Díganos, general, ¿cuál es el plan B?

Lo que se juega actualmente en Venezuela no es sólo el futuro de esa nación, sino el rumbo al que se encaminarán los próximos pasos del régimen cubano

El presidente de Venezuela Nicolás Maduro y el de Cuba, Raúl Castro. (EFE)
El presidente de Venezuela Nicolás Maduro y el de Cuba, Raúl Castro. (EFE)

La Venezuela del "socialismo del siglo XXI" se tambalea y amenaza con desplomarse. Cuándo caerá exactamente es solo cuestión de tiempo. De no mucho tiempo, tal vez. Y como la crisis económica y política del país se le ha ido de las manos al Gobierno, el presidente, Nicolás Maduro, en otra demostración irrefutable de su proverbial sagacidad y aconsejado por sus mentores de La Habana, ha optado por el camino más coherente con la naturaleza del régimen: aumentar la represión y "armar al pueblo".

Semejante estrategia no puede terminar bien, en especial cuando a los miles de manifestantes callejeros no solo les motiva la defensa de la democracia, sino la renuencia a aceptar la imposición de una pobreza obligada como presente y futuro para una nación que debería ser una de las más ricas del planeta. Ningún venezolano decente aceptará la imposición de la dictadura de estilo castrista que se pretende colar en su país.

Así, la "madurofobia" se ha tornado viral, la gente se ha lanzado a las calles y aseguran que van a mantenerse en pie de protestas hasta que se cumplan sus reclamos, que implican el retorno del país al hilo constitucional, a la legalidad, al Estado de derecho: lo que equivale a decir, sin Maduro.

Maduro continúa acelerando su metamorfosis de presidente electo por el voto popular, a individuo capaz de lanzar al ejército y a cientos de miles de delincuentes armados contra sus (des)gobernados compatriotas

Cuanto más se polariza la crisis venezolana, Nicolás Maduro continúa acelerando su metamorfosis de presidente (supuestamente) electo por el voto popular, a individuo del más puro estilo tradicional latinoamericano, capaz de lanzar al ejército y a cientos de miles de delincuentes armados contra sus (des)gobernados compatriotas que han decidido ejercer su derecho de manifestación pacífica.

Ahora bien, si es cierto que las pésimas decisiones del Ejecutivo venezolano son orientadas y dirigidas desde el Palacio de la Revolución de La Habana, las intenciones de la cúpula cubana resultan, cuando menos, muy sospechosas. Tales recomendaciones de la alta dirección de la Isla estarían conduciendo al chavomadurismo directamente a un abismo y a Venezuela al mayor desbarajuste.

Es decir, si de verdad son el clan Castro y sus comparsas los que ordenaron a Maduro radicalizar una dictadura y resistir aferrado al poder contra la voluntad de la mayoría de los venezolanos, aplicando la represión y la fuerza para lograrlo pese a que ello supondría el fin del régimen "socialista" en Venezuela –con la consecuente pérdida total de los subsidios petroleros para la cúpula verdeolivo, así como de los ingresos de capital por los servicios de profesionales de la salud– sería un desafío a la lógica.

Tan extraño proceder, sumado a la significativa ausencia de Raúl Castro a la reciente reunión política del ALBA que tuvo lugar en La Habana como muestra de apoyo al Gobierno venezolano, a la renuencia de las autoridades a acusar directamente al Gobierno estadounidense por las expresiones populares de rechazo al régimen de Nicolás Maduro tanto dentro como fuera de Venezuela, al sospechoso silencio o minimización de los hechos que mantiene la prensa oficial cubana sobre lo que acontece en Venezuela, y a los inusualmente contenidos pronunciamientos de condena "a la derecha golpista regional" –que en todo caso han partido fundamentalmente desde las organizaciones políticas y de masas y otras ONG del Gobierno cubano, y no muy directamente de éste–, solo podemos especular sobre la posible existencia de secretas segundas intenciones por la parte cubana.

Sería pueril asumir que el Gobierno cubano desconoce la magnitud de la crisis de su aliado sudamericano, habida cuenta que está ampliamente penetrado por agentes de Castro

Sería pueril asumir que el Gobierno cubano desconoce la magnitud de la crisis de su aliado sudamericano, habida cuenta que –según ha trascendido por testimonios de fuentes autorizadas en diversos medios a lo largo de los años– tanto el ejército como los cuerpos represivos y de inteligencia venezolanos están ampliamente penetrados por agentes de Castro, de manera que cabe suponer que los estrategas políticos del régimen tengan alguna idea de solución, al menos en lo que concierne a Cuba.

