Las víctimas de Isidoro siguen esperando

14 años después de la promesa de Carlos Lage, los damnificados por Isidoro siguen sin tener sus casas. (Ricardo Fernández)
14 años después de la promesa de Carlos Lage, los damnificados por Isidoro siguen sin tener sus casas. (Ricardo Fernández)

"Me comprometo a que muy pronto tendrán sus casas", dijo en 2002, siendo vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Carlos Lage Dávila a los que habían perdido todo y aún hoy siguen sin recibir lo prometido.

Alexander Sánchez Villafranca, de 33 años, fue uno de los afectados por el ciclón Isidoro. "Si le hubiese hecho caso a mi mamá y hubiera cortado la mata de mango, ahora no estaría en este albergue. Nunca pensé que la fuerza del viento pudiera arrancarla de raíz", cuenta. Su casa, en el kilómetro 1 de Santa Damiana, quedó reducida a escombros bajo el peso del árbol. Él forma parte de las 16 familias que habitan en los albergues de Portilla en Río Seco, municipio de San Juan y Martínez, a consecuencia de los ciclones Lili e Isidoro.

El lugar, a 19 kilómetros de Pinar del Río, que había sido una unidad militar del Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), en el año 1994 pasó a un Batallón de Fuerza de Trabajo que albergaba a los que venían a apoyar las labores agrícolas del tabaco, y en 1995 se convirtió en un almacén de tela de tapado.

En 2002, con el paso de los ciclones, los usaron para recibir a los damnificados de Santa Damiana, Forteza y Río Seco, que no contaban con medios propios para reconstruir sus hogares. Al mes de estar allí, recibieron la visita de Carlos Lage Dávila, acompañado de la ex primera secretaria del Partido en la provincia, María del Carmen Concepción, y otros funcionarios del Gobierno y el Partido.

Al principio, las organizaciones de masas entregaban almuerzo y comida a los residentes, que eran atendidos diariamente por un médico de familia. El entonces delegado Sergio Carrelegua, los visitaba con frecuencia y en las asambleas los instaba a tener paciencia y asegurar que lo prometido sería cumplido. "Unos meses después desaparecieron las atenciones y promesas", recuerda Sánchez, ahora casado y con una hija de seis años que no ha conocido otro hogar. "Con el tiempo comenzaron a deteriorarse los techos y la solución que dio el delegado fue quitarlos a los baños para reponer las tejas rotas de los cuartos, por eso los baños no tienen techo".

"Tengo que cargar el agua para tomar desde casa de los vecinos, porque los tanques elevados de los albergues están destapados, les han sacado ranas, murciélagos y hasta palomas en estado de descomposición

La situación empeora en la primavera a causa de las lluvias, para los ancianos para quienes, por su delicado estado de salud, mojarse supone un mayor riesgo. "En tiempo de lluvia hay que hacerlo todo (también las necesidades fisiológicas) dentro del cuarto", cuenta una anciana para ilustrar el "infierno" en el que vive.

"No sé cuántas veces he ido al Gobierno municipal a exigir que nos ayuden, pero no hacen nada", dice Arelys Rodríguez, esposa de Sánchez, mientras muestra las escasas condiciones higiénico-sanitarias que tienen los baños a la intemperie. "Tengo que cargar el agua para tomar desde casa de los vecinos, porque los tanques elevados de los albergues están destapados, les han sacado ranas, murciélagos y hasta palomas en estado de descomposición. De esa agua no bebo ni muerta", dice con asco.

Sánchez habla de su esfuerzo en la agricultura, el trabajo que hace como obrero, la esperanza de que un familiar que reside en Estados Unidos le ayude a salir del albergue y pueda comprar una casa. Mientras, revoloteaba a su alrededor su pequeña hija Thalía. Esa niña, con su curiosidad innata empapada de ingenuidad logró hacer olvidar por un instante el abandono y la miseria que la rodeaba.

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