Narrar (mal) la agenda ajena

Durante décadas los demócratas cubanos han carecido de un espacio donde poder divulgar sus diversas plataformas programáticas y, como si eso fuera poco, los medios oficiales, propiedad monopólica del partido gobernante, se han encargado de hacerle creer a la opinión pública que los propósitos de sus opositores se reducen a regresar al "oprobioso pasado" y entregar la nación al voraz enemigo imperialista.

Ese es el riesgo de pretender hacer política bajo las reglas de una dictadura. Los ideólogos gubernamentales cuentan con todos los espacios y con el caudal de información proveniente de los archivos de la policía política, para denigrar a cuanta persona piense diferente. Hacen creer al pueblo que si "los enemigos" llegaran a tomar el poder suprimirían la prestación pública de los servicios de salud, privatizarían todos los niveles de enseñanza, expulsarían de sus casas a los actuales inquilinos para entregar las viviendas a sus antiguos propietarios, abolirían el movimiento sindical, prostituirían a las mujeres, condenarían a la más cruel explotación a obreros y campesinos y decretarían al menos tres días con licencia para matar, de manera que no quede con vida un solo militante del partido ni un miembro activo de los Comités de Defensa de la Revolución.

Ese es el procedimiento que pudiera ser nombrado como "narrar mal la agenda ajena", consistente en atribuirles aviesas intenciones a las posiciones divergentes, dando por firmes y confirmadas las sospechas nacidas del prejuicio. Hemos aprendido que el método en cuestión no es exclusivo de los gobernantes, aunque sí de los intolerantes y autoritarios, tengan o no el poder.

Si algún emprendedor abre una cafetería para independizarse de los vínculos laborales con el Estado, lo acusarán de que se propone engrosar las arcas de la dictadura a través del pago de los impuestos; si aprovecha la nueva legislación migratoria para participar en un evento de forma independiente, le imputarán la voluntad de contribuir al lavado de rostro del Gobierno para dar la impresión de que los cubanos gozamos ahora de mayores libertades. Si una parte de la sociedad civil cubana ve con algún optimismo los cambios que pudieran derivarse del restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, los mal narradores de agendas ajenas comenzarán a decir que detrás de ese júbilo injustificado se encuentra una complicidad con el neocastrismo. Todo aquel que reconozca estar ante la presencia de un escenario diferente, y en consecuencia modifique sus métodos para conseguir sus anhelados objetivos, se verá calumniado de hacerle el juego a los que quieren eternizase en el poder.

En este último ejemplo también puede haber una narración tergiversadora, de signo contrario, pero tan intolerante y autoritaria como cualquier otra, la que propalara la idea de que quienes se sienten traicionados por Obama -por cierto que nunca incluyen al Papa Francisco- solo se lamentan porque pueden perder la ayuda económica venida del Norte o porque temen que se dé por terminado el programa de visas para refugiados.

"¡Eso no fue lo que yo dije!", grita el malinterpretado, pero no importa, ya el mal está hecho, ya está sembrada la sospecha.

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