Cuba no es Brasil ni Venezuela

El cambio en Argentina supondrá previsiblemente un cambio en las relaciones continentales. En la imagen, Rafael Correa, Evo Morales, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Lula Da Silva, Nicanor Duarte y Hugo Chávez firman el acuerdo para la fundación de Banco del Sur. (CC)
Los que fueron líderes de la llamada ola de socialismo del s XXI reunidos durante la creación del Banco del Sur. (CC)

El reflujo de la ola populista latinoamericana, especialmente la delicada situación en Venezuela y la salida de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil, ha destapado todo tipo de especulaciones sobre una supuesta relación de causa y efecto dominó sobre el proceso político-económico y social cubano.

Eso creen quienes siguen esperando que los problemas dentro de la Isla se vayan a resolver desde fuera y los fundamentalistas estatalistas que aprovechan la "amenaza" para atrincherarse en sus posiciones antidemocráticas y antisocialistas.

Sin embargo, Cuba no es Brasil ni Venezuela, en ningún sentido. Son procesos que tienen orígenes diferentes, circunstancias y dinámicas disímiles de desarrollo, y, por tanto, evoluciones que discurren por vías desiguales.

Baste recordar que esta ola populista se inicia casi 40 años después del triunfo de la Revolución cubana de 1959, en franco declive por desgaste natural y la desaparición del "campo socialista" y gracias a la llegada del expresidente venezolano Hugo Chávez al poder por medios democráticos, lo cual la somete a los principios generales de la democracia y sus mecanismos.

El "socialismo de Estado cubano", ni socialista ni cubano, no fue inspirador de esa ola, pero se montó en ella para su beneficio

Precisamente, el salto por encima de esas instituciones democráticas y la asunción de formas autoritarias están en el centro de la reversión de esa ola.

Esto no tiene nada que ver con el surgimiento y evolución del proceso político cubano, por su origen y esencia autoritarios, hijo de la violencia y la polarización social heredada del golpe de Estado batistiano y su enfrentamiento armado, que posibilitaron una gobernanza a contrapelo de la demanda democrática que sirvió de base al apoyo de la lucha contra aquella dictadura y que fue erigida sobre el enfrentamiento entre EE UU y la URSS, durante la Guerra Fría.

El "socialismo de Estado cubano", ni socialista ni cubano, no fue inspirador de esa ola, pero se montó en ella para su beneficio, le estimuló enfrentar "al imperialismo norteamericano" que alimenta su geopolítica de subsistencia y, en todo caso, alentó sus tendencias autoritarias y estadocéntricas que la llevaron a su actual pendiente.

No hay que olvidar que las reformas obligadas por la caída del "campo socialista" y el Período Especial se fueron abandonando con la ayuda de Chávez y su petróleo.

Hay que recordar que los paradigmas del llamado socialismo del siglo XXI que originaron y dieron fuerza a esa ola se relacionaban con la democracia y los presupuestos participativos hacia la mayor incidencia ciudadana en la toma de decisiones de todo tipo; la intervención directa de los trabajadores en la propiedad, la gestión y la distribución de las riquezas y el intercambio de equivalentes impulsados por Chávez, Heinz Dieterich y la Cumbre de los pueblos realizada en Cochabamba, Bolivia, en 2006.

Tales fundamentos jamás fueron asumidos por el Gobierno-partido-Estado cubano y luego paulatinamente fueron abandonados por el propio Chávez en favor del estadocentrismo.

Esta fase depresiva desfavorece la influencia del Gobierno cubano en la región y puede afectar la ayuda que para los monopolios estatales cubanos significan el petróleo venezolano y los miles de millones de dólares que obtiene de la "renta" de galenos y personal paramédico cubanos.

Pero de ahí a suponer que este Gobierno se encuentre amenazado por ella va un gran trecho. Esperar presiones regionales a favor del respeto a los derechos políticos y civiles, sí; imaginar un aislamiento regional similar al de los 60, no. Baste recordar el nuevo escenario en las relaciones Cuba-EE UU y sus posibilidades para el intercambio económico.

Los más peligrosos enemigos del proceso político cubano, quienes lo han estado llevando al estancamiento y al "abismo", son los mismos que se atrincheran en el poder

"Solo los revolucionarios podemos destruir esta Revolución", dijo Fidel Castro en noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana. Es verdad: los más peligrosos enemigos del proceso político cubano, quienes lo han estado llevando al estancamiento y al "abismo", son los mismos que se atrincheran en el poder y se obstinan en impedir su avance hacia la democratización de la política y la socialización de la economía.

El sistema político dictadura del proletariado, originado en la Rusia estalinista y perfeccionado por los guerrilleros en el poder, liquidó temprano la oposición, eliminó su base material de sustentación al estatizar todo y excluyó los mecanismos democráticos (elecciones pluripartidistas, el pleno ejercicio de los derechos civiles y políticos, el referendo revocatorio, impeachment y una Constitución democrática) imprescindibles para enfrentar el autoritarismo. Hay que crearlos desde abajo.

Por eso la democratización será un proceso, no un acto, que demanda la creación de un ambiente de distensión y concordia que facilite un diálogo nacional inclusivo; el reconocimiento de las libertades fundamentales; avanzar a una nueva Constitución fruto de la creación y discusión colectivas y horizontal del pueblo cubano, aprobada en referendo; a una nueva ley electoral democrática y al establecimiento de un Estado moderno de derecho con plena transparencia funcional e informativa, bajo control popular permanente: la República democrática humanista y solidaria, en la que quepamos todos.

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