El derecho de pernada de la madrastra

El canciller español vuelve a Cuba después de su visita de 2014. Ahora, el escenario le resulta más ventajoso para hablar de negocios con la satrapía

El canciller español José Manuel García-Margallo y a la ministra de Fomento, Ana Pastor, saludan a Raúl Castro. (EFE/Estudios Revolución)
El canciller español José Manuel García-Margallo y a la ministra de Fomento, Ana Pastor, saludan a Raúl Castro. (EFE/Estudios Revolución)
Miriam Celaya

23 de mayo 2016 - 14:31

La Habana/El ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación de España, José Manuel García-Margallo, realizó recientemente su segunda visita a Cuba. A diferencia de la primera, en noviembre de 2014, –ocasión en que el general-presidente no se dignó a recibirlo– esta vez el "excelentísimo señor" canciller español fue acogido a todo trapo por la cúpula del poder.

No es de extrañar esta nueva actitud entre ambas partes, puesto que si en 2014 García-Margallo andaba en plan "demócrata", provocando el recelo y disgusto de la gerontocracia verde olivo, en la actualidad el señor canciller ha venido solo en plan empresarial, con la misión de robustecer y ampliar en todo lo posible las inversiones españolas en la Isla antes que el poderoso vecino del norte invada (otra vez) con sus capitales el territorio de la otrora colonia española, arrebatándoles una vez más la devaluada joya de la Corona.

En esta ocasión el monopolio de prensa castrista reseñó crípticamente en una breve nota el intercambio con "el distinguido visitante" –quien estuvo acompañado por altos funcionarios de las esferas de Fomento y de Cooperación del Gobierno español, así como por el embajador de ese país en la Isla–, aludiendo a "las positivas relaciones existentes entre las dos naciones", y a "la reciente firma en Madrid de los acuerdos que regularizan la deuda de mediano y largo plazos de Cuba", lo que "crea condiciones favorables" para el fortalecimiento de las relaciones entre ambos países.

Sin dudas, el escenario actual resultó ventajoso para el canciller español a la hora de hablar de negocios con la satrapía

Sin dudas, el escenario actual resultó ventajoso para el canciller español a la hora de hablar de negocios con la satrapía.

En el encuentro participaron, por la parte cubana el canciller, un vicepresidente del Consejo de Ministros, el ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera y el viceministro de Relaciones Exteriores. Fue, obviamente, una visita de negocios que se desarrolló en medio del mayor secretismo.

Así pues, como es usual, tampoco trascendió a la opinión pública nacional ningún detalle de interés sobre los asuntos económicos bilaterales, plazos y pagos de esa deuda o potenciales inversiones españolas, aunque es sabido que España es uno de los principales socios comerciales de Cuba y ha mantenido por más de dos décadas una fuerte presencia de empresas en la Isla, en especial en la esfera turística-hotelera y, en consecuencia, deberían ser temas de importancia para la población en medio de la profunda crisis cubana.

En otro sentido, pero igualmente secretas, fueron las actividades desarrolladas por el mismo canciller español durante su visita anterior. Menos de dos años atrás, el ahora "excelentísimo" visitante levantó un gran escozor en el Palacio de la Revolución, al pronunciar la conferencia magistral Vivir la transición: una visión biográfica del cambio en España–también a puertas cerradas y ante un público cuidadosamente seleccionado–en un espacio tan gubernamental como el Instituto Superior de Relaciones Internacionales, en la cual estableció una comparación entre la realidad española a finales del franquismo e inicios del proceso de transición democrática y la realidad cubana en la actualidad, bajo el tardocastrismo.

En retrospectiva, es justo reconocer que –si bien aquella alocución de García-Margallo en noviembre 2014 en La Habana no trascendió en la prensa nacional– ninguno de los gobiernos y representantes de naciones democráticas que nos habían visitado hasta ese momento había manifestado tan audazmente sus críticas a la política oficial cubana ni se había pronunciado acerca de la importancia de la libertad de expresión, de prensa, de reunión y de asociación.

