Los mil demonios de Santa Clara

Trovador en El Mejunje, de Santa Clara. (Héctor Darío Reyes)
Trovador en El Mejunje, Santa Clara. (Héctor Darío Reyes)

“Santa Clara es una ciudad inclusiva y contracultural”, me comentó Sergio María Vitier una tarde ronera en el bar Tacones Lejanos del centro cultural El Mejunje. Y cierto es que cargar este sambenito no fue de la noche a la mañana, y tampoco obra y gracia del espíritu santo, individuo o partido alguno.

Muchos factores influyeron –e influyen– en que Santa Clara sea una urbe inclusiva, contracultural y heteroaliada. Y es que Santa Clara, la ciudad de Marta Abreu y del Che, en vez de ángel, contiene mil demonios. A falta de mar, creó un malecón sin agua. A falta de parrandas, fiestas y grandes discotecas, su gente emprende, con disciplina –o sin ella– toda una serie de profesiones, artes y oficios que los hacen sobresalir en el espectro cubano.

A finales de los ochenta, comenzó a sobresalir en inclusión. Creó el Ciudad Metal, que atrajo rockeros de todo el país. Con el Longina, llegaron los trovadores; luego, los travestis, y así sucesivamente. En todo esto ha estado siempre la mano de El Mejunje.

La génesis de El Mejunje o El Local no es otra que una reunión, tertulia o peña semi-intelectual que reunía a actores, escritores, músicos, homosexuales, borrachos y otra gente aburrida en el periodo de Guerra Fría y que, por vivir en provincia, no tenían otra cosa que hacer. Era una versión pilonga de las peñas de Domingo del Monte, de la Loynaz, de Milanés, con un par de diferencias que iban a ser explosivas con el tiempo: la inclusión y el egocentrismo santaclareño. Además de que en una Isla larga y estrecha, es la ciudad más céntrica y viable, para todos.

A finales de los ochenta, Santa Clara comenzó a sobresalir en inclusión, siempre de la mano de El Mejunje

En los noventa, se convirtió el antiguo y destruido Hotel Victoria en lo que es hoy, ese patio inclusivo donde artistas, intelectuales, profesionales, gays, travas, veteranos, punketas, borrachos y gente común se dan la mano sin remilgo y comparten un traguito de matapájaro o de ron de Orly. Eso es El Mejunje, un local en una ciudad contracultural, egocéntrica, emprendedora y, según Vitier, inclusiva. “Aquí todo tiene sentido”, dice una canción de Michel Portela dedicada a El Mejunje que parafraseo con otra de Raúl Marchena: “porque luces siempre tuvo nuestra casa”.

Por todo esto se celebra aquí el 17 de mayo, día en que la Organización Mundial de la Salud declaró que la homosexualidad no era una enfermedad. Se desfila, se canta, se actúa, se bebe y fiestea; se portan banderas y sellos con las franjas del arcoíris. Y se flirtea, se enamora y hasta se consiguen nuevas parejas de la preferencia sexual que sea.

En 2013, cuando Santa Clara fue sede nacional y las banderas de franjas flameaban en El Mejunje, juventudes cristianas tomaron el Parque Leoncio Vidal en acto de silencio. No gritaron consignas bíblicas ni lanzaron la primera piedra, pero demostraron, en presencia, su desacuerdo.

Muchos homofóbicos criticaron el desfile gay. Otros callaron y se unieron de manera oportunista a la marcha. Esta edición no fue como en 2013. Fue más apagada. Sin embargo, la mañana del 8 inició con una fiesta de la diversidad con disc-jockeys y artistas de diferentes géneros. En días sucesivos, artistas locales expusieron su arte contra la homofobia.

En El Mejunje se celebró por todo lo alto el Día Mundial contra la Homofobia

La conocida agrupación Aceituna sin Hueso, que, a decir de su directora Miriela Moreno, “nació en El Local”, abrió la jornada santaclareña. Interesante evento transcurrió el martes 12: una pasarela de personajes marginados, gays, gordos, negros, cada uno contando su historia personal y dirigidos por Pedrito, cuyo nombre artístico, Roxana Rojo, trasciende fronteras internacionales.

El día 13, el performance de la diversidad incluyó el ya habitual, aburrido y plagiado desfile, con el eslogan “juntos y revueltos”, que recorrió el centro de la ciudad e incluyó –casualmente por ser miércoles– el espacio To’ Mezclao, una suerte de fiestón entre semana de El Mejunje.

El sábado reunió a 13 transformistas que actuaron ante un abarrotado Mejunje, repleto de homosexuales, bisexuales, travestis, transgénero y público en general que prefirieron venir a Santa Clara, aunque este año la sede fuera Las Tunas.

El Friky Cabaret, espacio que ameniza las noches domingueras, abrió y cerró la jornada. Conducido por María, icono del local, tuvo invitados conocidos y apreciados. Tati, Cinthia y Carmita arrancaron aplausos del público.

La Sala Margarita Casallas se unió al programa con la presentación del grupo Teatro Icarón, de Matanzas, con la obra Las penas que a mí me matan, mientras que la actriz Yerski Caballero presentó su montaje Sidney.

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