Últimamente he estado muy ocupado aprendiendo a hablar por la nariz

Últimamente he estado muy ocupado aprendiendo a hablar por la nariz. No es un aprendizaje fácil, sobre todo para quienes por haber nacido con anterioridad a la aparición del Hombre Nuevo no tuvimos la oportunidad de aprenderlo en la escuela, copiado de maestros que tal vez lo aprendieran de sus mayores. Pero eso no obsta para no aprenderlo ahora, no sólo para quitarte años, no: para ser tomado en cuenta, para no seguir pareciendo un extranjero, un extraño entre los tuyos.

Esta dramática noción de difunto entre los vivos se me hacía patente en las pizzerías, en las guaguas, en las paradas, en las gestiones oficiales y hasta cuando en ocasiones somos interceptados por un desconocido en busca de una dirección. Cansado de ser el "Puro", y aún el "Abuelo", o el "Mi Viejo", pensé en teñirme, como hacen hoy hasta los jefes de Estado. Pero no llegué a tanto; me afeité mi barba blanca, me puse una peluca de pelo muy negro, gafas que esconden las ojeras, y entré en una pizzería estatal. Como si no la hubiera saludado, "Dime, abuelo", dijo la dependienta hablando por la nariz con la indiferencia con que se trata a los viejos. Quedé muy confundido.

Yo sabía que los jóvenes se reconocen por la silueta, la moda, cierta jerga, en fin, son los atributos del escudo de ellos, y entré en eso. Bajé de peso, me puse camisas de las de ahora, de las que tienen la etiqueta por fuera, y hasta a desmangados acudí en mi desesperación por ser tomado en cuenta; pero en todas partes seguí siendo el Puro, el Abuelo, el Mi Viejo, es decir, el invisible. Por calvo no debía de ser, puesto que ahora casi todo el mundo es calvo, unos porque lo son de veras y otros, sean jóvenes o gente de cuando no era feo hablar por la nariz, porque están pelados al rape. Pero por si acaso, volví a ponerme peluca al repetir la prueba de la pizzería. En vano. ¿Qué pasaba conmigo? Seguía muy confundido.

Yo le enseñaba a hablar como la gente de antes y él me enseñaba a hablar como la gente de ahora

Alguien de mi misma edad, pero exitoso dueño de una "paladar", me dio la clave. "Te falta hablar por la nariz", me dijo con mucha autoridad hablando por la nariz. Y empecé a practicar con un médico del barrio que está puliéndose porque piensa irse. Yo le enseñaba a hablar como la gente de antes y él me enseñaba a hablar como la gente de ahora. Al principio se me notaba; ortopedia al fin, no podía mi nueva habla ocultar al intruso, al infiltrado; en eso me sentía culpable como el emigrado que aún no domina la lengua del país donde ha sido acogido; tan se me notaba, que un nasal de número (así les digo yo, nada del despectivo "fañoso", no señor: nasales, y en términos demográficos propongo hablar de nasalidad, de población nasal), un nasal de número venía diciendo, guagüero de profesión, llegó a pensar que me estaba burlando de él; con un abogado que ahora vende viandas en una carretilla me pasó igual.

Pero como siempre, también estos sustos pasaron, y después de cuatro meses de devota dedicación con el médico, en la próxima pizzería donde hice mi pedido hablando por la nariz, la dependienta, con nasalidad impecable, como todo lo que es propio, de cuna (Dios la guarde) me trató de "Tío". Y después, de "Asere". Y cuando llegó con la cuenta, ya yo para ella era "Aserito", y su "ambia". Hasta me había contado que vive en una barbacoa que se moja cuando llueve, la misma donde nació. Todo por la nariz.

Emocionado con tan rotundo éxito, y decidido a enriquecer y perfeccionar cuanta cualidad del Nasal u Hombre Nuevo he adquirido, me propongo a partir de mañana añadirle a mi reciente pero ya perfecta nasalidad la viril pronunciación y elocución de los peloteros y los boxeadores, y agregarle a mi escritura las faltas de ortografía que completan los atributos más a la vista de dicha novedosa construcción humana. Pues no es justo parecer un tipo del pasado pudiendo evitarlo. Serán dones del socialismo, me digo, pero yo me los apropio: ya no me importa, ya no temo que, aprovechándose de esta transculturación, pueda el talibán que nunca falta salir de pronto a tildarme de estar traicionando mis ideales políticos.

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