La melodía del dinero

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Si los clientes no entienden esta dinámica, siempre puede ponerse por escrito bien visible, en un enorme cartel como este y que nadie puede dejar de advertir. (14ymedio)

Una peculiar manifestación de la libertad de expresión se percibe en los carteles pintados sobre los camiones de transporte de pasajeros, los parabrisas de algunos automóviles o en las paredes de los negocios privados. Algunos se ponen crípticos, otros explícitos y no pocos, groseros. Pero todos mezclan algo de humor con cierta sabiduría popular.

Este joven, cuyo bicitaxi consume exclusivamente energía humana, no quiere que le digan “llévame a la Terminal de Trenes” o “déjame en el mercado de Carlos III”. Solo está interesado en escuchar la cantidad que el cliente está dispuesto a pagar por un recorrido. Algo que aclara, de manera explícita, en la frase pintada al dorso de los asientos de su vehículo.

La convocatoria que hace el conductor también obedece a un viejo padecimiento que sufren las relaciones de oferta y demanda en la Isla. Muchas veces quienes ofrecen un servicio no ponen precio a su trabajo, por temor a que los escuchen los inspectores que regulan las tarifas o de “quedarse por debajo” de lo que está dispuesto a dar el consumidor.

Si los clientes no entienden esta dinámica, siempre puede ponerse por escrito bien visible, en un enorme cartel como este y que nadie puede dejar de advertir.


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