Un ejemplo es el caso de los cooperantes de la Isla que se cuentan por decenas de miles en ese país. No podemos ignorar el grave peligro que corren los profesionales cubanos de la salud y de otros servicios, que trabajan en Venezuela como "colaboradores" en los programas del ALBA, en el muy probable caso de que se desate un caos violento en ese país. Entonces, ¿cómo se explicaría el desatino de aconsejar, o al menos apoyar, las acciones violentas del régimen venezolano? ¿Por qué los medios oficiales no ofrecen informaciones más precisas, en específico sobre la seguridad de nuestros compatriotas en Venezuela? ¿Cuál es el plan de contingencia para salvaguardar las vidas de estos civiles cubanos en caso de que la crisis humanitaria venezolana se agrave a causa de la violencia aguijoneada desde el poder?

Los antecedentes que tenemos los cubanos son nefastos. No es prudente olvidar que quien ocupa hoy en la Isla el poder es el mismo sujeto que estaba al mando de las Fuerzas Armadas cuando miles de cubanos fueron enviados a combatir (y a morir) en Angola, Etiopía, Nicaragua, Bolivia y otros remotos puntos de la geografía mundial. Fidel Castro, que nunca estuvo en una verdadera guerra, era quien disponía –al menos de iure, que no de facto– sobre las acciones del ejército cubano cuando en 1983 se ordenó a los trabajadores civiles que participaban en la construcción de un aeropuerto en la isla de Granada que resistieran a los marines de EE UU durante la invasión a ese pequeño país del Caribe.

Cuando se habla de ganancias del castrismo suele pensarse en términos de dinero. Sin embargo, las cosechas de mártires inocentes siempre le han traído valiosos réditos políticos y le han permitido un respiro temporal al régimen cubano. Ahora, cuando los años de gloria de la "revolución" han pasado, cuando solo unos pocos ingenuos creen en el discurso de los jerarcas verdeolivo y los sentimientos predominantes de los cubanos son el desencanto, la apatía y la incertidumbre, y cuando el propio "modelo socialista" es apenas un triste compendio de fracasos y una promesa de miseria infinita, no sería de extrañar que la castrocracia esté considerando la posibilidad de alimentar su capital moral a costa del sacrificio de los indefensos profesionales que prestan servicios en Venezuela.

Ya no parece posible movilizar a los cubanos como en los días de las gigantescas marchas por "el niño Elián", pero tampoco hay que subestimar la capacidad histriónica y de control social del régimen

Sería particularmente fácil para el Gobierno aprovecharse de varias decenas de médicos y técnicos cubanos –los números no resultan importantes para la cúpula gubernamental, en tanto los muertos los ponga el pueblo– que resulten víctimas de la violencia "de los apátridas vendidos al imperio" en Venezuela, para tratar de encender alguna chispa del cuasi marchito sentimiento nacionalista y patriotero de los cubanos y ganar algo de tiempo, que ha sido la principal meta de la cúpula del poder en Cuba en los últimos años.

No sería tan descabellado considerar esta posibilidad, en especial tratándose de una población que en su mayoría sufre la falta de información, lo que la hace susceptible de toda manipulación sensiblera. Cierto que corren nuevos tiempos, y que en alguna medida la penetración de mínimos espacios de información –propiciados por el precario acceso a las tecnologías– dificulta la consagración del engaño a escala masiva. Ya no parece posible movilizar a los cubanos como en los días de las gigantescas marchas por "el niño Elián", por citar el ejemplo más conspicuo; pero tampoco hay que subestimar la capacidad histriónica y de control social del régimen. Baste recordar el espectáculo lacrimógeno desplegado a todo trapo durante el novenario del sepelio de Fidel Castro.

De cualquier modo, y ya que la estrategia de cosechar víctimas ha sido muchas veces aplicada con éxito, quizás los caciques estén considerando la posibilidad de sacar esa ventaja del naufragio del bajel castrochavista. Así de retorcidos son. Tampoco resultaría una sorpresa que la propia narcoélite de Miraflores y los suyos hayan pactado con los mandamases cubanos un escape hacia La Habana en caso de que les resulte imposible conservar el cetro.

Por el momento, es un hecho que el culebrón cubano-venezolano está viviendo por estos días una escalada verdaderamente dramática y nadie sabe cuál será el desenlace. Pero en medio de tanta incertidumbre una cosa parece irrefutable: lo que se juega actualmente en Venezuela no es sólo el futuro de esa nación, sino el rumbo al que se encaminarán los próximos pasos del régimen cubano que, más allá de las adversidades de Nicolás Maduro y sus compinches, continúa siendo el dueño absoluto de los destinos de la Isla. Así, pues, díganos, General Castro, ¿cuál es el plan B?

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