fidel Castro proclamaría que "Cuba será un eterno Baraguá". Al retomar ese pasaje histórico, definirían la intransigencia y obstinación del sistema político que se ha instalado en la Isla por más de medio siglo. Cualquier diálogo con un contrincante ideológico ha sido percibido por décadas como un remedo del Pacto del Zanjón, mientras la intolerancia se guía por la lapidaria frase de Maceo: "No nos entendemos".

Quizás por eso, la pequeña escuela rural de El Zanjón se llama ahora Protesta de Baraguá y en los libros de historia se definió la firma de aquel Pacto como un acto de traición. Hasta se usó el apelativo de "zanjoneros" para quienes, según el criterio oficial, pretendían capitular tras el desastre del socialismo real en Europa del Este. De esa manera, en un pueblito a 615 kilómetros de La Habana, la gente dejó de tener un gentilicio que pudiera mostrar con orgullo.

Pero hoy en día, las pocas vacas que rumian su yerba y su hastío en las tierras zanjoneras no se alteran ni con el rugido de los camiones que circulan por la carretera. "Aquí no pasa nada" –me dice un vecino- y agrega: "Por eso me voy y no vuelvo más". ¿Se va del Zanjón?, le pregunto. "No, me voy del país, porque esto no hay quien lo resista".

Y ahí va otro que capitula, diría el discurso oficial, aunque otros prefieran pensar que se va al exilio para volver un día... como Maceo.

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