Nuevo Código de Trabajo: muchas penas y poca gloria

Tardío y cobarde. Son los dos adjetivos para definir al nuevo Código de Trabajo que acaba de entrar en vigor en Cuba. Con 144 páginas, incluyendo anexos, se ha publicado en la Gaceta Oficial el texto que regirá las garantías jurídicas de los derechos y deberes de trabajadores y empleadores. Un documento que mantendrá atado y bien atado al sector sindical de la Isla.

Empecemos por mencionar aquellos conceptos que el nuevo Código de Trabajo ni siquiera incluye. A lo largo de sus cuartillas no pueden encontrarse términos como: desempleo, huelga, paro, demanda, reivindicación, protesta o aumento salarial. Ausencias éstas que revelan el origen mismo de tal legislación: no surgida a partir de los deseos y urgencias de la clase trabajadora, sino fruto directo de las necesidades del patrón. Un dueño que, ahora mismo, se concentra en buena medida en la figura del Estado, el partido y la ideología en el poder.

Con pretensiones de modernidad, el Código de Trabajo intenta apropiarse de cierta terminología "políticamente correcta", que apenas queda como palabrería hueca entre sus folios. Entre ellas las del derecho a obtener un empleo "sin discriminación por el color de la piel, género, creencias religiosas, orientación sexual, origen territorial, discapacidad y cualquier otra distinción lesiva a la dignidad humana", enumeración en la que se obvia la inclinación política.

Para esta nueva legalidad, una mujer lesbiana, negra, proveniente del oriente del país y con una minusvalía física no debería ser rechazada en ningún puesto de trabajo... siempre y cuando no se le ocurra ser además disidente, Dama de Blanco, periodista independiente, activista de derechos humanos o bloguera crítica. En el sentir de Mariela Castro –quien ya lanzó sus críticas al Código de Trabajo, por no incluir el concepto de "identidad de género"– se puede salir de todos los armarios, menos de aquel que delate nuestras preferencias ideológicas.

La condición de proletariado parece reñida, según este nuevo código, con el acto de elegir una tendencia partidista diferente a la del patrón. "Trabajando y calladitos, se ven más bonitos", parecerían decirnos esos que han impulsado la aprobación de la legalidad. Desde un buró, una oficina climatizada o un uniforme militar, resulta cómodo legislar cómo será la vida en la fábrica, en el sindicato, en el momento de cobrar el menguado sueldo mensual.

"Trabajando y calladitos, se ven más bonitos", parecerían decirnos esos que han impulsado la aprobación de la legalidad

Avalar la "igualdad en el salario" y que "el trabajo se remunere sin discriminación de ningún tipo en correspondencia con los productos y servicios que genera, su calidad y el tiempo real trabajado" no resuelve la realidad. En un país donde un profesional recibe un poco más de veinte dólares como sueldo mensual promedio, el tema más álgido no es la posible segregación de unos, sino el gran apartheid económico en que viven casi todos los trabajadores.

En el artículo dos del texto se asegura que "los trabajadores tienen el derecho de asociarse voluntariamente y constituir organizaciones sindicales, de conformidad con los principios unitarios fundacionales, sus estatutos y reglamentos, los que se discuten y aprueban democráticamente y actúan con apego a la ley". Sin embargo, en unos incisos más adelante queda claro que cuando se habla de "organizaciones sindicales", en realidad se hace sólo referencia a las filiales por sector de la misma Central de Trabajadores de Cuba, el único sindicato permitido por el gobierno.

Como avance en la actual legislación vale la pena señalar las nuevas directrices sobre la seguridad y salud en el trabajo. También la restructuración de los órganos de justicia laboral, siempre y cuando estas directrices no terminen perdiéndose en medio de la burocracia, la lentitud institucional y la falta de información al demandante. Un pequeño avance, que sólo la práctica demostrará si no se convierte en retroceso.

Sin derecho a la huelga, sin la posibilidad de asociarse libremente y con los límites políticos bien definidos, el trabajador cubano actual es tomado más como una pieza de sostén económico y político del sistema que como un ente capaz de generar riqueza y cambios.

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