Un cubano raigal

La casa de Enrique José Varona en El Vedado. (14ymedio)
La casa de Enrique José Varona en El Vedado. (14ymedio)

En el número 160 de la Calle 8, entre Calzada y Línea en El Vedado, se encuentra la vivienda donde residió durante los últimos años de su vida el importante pedagogo y pensador cubano Enrique José Varona. La edificación, modesta y austera, en franco estado de deterioro, con el otrora jardín cubierto de malezas y sin atención, sólo es reconocible por la placa de bronce colocada en una baja columna de la verja de entrada. Le ha tocado en suerte el mismo triste destino que a su ilustre morador.

Enrique José Varona, nacido en Camagüey en 1849, fue un destacado prosista, filósofo, crítico, orador, poeta y político, además de un eminente pedagogo. “Maestro de la juventud de América”, le llamó el escritor y ensayista uruguayo José Enrique Rodó. Colaborador entusiasta durante la lucha por la independencia como director de la Revista Cubana, durante la Primera Intervención norteamericana, bajo el Gobierno del General Leonardo Wood, ocupó primero la Secretaría de Hacienda y después la de Instrucción Pública. Realizó una profunda e importante reforma de la enseñanza secundaria y superior, que sentó las bases de las mismas en Cuba, siendo el artífice del famoso Plan Varona, que rigió durante muchos años en los institutos del país.

Con Varona, la docencia dejó de ser verbal y retórica, reorganizando tanto el profesorado como el plan de enseñanza. Se abolieron asignaturas como el latín y la historia de España y se creó la instrucción cívica,  los programas se adecuaron a las necesidades reales, se fijó en 14 años la edad de ingreso a los institutos, se implantaron en ellos los estudios de agrimensura y se comenzaron a impartir las ciencias, según los métodos más modernos existentes entonces.

La enseñanza superior se dividió en tres facultades: derecho, medicina y letras y ciencias; se otorgaron becas de viajes para los alumnos eminentes de cada facultad; se estableció la oposición como única vía de los profesores para acceder a sus cátedras y se organizó una Junta de Inspectores para proponer al Gobierno las medidas necesarias para elevar la enseñanza universitaria. 

Ajeno a las intransigencias irracionales tan agradables a la historia pero nefastas para los pueblos, tuvo la valentía de razonar

Si en el ámbito pedagógico su actividad fue determinante, también lo fue en el social y político: formó parte de la Asamblea Constituyente de 1901, que elaboró la nueva Constitución que entró en vigor en 1902, así como participó destacadamente en las discusiones suscitadas alrededor de la Enmienda Platt. Ante quienes rechazaban categóricamente el documento de carácter injerencista, aún y cuando lo reconocía como tal, ajeno a las intransigencias irracionales tan agradables a la historia pero nefastas para los pueblos,  tuvo la valentía de razonar. Planteó que, en esos momentos, Cuba no se encontraba en condiciones de enfrentarse a los Estados Unidos y que, de no aceptarse, se prolongaría indefinidamente la ocupación norteamericana y se dilataría la creación de la república, que era el objetivo a obtener en el menor plazo posible, y por el cual se había luchado durante años. Su planteamiento se basaba en que, ante un mal mayor era preferible aceptar temporalmente un mal menor y después, con la república ya constituida, trabajar para su eliminación. A pesar de las críticas e incomprensiones que tuvo que sufrir por su posición, la vida le dio la razón, pues la Enmienda fue derogada en el año 1934, por acuerdo entre ambos Gobiernos.

Durante los años de la República que le tocó vivir, fue profesor eminente de la Universidad de La Habana y Vicepresidente de la República de 1913 a 1917 en el primer gobierno del General Mario García Menocal. Su prestigio y honestidad le granjearon el respeto de la opinión pública y, fundamentalmente, de los estudiantes quienes, considerándolo su Maestro, acudían a él en busca de consejos, principalmente durante los años de la dictadura del General Gerardo Machado. Son famosos su indeclinable apoyo a sus acciones y sus cartas, declaraciones y entrevistas al respecto.

En 1927 escribió: “Pienso que el deber de todo ciudadano es velar por la integridad de sus instituciones democráticas y por la conservación inalterable de los principios en que ellas se sustentan”. En mayo de 1930, ya con 81 años de edad: “El mundo se transforma; hagámonos dignos de vivir en los tiempos que alborean”; en agosto: “Nuestro gobierno nos duele hasta lo más íntimo y nos quejamos de él con perfecto derecho”… “El pueblo pide hoy, primero pan, luego, libertad, y se le niega uno y otra. ¿Qué hacer?”… “La juventud rinde culto a los sports (deportes)… pero, desintegrada de la vida pública, carente de espíritu colectivo, no se preocupa, y más bien desdeña, con un pesimismo prematuro, la actuación ciudadana, sin pensar que la renovación depende de ella, que los nuevos alientos, los impulsos fecundos, las audacias transformadoras, sólo se conciben en la edad en que se posee el “divino tesoro”… “Yo quisiera ver a la juventud gallarda, cívica, combatiente, preparada, culta, capaz de enfrentarse con los problemas de hoy y encararse al futuro”. Sus palabras no han perdido vigencia y parecen dichas para estos tiempos. Es que las épocas de crisis se parecen. Se mantuvo como un crítico constante de los males de la joven República y en contra de la injerencia extranjera hasta sus últimos días, falleciendo en 1933, a los 84 años de edad.

Independientemente de que Varona fue una figura importante en los años que precedieron a la República y durante más de 30 años de ésta, la historiografía oficial lo ha relegado a un segundo plano, reconociendo sólo su labor pedagógica, imposible de obviar por su trascendencia, pero colocando un manto sobre su actuación ciudadana y política, tal vez porque, aunque respetaba las ideas del socialismo recién instaurado entonces en la vieja Rusia, expresó sobre él: “Nada más contrario a mis ideas que este régimen”… “Es difícil ya por mis años cambiar de orientaciones”.

La ejecutoria de Enrique José Varona, un cubano ilustre y destacado, un cubano raigal, merece un tratamiento más digno y amplio que el otorgado hasta ahora. En tiempos de falta de valores cívicos y morales, él constituye un magnífico ejemplo a imitar.

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