Echar a los hombres sobre los hombres

Iván Hernández Carrillo. (Twitter/ @ivanlibre)
Iván Hernández Carrillo. (Twitter/ @ivanlibre)

En la madrugada del pasado 1 de septiembre, lo volvieron a hacer. Sucedió tal como hace 14 años, cuando en marzo de 2003 el régimen cubano arrestó a decenas de activistas del Proyecto Varela y periodistas independientes. Esta vez el asalto duró 10 horas.

Escuchar la narración de las vejaciones perpetradas por la policía política al hogar del exprisionero de conciencia Iván Hernández Carrillo fue como volver a vivir el horror desatado en el 2003, cuando la represión intentó abortar la Primavera de Cuba, como llamaba mi padre Oswaldo Payá a aquella coyuntura histórica donde la dictadura se sintió más expuesta y arrinconada que nunca.

En dos días, los represores del Ministerio del Interior irrumpieron en las casas de la mayor parte de los líderes del Proyecto Varela, la mayoría, amigos entrañables de nuestra familia. La causa detonante fue que esa iniciativa legal contaba y cuenta con el apoyo no sólo de la sociedad civil, sino también de gran parte de la ciudadanía, lo que bastó para que terminaran encarcelando a 75 opositores pacíficos a lo largo de toda la Isla. En aquella ocasión los registros también parecieron ser eternos, como ahora, brutalmente humillantes.

Alrededor de 50 personas, entre policías, tropas especiales y agentes de la Seguridad del Estado, registraron minuciosamente cada espacio de la casa de Iván Hernández

A Iván Hernández le golpearon en la puerta de la casa donde vive con su familia, en el municipio de Colón, provincia de Matanzas. Fue antes del amanecer, cuando aún dormían. Él pidió un tiempo para vestirse antes de abrir y fue cuando rompieron la puerta y la abrieron a la fuerza.

La policía entró, y también dos perros pastores alemanes. Con gran violencia lo empujaron contra la pared mientras le viraban el cuello.

Inmediatamente, le pusieron las esposas con las manos a la espalda. También a su madre, Asunción Carrillo, una señora de 65 años. Después, los empujarían a los dos dentro de los carros patrulleros y ambos permanecerían detenidos arbitrariamente hasta el anochecer.

Entonces comenzó la requisa, seguida por el robo. Alrededor de 50 personas, entre policías, tropas especiales y agentes de la Seguridad del Estado, registraron minuciosamente cada espacio de la casa, incluidos los contenedores de basura. Y se llevaron todo lo que encontraron a su paso: su teléfono celular y el teléfono fijo, los ventiladores, la computadora, un viejo aparato de fax, una tableta, el reloj, el televisor, toda su papelería de trabajo y personal, el escaso material de oficina de que disponía, los lápices, los bolígrafos, la presilladora. Cual rateros de barrio, se robaron incluso parte de la ropa y los zapatos.

También se llevaron todos sus libros, alrededor de 2000 ejemplares reunidos durante años y años, los que componían su biblioteca independiente y sus volúmenes privados. Todos eran libros que ellos ponían a disposición de la comunidad en calidad de préstamos, de manera totalmente gratuita.

Así se robaron la colección íntegra de las Obras Completas de José Martí, la que los oficiales del G-2 seguramente no han leído ni leerán, ignorantes incluso de las frases de reprobación que el Apóstol dedicó al marxismo, en tanto doctrina de odio que se da a la tarea de echar a los hombres sobre los hombres.

Pero tal y como hace 14 años, el mensaje principal de este ataque policial tampoco hoy está dirigido prioritariamente contra el coraje de los opositores agredidos, sino que pretende descorazonar a sus familias, vecinos, amigos, y al resto de los cubanos, vivan donde vivan. El mensaje es el terror en su estado puro: esa fue la fuente y será el legado de la llamada Revolución cubana. El objetivo es la parálisis de nuestro pueblo. La razón es el miedo de un régimen que se sabe vulnerable.

Este ensañamiento expone lo débil que se percibe a sí misma la élite corporativa-militar que por ahora ciertamente posee todo el poder en Cuba y que ha secuestrado a nuestra soberanía nacional

En verdad, este ensañamiento expone lo débil que se percibe a sí misma la élite corporativa-militar que por ahora ciertamente posee todo el poder en Cuba y que ha secuestrado a nuestra soberanía nacional, pero que no supo, no sabe y nunca podrá lidiar con la diferencia, por eso lo solo atinan a intentar aniquilarla.

Pero la tarea de exterminar la diferencia es humanamente imposible y el sistema socioeconómico en Cuba fracasó hace décadas, la dinastía no tiene nada que ofrecer. Por eso reprime sin miramientos, pero por eso también ha de desaparecer como régimen. Estamos hoy mucho más cerca de la libertad de lo que aparentan con su atrocidad. Porque los cubanos, como cualquier ser humano, queremos ser los dueños de nuestra propia vida (una vida en la verdad y no en la simulación), realizar nuestras ideas más creativas, y aprovechar las oportunidades que nosotros mismos seamos capaces de crear.

Por esa causa noble trabaja Iván Hernández junto a muchos otros, promoviendo el derecho a decidir del pueblo cubano con la campaña ciudadana de Cuba Decide, a la que todos estamos invitados. Es la causa impostergable de la democratización de un país que no merece quedarse al margen del concierto de las sociedades contemporáneas. Es la causa con la que, más temprano que tarde, se levantará la nación cubana.

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