Tiananmen, el silencio compartido

La plaza de Tiananmen en China fue escenario de protestas pidiendo más apertura en 1989
La plaza de Tiananmen en China fue escenario de protestas pidiendo más apertura en 1989

La Plaza de la Revolución de La Habana muestra fidelidad a sus amigos de muchas maneras. Una de ellas es el silencio cómplice. Cuando en 1968 ocurrió la matanza de Tlatelolco, el Gobierno de Fidel Castro no condenó el hecho, porque su aliado, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), gobernaba por entonces en México. Algo similar ocurrió cuando los sucesos de la Plaza de Tiananmen en China, ausentes hasta el día de hoy de la prensa y del discurso oficial cubano.

Han pasado 27 años desde que miles de estudiantes se manifestaron de forma pacífica en Pekín, para exigir reformas democráticas y resultaron desalojados a la fuerza. El momento crucial de aquellas protestas fue el 4 de junio cuando el ejército reprimió de manera violenta a los congregados en el lugar, dejando centenares de muertos y miles de heridos. En octubre próximo se espera que sea liberado Miao Deshun, el último preso conocido de los que fueron arrestados durante aquellos disturbios.

Junto a los más de mil detenidos que fueron condenados a duras penas por mostrar sus ansias de cambios, China destinó a otros muchos manifestantes a campos de trabajos forzados para ser reeducados. Desde entonces cuantiosos recursos y millones de horas de propaganda se han volcado sobre la sociedad, para hacerla aparcar la rebeldía y dejar a un lado los recuerdos.

Hoy, junto a la China de economía pujante y problemas ambientales, existe un país al que no se le permite hablar públicamente de su historia

 Durante estos días varios activistas que intentaban evocar la fecha han sido detenidos por el Gobierno o impedidos de salir de sus casas para rendir tributo a las víctimas. La mordaza se extiende al espacio virtual, donde la policía informática china ha logrado borrar hábilmente muchas de las referencias a los sucesos de la Plaza de Tiananmen.

Sin embargo, a pesar de que en junio de 1989 la prensa extranjera había sido expulsada de la zona y el Gobierno restringió la cobertura de los sucesos, una imagen icónica se quedó grabada en la retina de la humanidad. Un hombre indefenso, con una bolsa, parado frente a un tanque militar, mostraba la fragilidad absoluta del ciudadano bajo un poder totalitario.

Esa foto jamás ha sido reproducida en ninguno de los medios cubanos que gestiona el Partido Comunista. Las autoridades de la Isla se han sumado de esa manera al intento de borrar la historia que han impulsado denodadamente sus camaradas chinos. Son cómplices en el intento de crear un agujero en el pasado.

Hoy, junto a la China de economía pujante y problemas ambientales, existe un país al que no se le permite hablar públicamente de su historia. Una nación a la que se le ha ofrecido un bienestar económico desigual a cambio de su conciencia, pero donde también muchos no han aceptado el trato. Son los que recuerdan a aquel joven que iba al mercado cuando su suerte cambió para siempre.

En el caso de Cuba, el empeño de forzarnos a la amnesia no comienza ni termina con la tragedia que tuvo lugar en aquella inmensa y distante plaza. Una vez los medios oficiales nos escamotearon la caída del muro de Berlín, negaron por semanas el accidente de Chernóbil e hicieron mutis por el foro ante los crímenes de Nicolae Ceaușescu.

La lealtad de la Plaza de la Revolución hacia sus compañeros ideológicos incluye la innoble tarea de acompañarlos en alterar las cifras, esconder las noticias y sepultar en silencio a los muertos.

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