Maduro cierra el puño sobre Venezuela

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en un acto cívico. (Archivo EFE)
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en un acto cívico. (Archivo EFE)

Todo fue para llegar hasta aquí: las largas arengas de Hugo Chávez, sus promesas populistas y las prebendas repartidas a los leales. Casi dos décadas de “socialismo del siglo XXI” han logrado que Venezuela abandone el cauce democrático. Esta semana, con la anulación y posterior “restauración” de las competencias de la Asamblea Nacional, la jaula se ha cerrado definitivamente.

Nicolás Maduro dio un paso osado y desesperado. La entidad todopoderosa en la que convirtió al Tribunal Supremo asestó el golpe que el presidente llevaba planeando desde que perdió el control del Parlamento en diciembre de 2015. Los jueces solo hicieron el trabajo sucio y, tres días después, cargaron con el ridículo de echar atrás su decisión.

Los reclamos dentro y fuera de Venezuela impidieron a la cúpula concretar el autogolpe. Una jugada con la que buscaba terminar de anular a su tenaz oposición, enrocarse ante la posible aplicación de la Carta Democrática de la Organización de los Estados Americanos, además de comprar tiempo para su maltrecho y corrupto Gobierno.

Un país sacudido por los caprichos de una élite política tan obstinada por conservar los privilegios, como de no reconocer que ha perdido el respaldo de la ciudadanía

Aunque poco después Maduro dio marcha atrás, decretos anteriores hacen que los parlamentarios siguen sin poder implementar sus decisiones legislativas y el país vive desde enero de 2016 bajo un estado de excepción, llamado eufemísticamente de emergencia económica. Los venezolanos pasan por un calvario de penurias, violencia y éxodo.

Cada semana Maduro se inventa alguna campaña o confrontación que le ayude, con el apoyo de la cúpula de su partido, a mantenerse en la silla presidencial y ejercer el control sobre el presupuesto y los pozos petroleros del país.

A los chavistas no les queda nada de ideología. El movimiento que calificaron de popular se ha vuelto adicto a los atributos del poder, incapaz de percibir la realidad de las calles. No es el pueblo venezolano lo que les interesa, sino esa vida de lujos que se han construido en sus palacios mientras proclaman a los cuatro vientos el discurso de ayudar a los pobres y a los más necesitados.

Sin embargo, más alarmante que su insaciable voracidad material es la fragilidad institucional en la que han dejado a la nación. Un país sacudido por los caprichos de una élite política tan obstinada por conservar los privilegios, como de no reconocer que ha perdido el respaldo de la ciudadanía.

Maduro tiene a Venezuela en un puño y no parece dispuesto a soltarla.


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