El San Juan camagüeyano, entre desahogo y decadencia

Carroza en las fiestas de San Juan. (14ymedio)
Las carrozas, conducidas por tractores, en las fiestas de San Juan. (14ymedio)

San Juan fue un hombre que bautizaba, con agua de río, a quienes querían purificarse y que, por criticar a los gobernantes corruptos de Galilea, terminó decapitado. Qué ironía: hoy, casi dos mil años después, San Juan es una fiesta pública organizada por los gobernantes de Camagüey –entre los que también hay algunos corruptos– con mucha bebida, que también ha sido “bautizada” con agua, y uno de cuyos fines y resultados es –gracias a la alegre decapitación que provocan cerveza, música y desfiles– diluir la crítica y la inconformidad acumuladas durante el año por los habitantes.

Algo menos irreverente sonaba la primera oración del texto que escribí en 2004 sobre el San Juan, carnaval tradicional de junio que siempre estremece a los camagüeyanos. Aquella vez, el texto fue censurado y no salió en el periódico oficial Adelante, porque la primera oración, solo por mencionar a San Juan, olía a proselitismo religioso. Ahora, me desquito, aunque tengo que reconocer que entre el San Juan de 2004 y el de 2015 hay pocas diferencias.

Igual que entonces –y muy parecido a como sucede en casi todos los pueblos cubanos que tienen fiestas públicas–, el carnaval comenzó con el cierre de ciertas calles y plazas, donde se instalaron decenas de quioscos de alimentos, tarimas para grupos musicales, remolques con termos de cerveza, aparatos de diversión y vendedores de baratijas. Por las tardes o noches han desfilado carrozas, congas y comparsas, que esta vez lucieron coloridas y muy rítmicas aunque podían verse músicos y bailarinas con el paso y la mirada perdidos. La música, la venta de alimentos y cerveza, como siempre, se prolongó hasta el amanecer, sobre todo en el lugar donde tocó la orquesta del invencible Cándido Fabré. 

El Gobierno lo organiza todo –que no es mucho– con el apoyo de los cuentapropistas, verdaderos facilitadores de gran parte de la diversión

Los estudiantes y trabajadores estatales en su mayoría agradecen el carnaval porque, de facto, las tardes de la semana de fiesta se vuelven feriadas ante el escape masivo que se produce en los centros de trabajo. El Gobierno lo organiza todo –que no es mucho– con el apoyo de los cuentapropistas, verdaderos facilitadores de gran parte de la diversión, el consumo, el transporte y hasta los baños públicos durante el San Juan. Nuestra fiesta tiene sus peculiaridades: tenemos una calle de carnaval, San Pablo, histórica y espontáneamente preferida por los homosexuales; otra, Capdevila, que es sinónimo de vulgaridad desbordada y de peligro; una conga famosa, “Los Comandos”; una ceremonia oficial y antiquísima de inicio del carnaval, llamada “lectura del bando”, a cargo del presidente del gobierno local; unos ajiacos de barrio que se hacen en vísperas del San Juan, cada vez más pálidos –como mismo le sucede a los CDR, la organización que debe hacerlos, y que esta vez tuvo la gentileza de repartir en algunas cuadras huesos de res podridos.

Miles de personas se vuelcan a las calles al anochecer, pero la mayoría se recoge después del paseo o antes de la madrugada. Después, siguen los jóvenes, los grupos de amigos ebrios y los enamorados. A esa hora, en muchas de las calles de carnaval andar con una billetera o un teléfono celular en el bolsillo se vuelve un riesgo descomunal. 

El San Juan camagüeyano, año tras año, está colgando de la delicada cuerda floja que separa a una fiesta popular de una algarabía grosera y pre-delincuencial

El San Juan camagüeyano, año tras año, está colgando de la delicada cuerda floja que separa a una fiesta popular de una algarabía grosera y pre-delincuencial. Por las calles cercanas a las áreas musicales y los termos de cerveza y en las propias paredes de las casas, corren ríos de penetrante orina, que luego toma días purificar a los vecinos. Hombres y mujeres de cualquier edad y muy alegres se acomodan en las oscuridades a descargar sus vejigas, convirtiendo el simple acto de abrir la puerta o mirar por la ventana en desagradables sorpresas.

En las zonas de baile, junto a maridos aferrados a la consabida “balita de cerveza”, es común ver a sus mujeres con sus bebés dormidos en cochecitos, en plena madrugada, en medio del gentío. A todas horas, estas zonas de venta y consumo público de cerveza están repletas de menores de edad, con o sin adultos, que presencian y a veces comparten todos los rituales de la vida nocturna adulta: el consumo de alcohol y cigarro, el sexo callejero, el escándalo y el ensuciamiento públicos, la delincuencia nocturna.

Y en San Juan late con más fuerza el problema que está azotando a Camagüey desde hace tiempo: la violencia. Cuando llegan los carnavales del 24 de junio, circulan siempre los mismos comentarios entre los camagüeyanos: “hay que tener cuidado”, “no salgas de noche”, “no andes en bicicleta”, “cierra bien la puerta”, “no salgas con dinero”.

Por lo que cuentan los viejos, este San Juan no fue lindo como los de antaño. Miles de agramontinos quedaron en casa, por miedo, desinterés o falta de dinero. Y la mayoría de quienes intentaron disfrutarlo, lo hicieron obligados por la terrible circunstancia de que con sus carencias, malos olores y peligros, el San Juan habrá sido la única oportunidad en el año para olvidarse de sus vidas grises, sus limitadas esperanzas y la amarga lucha por sobrevivir.

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