Mitos y hechos en las relaciones Cuba-Estados Unidos

Un hombre conduce por las calles de La Habana un bicitaxi con la bandera de Estados Unidos. (EFE)
Un hombre conduce por las calles de La Habana un bicitaxi con la bandera de Estados Unidos. (EFE)

El análisis de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos durante casi sesenta años de gobierno de partido único por un lado, y de 11 presidentes en alternancia bipartidista por el otro, es un imán para politólogos e historiadores de diversas latitudes, pero con especial énfasis por razones obvias, de los cubanos y norteamericanos. La semana pasada, apareció un texto en Cubadebate cuyo objetivo es desmontar mitos alrededor de estas conflictivas relaciones.

Desde la introducción, el autor, el académico Elier Ramírez Cañedo, anuncia que, a pesar del muy estudiado paréntesis histórico, subyacen ideas equivocadas (mitos) sobre la actuación de las partes, para inmediatamente advertir de que "la tergiversación histórica es una forma de ataque contra el proyecto cubano, dentro de una estrategia más amplia de guerra cultural contra el socialismo en Cuba".

A pesar del subrayado de la cita, no pretendo enfocarme ni en la advertida guerra cultural ni mucho menos en el socialismo cubano. Pretenderé poner a un lado la cercanía emocional e histórica con los hechos para discrepar de los argumentos del autor.

Antes de entrar en el análisis de la desmitificación, no puedo pasar por alto un enunciado que no es cierto: "Estados Unidos bloqueó toda posibilidad de existencia de una burguesía nacional en Cuba". La cercanía geográfica favorece que con presencia creciente desde la etapa colonial y sobre todo aprovechando la crisis económica de la segunda década del siglo pasado, el capital norteamericano se consolide con buena parte de la economía en Cuba, que había sido hasta ese momento esencialmente española. Pero Estados Unidos no solo fracasó en su empeño de bloquear la existencia de una burguesía nativa, sino que esa misma burguesía para 1959 poseía la mayor parte de la riqueza nacional, incluyendo la banca.

Pretender el análisis del conflicto derivado del triunfo revolucionario como consecuencia del deseo de EE UU de apoderarse de Cuba desde fines del siglo XVIII responde a una visión que pasa toda su óptica por el tamiz de un muy puntilloso antimperialismo

Por otra parte, afirma el texto introductorio: "El Gobierno norteamericano hizo todo lo posible por evitar que un gobierno de corte nacionalista burgués liderado por el partido ortodoxo se hiciera de las riendas del país". En realidad, no tuvo que hacer nada por evitarlo, pues lo que dio al traste con el futuro de este partido y de paso con el futuro constitucional del país, no fue una maniobra de la CIA; ni siquiera una maniobra de Batista, sino el disparo mal calculado de Eduardo Chibás, el muy probable presidente republicano para las elecciones de 1952.

El Mito 1: "La raíz del conflicto estuvo en la alianza de la Revolución con la Unión Soviética, pues la administración Eisenhower estaba dispuesta a entenderse con un proyecto nacionalista democrático en Cuba".

Pretender el análisis del conflicto derivado del triunfo revolucionario de 1959 como una consecuencia del deseo inconfeso o manifiesto de Estados Unidos de apoderarse de Cuba desde fines del siglo XVIII responde a una visión que pasa toda su óptica por el tamiz de un muy puntilloso antimperialismo. Con el difícil acceso a textos de pensadores filosóficos, históricos y políticos con una aproximación más ecuménica, el lector cubano tiene una perspectiva maniquea de las relaciones bilaterales con Estados Unidos, nacidas de la insatisfacción norteamericana al no poder decidir el destino de Cuba.

La soberanía nacional es un pilar de este enfoque, remitiendo los ejemplos a la época de procónsules e invasiones. Pero ese pilar se socavó en los últimos 60 años y no precisamente por injerencia del vecino del norte. Ningún analista de los que quirúrgicamente desmenuzan las intenciones y el alcance de la influencia norteamericana se ha interesado en hacer lo mismo con la influencia soviética, al parecer, una tarea para la historiografía futura, máxime cuando vivimos una especie de segunda temporada con Rusia y el putinismo.

Ningún analista de los que quirúrgicamente desmenuzan las intenciones y el alcance de la influencia norteamericana se ha interesado en hacer lo mismo con la influencia soviética

En el contexto de la Guerra Fría, el Gobierno norteamericano tendría que haber sido muy ingenuo si no hubiera observado con creciente preocupación cómo se desarrollaban los acontecimientos apenas 90 millas al sur. De los discursos conciliadores y humanistas de 1959, el lenguaje del líder y voz de la Revolución fue modificando el tono. Pero no solo los discursos se volvieron más agresivos y antiyankis. A las nacionalizaciones agrarias sin compensación de 1959, se sumó en el otoño del mismo año el viaje a La Habana del embajador soviético en México que venía con dos encomiendas principales: el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y la visita de Anastas Mikoyán, primer vicepresidente de la URSS y mano derecha de Jruschov, viaje que se consuma en febrero de 1960 y en un hecho insólito duraría nueve días. De ese viaje se derivaron convenios por más de 100 millones de dólares. No era gratuita la preocupación norteamericana, los términos del convenio por el cual Cuba le vendería a la URSS 300.000 toneladas métricas de azúcar eran llamativamente ventajosos -más de los del convenio azucarero con Estados Unidos anterior a 1959-.

Sería interesante constatar -si los documentos soviéticos estuvieran desclasificados- cómo la Operación Mangosta a cargo de la CIA y el Departamento de Estado encuentra su contrapartida en el KGB y el Kremlin. Cómo se elaboraron planes para aumentar la influencia en nuestro país por medio de programas de colaboración, asistencia técnica, intercambio comercial y cultural como primer paso para luego armar y entrenar un ejército regular y organismos de Inteligencia, punta de lanza frente a su adversario, lo que confería a Cuba altísima prioridad en la política exterior de la URSS. Cada potencia según sus intereses.

Estos nuevos mejores amigos no podían ser vistos con indiferencia. De hecho, esa relación se considera precursora de la influencia soviética en el llamado hemisferio occidental. Sin embargo, el análisis de los historiadores cubanos debería también enfocarse hacia cómo se perdió la oportunidad de lograr como nación y república una verdadera independencia y soberanía por primera vez; no existen registros de que el Gobierno revolucionario buscara alternativas en el ámbito latinoamericano, pongamos por caso, para establecer relaciones políticas, comerciales y financieras que le permitieran evitar el epicentro del conflicto bipolar. 

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