Sin embargo, el canciller español en su primera visita no gozó de los mismos privilegios que el presidente estadounidense Barack Obama, cuyo discurso –dirigido a todos los cubanos y no a un selecto grupo de fieles al castrismo– fue difundido en tiempo real por los medios oficiales de la Isla y causó una profunda impresión en el ánimo de la gente común. Desde luego, el mandatario de EE UU no es de los que se dejan poner banderillas.

Es como si privilegiar la protección de los intereses de los empresarios españoles en Cuba necesariamente deba implicar el olvido de la exclusión que viven los cubanos, tan explotados por esos mismos empresarios

Por eso los cubanos no supieron de la audacia de García-Margallo, primer representante de un gobierno democrático que mencionó ante un micrófono en un espacio oficial ideas tan subversivas como la importancia del pluripartidismo como pilar de la democracia y de la concordia nacional, la eficacia de las transiciones pacíficas para lograr cambios políticos seguros y duraderos, y la recuperación de las libertades conculcadas por regímenes autocráticos de larga duración.

García-Margallo en aquella ocasión hizo referencia a la necesidad de la unificación monetaria y de acelerar los cambios en Cuba, de la descentralización de la toma de decisiones, de la ratificación de los pactos de derechos civiles y políticos y de derechos económicos, sociales y culturales, y de la libertad sindical, entre otros puntos igualmente tabúes para el Gobierno cubano.

En resumen, si se compara la actitud asumida por el canciller español en su primera visita a Cuba con la que ha mantenido en esta segunda ocasión, no queda duda de que se ha producido un retroceso en cuanto a la defensa de los derechos humanos y democracia para los cubanos, como si privilegiar la protección de los intereses de los empresarios españoles en Cuba necesariamente deba implicar el olvido de la exclusión que viven los cubanos, tan explotados por esos mismos empresarios, habría que apuntar. Todo esto, a contrapelo de la hipocresía de los funcionarios de ese país, que aluden, según les convenga, a "los entrañables lazos históricos, culturales y de sangre que unen a nuestras dos naciones".

Ahora resulta que García-Margallo incluso se ha erigido en intérprete de los deseos de los cubanos, por tanto su misión meramente empresarial en Cuba no solo se justifica por la gran presencia de capital español en la otrora "siempre fiel Isla de Cuba", sino porque "la población cubana, lo que en estos momentos quiere fundamentalmente es progreso y desarrollo económico, y vamos a ayudarles en ese cambio". Lamentablemente, no sabemos cómo lo hará. Por el momento, aquello de las libertades y la ratificación de los pactos, y bla, bla, bla..., ha quedado pendiente. ¡Ah, los políticos españoles, siempre tan veleidosos!

Si los gobernantes cubanos de los últimos 57 años son tan, tan “españoles” no es de extrañar que las cosas en Cuba anden tan, tan patas arriba

No obstante, la actual postura simpática de las autoridades de España con los Castro vuelve a tomar aquello de "las raíces". No importa de cuál árbol se trata. Según afirmó recientemente ante los medios el señor García-Margallo tras su visita a La Habana, "en Cuba, aparte de las relaciones humanas, el padre de Fidel y de Raúl era un soldado que luchó con nuestras tropas en la Independencia y se volvió luego", así que los hermanos dictadores "son muy, muy españoles".

¡Acabáramos! Eso lo explica todo: si los gobernantes cubanos de los últimos 57 años son tan, tan "españoles" no es de extrañar que las cosas en Cuba anden tan, tan patas arriba, y menos aún que ahora –en medio de la transición del castrocomunismo al castrocapitalismo– desde la Moncloa se refuerce el reclamo de cierto derecho de pernada de la madrastra patria.

En especial cuando la Historia, siempre tan caprichosa, parece cerrar otro ciclo que –salvando las diferencias– remeda aquel episodio de más de cien años atrás en que España y EE UU se reñían los despojos de la Isla en ruinas.

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