Rescatar la patria potestad que nos arrebataron

Más de 14.000 niños salieron de Cuba entre 1960 y 1962 en la Operación Pedro Pan. (Wikimedia Commons)
Más de 14.000 niños salieron de Cuba entre 1960 y 1962 en la Operación Pedro Pan. (Wikimedia Commons)

En los primeros años de la Revolución cubana se vivió uno de los capítulos más tristes de nuestra historia, la llamada "Operación Pedro Pan". Miles de padres enviaron a sus hijos al extranjero para evitar que el Gobierno les quitara la patria potestad y mandara los niños a la Unión Soviética, según decía la propaganda del momento. Datos oficiales cifran en 14.048 los niños que salieron de Cuba por esa vía y muchos nunca volvieron a reencontrarse con su familia.

Aunque aquellos demonios contra la patria potestad no se materializaron de la manera en la que se pensaba, las políticas aplicadas trajeron como consecuencia que los padres cubanos tuvimos cada vez menos incidencia en la formación de nuestros hijos. No pudimos elegir el tipo de educación que recibirían los pequeños, ni dónde estudiarían. También fueron cerradas todas las escuelas privadas y religiosas, por lo que quedó en manos del Gobierno los conocimientos y valores que se impartían, además de la forma en la que se hacía.

Así, surgieron los círculos infantiles a los que eran llevados a muy temprana edad los niños, muchos de ellos con tan solo 45 días de nacidos. Aparecieron además las escuelas en el campo, los preuniversitarios, politécnicos y secundarias básicas con internados que mantenían la mayor parte del tiempo a los niños separados de su hogar. Los centros docentes becados solo permitían los pases cada fin de semana o cada 15 días, por lo que los niños y adolescentes apenas dormían algunas noches al mes bajo el mismo techo que sus padres.

Comenzó entonces un proceso de despersonalización y desarraigo que calaría muy profundo. Estas escuelas internas tenían un régimen semimilitar, pero el matonismo y la vulgaridad campeaban por sus respetos. Cualquier destello de educación o delicadeza que mostrara un alumno era interpretado como un rasgo de debilidad o una evidencia de ser un pequeño burgués, lo cual equivalía a ser un contrarrevolucionario.

En ese proceso de masificación, se fue degradando al individuo hasta convertirlo en marioneta

Otro tanto le ocurría a quienes profesaban alguna religión. Miles de personas tuvieron que renunciar a su fe o a su manera de pensar para poder estudiar y evitar ser tildados de traidores.

Mediante el lavado de cerebro aplicado desde edades muy tempranas sobre los educandos de esos centros estudiantiles, se fue privando a los padres también de la posibilidad de tener un mayor control sobre los hijos. Se hizo cada vez más real aquella consigna de Fidel Castro en la que aseguraba que "ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, pertenecemos por entero a la patria". Bajo esa máxima, el Gobierno se atribuyó el derecho a desarticular las familias, en nombre de la Revolución.

A los padres se les vinieron encima trabajos voluntarios, movilizaciones militares y otras responsabilidades ideológicas y laborales, que también redujeron el tiempo de convivencia dentro de las casas. La vida se hacía afuera, entre "compañeros" y "camaradas", por lo que con el tiempo los vínculos en el seno del hogar se fueron debilitando.

El discurso oficial intenta responsabilizar a las familias del desastre ético y moral que recorre la sociedad cubana

Tales circunstancias produjeron un gran daño en las familias y, por ende, en la sociedad. En muchos casos, se enfrentó a los hijos con sus propios padres y se exigió a niños y jóvenes que renunciaran a sus proyectos personales para asumir los desafíos de la Revolución. En ese proceso de masificación, se fue degradando al individuo hasta convertirlo en marioneta.

Hoy, se recogen los frutos de aquellas políticas. El discurso oficial intenta responsabilizar a las familias del desastre ético y moral que recorre la sociedad cubana cuando el mayor culpable ha sido el Gobierno al que en su afán de controlar y mantener el poder no le importó desmembrarlas y corromperlas. También se achaca la pérdida de valores a las penurias del Periodo Especial, pero lo cierto es que desde el comienzo de la Revolución comenzó a fraguarse tal descalabro.

Los padres tenemos que recuperar el derecho y la libertad para decidir cómo y qué tipo de educación queremos para nuestros hijos. Dándole el protagonismo a la familia en la formación de los más pequeños, se podrá comenzar a reparar el mal que se ha hecho. Solo así, estaríamos rescatando nuestra patria potestad.

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