El embrujo de La Habana

La Antigua Sociedad Española de Baile en La Habana. (BDG)
La Antigua Sociedad Española de Baile en La Habana. (BDG)

Uno de mis primeros recuerdos soy yo mismo cantando Que prendan, prendan el mechón, en una guagua del transporte público habanero. Todos a mi alrededor ríen y una señora de ojos dulces y divertidos exclama una y otra vez: "Este rubiecito es la pata el diablo".

La Habana era esa ciudad maravillosa a la que entraba por el Túnel en la madrugada. Atento para no perderme la estación de bomberos de Prado. O de la que me marchaba por lo general en tren, en la noche, no sin antes visitar la Casita de Martí. Y ello a pesar de que mis padres y yo viajábamos allá dos veces al año, en enero y en julio.

Nuestro plan de visitas era siempre el mismo: el Acuario y el Zoológico de 26, con sus soldaditos de plomo en la entrada, sus confianzudas ardillas que parecían haberse criado más bien en algún solar de la calle Colón, los monos tiradores de mierda, el trencito... El Parque Lenin y el Jardín Botánico otro día. La Habana Vieja, en un recorrido que de manera invariable concluía en La Fuerza y sus salas de armas. Al menos hasta el día en que dejé de dar perretas para no subir a la lanchita de Regla y entonces el recorrido terminaba con una vuelta despaciosa al parque del ultramarino pueblo. Para Coppelia cualquier día y después, al atardecer, Malecón arriba y abajo, repitiendo en la capital la misma costumbre pueblerina de marearse de un extremo al otro de la calle principal de Encrucijada. Único modo de entretener las noches en cualquier inocente pueblecito del interior de aquellos maravillosos años setenta.

No podía escapar al embrujo de La Habana. La gente hablaba, caminaba, miraba, respiraba, se amaba con desenfado

A veces, en enero, también había una visita al Estadio del Cerro, como insistía en llamar nuestro amigo Ñico Rutina al Latinoamericano, a ver mi padre y yo algún juego. No importaba entre quién y quién, que a mi viejo lo que le importaba y aún le importa a sus 83 es disfrutar el béisbol, no fanatizarse por ningún equipo. Lo demás se completaba con las consabidas visitas al medio centenar de parientes y amigos cercanos de mis padres. Con lo cual, si se tiene en cuenta que alternábamos nuestras estancias en casa de mi tía Leopoldina, en Párraga; en la de mi tía Emilia, en la Cuevita de San Miguel del Padrón; o en la de mi tía abuela Victoria, en la Víbora, se comprenderá que al menos al este del Almendares muy poco de la ciudad escapaba a nuestro rutinario programa de visitas y salidas.

Ya entonces no podía escapar al embrujo de La Habana. En que la gente hablaba, caminaba, miraba, respiraba, se amaba con desenfado y se pronunciaban veddá, en lugar de verdad. Donde los mulatos desafiantes se dejaban las patillas largas y vestían casi de la misma manera que su tatarabuelos, los negros curros de tiempos de las flotas. En que de cuando en cuando se sentía cruzar quedamente, por alguna calle paralela, la sotana de uno de los pocos curas que todavía persistían en la Isla. En que los gatos eran gordos, a diferencia de los esmirriados de Encrucijada, y los actores de las aventuras te sorprendían en cualquier esquina.

La Habana, más que la ruina evidente, es un espíritu, un alma, una cuarentona maltratada pero todavía más bella que cualquier veinteañera

¿A dónde irán todos estos recuerdos cuando muera?, me pregunto a ratos como el androide de Blade Runner. ¿Se desvanecerá conmigo el instante en que por primera vez vi entrar un barco en la Bahía, desde la Punta, mientras al pairo esperaban otras dos naves?, o andando casi cuarenta años hacia adelante, hay una eternidad en la que viviré por siempre en la noche entera que pasé con Ella en una habitación de la calle L, casi llegando al mar, y sorprendido a ratos por los murmullos de otra mujer: ¿La Habana dormida?

No puedo responder a esas preguntas. Solo sé que al enterarme de la selección de La Habana como una de las siete ciudades maravillosas del mundo, todos esos recuerdos se me han agolpado en la garganta. En todo caso algo quedará, como hoy permanece en nuestra cultura ese espíritu de la Atenas del 500 antes de Cristo, que un niño observaba en cierta mañana clara del esplendoroso verano mediterráneo, de la mano de su padre, camino del Pireo.

Porque La Habana, más que la ruina evidente, es un espíritu, un alma, una cuarentona maltratada pero todavía más bella que cualquier veinteañera. Un algo que permanecerá cuando los tiranos y sus esbirros no ocupen ya más que un par de líneas en los Tratados de Historia. Un algo al que todos los cubanos estamos ligados en mayor o menor medida, y que da la medida de por qué nos llenamos la boca para exagerar y decir que los cubanos "somos la cosa más grande que Dios haya pari'o sobre la Tierra".

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