Canción valiente para Nicaragua

Un Ortega acorralado ante el empuje popular resume el sonado fracaso de un sistema

En las calles brota también la inconformidad con un ejecutivo que vive de espaldas a la población. (EFE/Jorge Torres)
En las calles brota también la inconformidad con un ejecutivo que vive de espaldas a la población. (EFE/Jorge Torres)

"¿Dónde está Fidel?", gritó Daniel Ortega en la Plaza de la Revolución de La Habana durante el acto oficial por la muerte del expresidente cubano a finales de 2016. Aquella pregunta resultó premonitoria. Menos de dos años después, el pueblo nicaragüense se ha lanzado a las calles y el antiguo mentor no está para ayudar a su discípulo.

La llegada al poder de los sandinistas, en 1979, fue tomada en Cuba como una señal de que América Latina transitaría por la senda de la Revolución, la justicia social y los gobiernos de izquierda. Era otra chispa en la hoguera que iba a arrasar el continente y que tuvo su origen en esta Isla del Caribe.

Los poetas cubanos cantaron loas a los comandantes nicas y la Nueva Trova convirtió en himno aquella Canción urgente para Nicaragua. El país centroamericano pasó a ser el sueño realizado de tener un aliado en la región que alivió la soledad diplomática en la que se había quedado Cuba tras la radicalización del proceso político.

Nicaragua vino a ser una segunda oportunidad para los hermanos Castro que, no solo brindaron su territorio, sino que después ofrecieron al naciente Gobierno asesoría

Nicaragua vino a ser una segunda oportunidad para los hermanos Castro que, no solo brindaron su territorio para el entrenamiento militar del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), sino que después ofrecieron al naciente Gobierno asesoría en la alfabetización, la atención médica y la reforma agraria.

Parte del programa sandinista inicial fue sacado del sistema de corte marxista-leninista que se implantó en Cuba. Aquellas directrices, copias de una mala copia, generaron un entusiasmo que se fue desdibujando en la medida que chocaban con la complejidad de un país de una composición social diferente a las de esta Isla.

La Revolución sandinista creció amamantada por La Habana, pero la "leche" provenía de la madrastra soviética ansiosa por ampliar su influencia en la región. Los seguidores del sandinismo no imaginaron que con su entrega y pasión estaban ayudando a construir otra dinastía familiar.

Daniel Ortega, entonces joven, pasó a ser un asiduo visitante en los círculos de la élite cubana y en julio de 1980, un año después de que triunfara la Revolución Popular Sandinista, le dio la bienvenida en el aeropuerto de Managua a Fidel Castro. Esa estrecha relación se mantuvo hasta el último día de la vida del líder cubano.

Sin embargo, en el camino los sandinistas se separaron en varias ocasiones de la senda trazada en La Habana. El más costoso de estos desvíos fue en 1990 cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) perdió las elecciones ante la Unión Nacional Opositora (UNO) y llegó a la presidencia Violeta Chamorro.

Los sandinistas se separaron en varias ocasiones de la senda trazada en La Habana. El más costoso de estos desvíos fue en 1990 cuando perdieron las elecciones ante la Unión Nacional Opositora de Chamorro

En 2007, después de prometer que respetaría la propiedad privada y ampliaría sus relaciones con la comunidad internacional, Ortega logró en las urnas un 37,99% de los votos válidos para alcanzar el más alto cargo del país. A diferencia de Castro, el discípulo se había probado en unas elecciones, y podía decir que era un presidente electo.

Tras aquella victoria, el exguerrillero encontró un equilibrio que garantizó su continuidad en el poder: control político y cierta laxitud económica. Sus acuerdos con el Consejo Superior de la Empresa Privada de Nicaragua ayudaron a propalar la idea de que, más allá de las payasadas ideológicas del mandatario, en el país se imponía el pragmatismo de los negocios.

Durante los últimos 11 años, Ortega controló la nación con una férrea presencia en el ejército y la policía, una abultada ayuda proveniente de Venezuela y unos caprichos personales que convertía en decreto con la misma velocidad que pestañeaba. Cada día se fue volviendo más impresentable como líder y más cercano a la caricatura de un sátrapa.

En este tiempo La Habana tomó cierta distancia. Los medios oficiales de la Isla dejaron de romper lanzas por el sandinismo, los poetas aparcaron sus versos sobre la revolución nica y apenas se reportaron las excentricidades de Ortega y su esposa Rosario Murillo, quienes llenaron de inmensos "árboles de la vida" las calles de la capital.

Esta última semana, varias de esas inmensas esculturas han sido derribadas por los manifestantes contra Ortega que se oponen a las reformas del sistema de seguridad social y pensiones. Las protestas, que se han cobrado una treintena de muertos, son seguidas con cautela por los periódicos controlados por el Partido Comunista cubano.

El punto de quiebre vino de la mano de esa medida de corte neoliberal que ha actuado como la última gota en la copa

El punto de quiebre vino de la mano de esa medida de corte neoliberal que ha actuado como la última gota en la copa. En las calles brota también la inconformidad con un ejecutivo que vive de espaldas a la población, derrocha recursos de la nación y levanta frecuentes castillos de naipes como el del supuesto canal interoceánico.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de la Isla aún no ha publicado una declaración de apoyo a su aliado centroamericano y el mandatario nicaragüense ni siquiera ha podido seguir los pasos de Nicolás Maduro y Evo Morales, los primeros líderes de la región en visitar al nuevo presidente cubano, Miguel Díaz-Canel.

La intelectualidad de la Isla también guarda silencio o mira hacia otro lado ante la represión que el gobierno nicaragüense desencadena en las calles y contra los jóvenes en la Universidad Politécnica. Los bardos que en un pasado cantaron al FSLN hoy carecen de la valentía cívica y la entereza moral para criticarlo.

Si la llegada del sandinismo al poder, hace casi cuatro décadas, fue leída como un anticipo de la llamarada roja que se extendería por el continente, su crisis afecta sensiblemente a toda una corriente ideológica en esta parte del mundo. Un Ortega acorralado ante el empuje popular resume el sonado fracaso de un sistema.

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