Audífonos contra piropos

Una mujer con audífonos. (14ymedio)
Una mujer con audífonos. (14ymedio)

La moda de llevar audífonos parece no obedecer sólo a la avidez por escuchar música. Entre las féminas cubanas también gana fuerza esa práctica como una protección ante los comentarios groseros que reciben en las calles. “Ahí viene una, pero con antipiropos”, decía ayer un joven al ver pasar una muchacha de curvas seductoras y auriculares encasquetados en los oídos. “Ahora a las mujeres les ha dado por eso”, se quejaban sus acompañantes, todos hombres.

En busca de respuestas me acerqué a varias de estas “fanáticas del sonido” que recorren la ciudad escuchando sus melodías preferidas. “A mi me gusta ir oyendo música, porque así no me estreso tanto con la gritería y la vulgaridad que hay por todos lados”, cuenta Daniela, estudiante de Historia del Arte en la Universidad de La Habana. De manera que esta futura licenciada prefiere “relajar con Maria Bethânia o escuchar música clásica para no coger demasiada lucha”.

Yo misma hice la prueba, le pedí prestado a mi hermano unos audífonos de esos que se usan ahora, con los que uno parece que trabaja en la pista de un aeropuerto: grandes, llamativos y que cubren toda la oreja. Puse un álbum de The Beatles a todo volumen y salí a la calle. La experiencia fue única y nueva para mi. Allá en la esquina, un grupo de hombres sin mucho que hacer se preparaban para acribillar a vulgaridades a cualquier mujer que les pasara por delante. Tuvieron mala suerte, porque al acercarme no escuché nada, sólo pude ver muecas, una boca que articulaba algo irrepetible y sus miradas de decepción. No me ruboricé, ya que no había oído nada, y tampoco tuve que decirles ¡groseros! como hago a veces cuando me sueltan alguna impertinencia de esas que tanto abundan.

Feliz con mi nuevo hábito de pasear por las calles sin aguantar los ruidos ni los piropos indecentes, se lo comenté a una vecina. “No, a mí me gusta que me piropeen; si yo me paso un día sin recibir un halago me miro en el espejo a ver qué pasa”, respondió con sinceridad. Bueno, para gustos se han hecho los colores. Sin embargo, la mayoría de las opiniones que recogí iban más a la crítica que al halago del piropo. “Antes los hombres decían cosas más lindas y más poéticas; ahora sólo se meten con las mujeres para soltarles obscenidades”, me comentó Gisela, quien a sus cincuenta años “todavía para el tren”.

“A esto que hay ahora no se le puede llamar piropos, son gritos, ataques, descortesías”, que más parecen amenazas que halagos

Niurka, filóloga y especializada en fraseología popular, me confirmó lo que otras me habían dicho con sus propias palabras. “El llamado piropo ha padecido el mismo proceso de deterioro ético que el resto de la sociedad”. Ella ha realizado algunas compilaciones de estas frases galantes y percibe una simplificación de las mismas. Ahora “se apela más a la mención física de la zona del cuerpo que se quiere ensalzar, cuando antes se hacían referencias más generales a sentimientos, flores, poemas y deseos”. Apunta también que “las llamadas malas palabras le han ganado la partida a la lisonja más sutil”.

Así que probé otra vez con mis enormes audífonos, pero esta vez sin música… en silencio. De esa manera podía escuchar los sonidos de la calle y las conversaciones de la gente. Sin embargo noté que en situaciones en que los piropeadores hubieran aprovechado para acercarse y soltarme algo al oído, esta vez ni lo intentaban. El piropo no sólo busca un efecto sobre el receptor, sino que provoca una reacción de vanagloria en el emisor. O sea, el hombre que lanza una de esas frases siente que al decirlas crece su “masculinidad”, su autoestima o su orgullo. Si además provoca alguna reacción de agrado o molestia en la mujer, eso aumenta aún más su goce. Con los audífonos, el disfrute de ese “premio” se pierde casi en su totalidad.

“Salgo muy temprano para el trabajo y con todo lo que oigo en el camino podría hacer un diccionario de palabras obscenas”, asegura Maité, quien vive en Alamar pero labora en el municipio Plaza. “A esto que hay ahora no se le puede llamar piropos, son gritos, ataques, descortesías”, y enumera algunos de los últimos que ha escuchado, que más parecen amenazas que halagos. Ella es de las que ha comenzado a usar audífonos para protegerse de esas agresiones verbales. “Desde que los llevo me siento más segura, porque antes cruzaba de acera y todo cuando venía un hombre que evidentemente se iba a meter conmigo”, cuenta. Y agrega: “Ahora voy con la frente en alto… porque total, diga lo que diga no voy a oírlo”.

La tecnología a veces llega a situaciones de la vida cotidiana que uno ni imagina. En este caso el depauperado piropo cubano puede estar ante un obstáculo insalvable. La propia Maité lo resume en esta disyuntiva: “O los hombres cambian el estilo y dicen cosas más bonitas, o La Habana se va a llenar de mujeres con audífonos”.

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