Más Rosas y menos espinas

La escuela primaria Pelayo Cuervo Navarro de Taguayabón, Villa Clara. (14ymedio)
La escuela primaria Pelayo Cuervo Navarro de Taguayabón, Villa Clara. (14ymedio)

Hoy Rosa Valeriano, la ejemplar maestra de primer grado de nuestra hija Rachel en la escuela primaria Pelayo Cuervo Navarro, en Taguayabón, Villa Clara, no se ha presentado a impartir clases en justa y evidente señal de protesta ante el incumplimiento de la remuneración salarial que ha reclamado.

Nuestra Rachel y sus dieciocho compañeritos se han quedado en este día sin quien les enseñe la siguiente letra del alfabeto, pero la maestra nos ha dado a todos, incluyendo a nuestros niños, una lección mucho más importante. Rosa me recuerda al personaje de Carmela de la reveladora película Conducta de Ernesto Daranas. Mi esposa y yo, junto a otros padres de niños de seis años, nos sentimos dichosos de contar con una maestra como ella a pesar del estado crítico de la educación en Cuba. Fue ella también quien enseñó a leer y escribir a Rocío, nuestra primogénita, ahora con catorce años; y en apenas estos tres primeros meses del presente curso Rachelita está a punto de lograrlo gracias a la excelente pedagogía de Rosa. Continúe o no trabajando en Educación estaremos en deuda con ella para siempre.

Rosa lleva décadas de experiencia. Ama su profesión. Es un hecho que tiene vocación por el magisterio. La necesidad de educadores la empujó a prolongar su jornada a pesar de sus problemas de salud, reconocidos por una comisión médica. Y es precisamente ahí donde radica su inconformidad. Desde julio pasado, antes de iniciar el curso, Rosa había solicitado cobrar cuatro horas adicionales a las que les paga el Ministerio de Educación y que dedica con excelencia a la preparación y planificación de clases. Supuestamente debería estar recibiendo el pago desde el inicio del curso, pero ya pasó noviembre y Rosa no ha sido resarcida como se debía.

Rosa me recuerda al personaje de Carmela de la película 'Conducta' de Ernesto Daranas

Es más que cuestión de dinero, al fin y al cabo ningún salario alcanza para los cubanos, mucho menos el de los mal pagados trabajadores de Educación. Es cuestión de honor ‒y ha sido su protesta de hoy, que podría prolongarse para siempre si no se rectifica‒ una lección para todos de hacer valer el Artículo 23 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: el de los trabajadores; y en consonancia con la petición que acaba de realizar el canciller español José Manuel Garcia-Margallo en su recién concluida visita oficial a Cuba respecto a que se ratifiquen los Pactos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en cuanto a la libre sindicalización, que es el apoyo que ahora mismo hubiese necesitado Rosa y que en la práctica brilla por su ausencia.

Resulta perfectamente lógico que la educadora se sienta engañada y usada por quienes, lejos de reconocer su esfuerzo, llevan ya varios meses dándole vueltas a su derecho a lo que en definitiva constituye en Cuba un miserable salario que por ley le correspondería. Aguardábamos con esperanza que por fin cuando llegasen los pagos de noviembre no se le volviese a faltar el respeto a nuestra maestra pues era una situación harto conocida en la escuela, encima que en el presente Rosa carece del imprescindible auxiliar pedagógico que requiere un grado tan importante como lo es el primero.

¿Qué vamos a hacer los padres con cada vez menos maestros para nuestros hijos, y menos con la calidad de nuestra maestra? ¿Qué van a hacer nuestros niños, ya de por sí expuestos a un sistema educativo politizado y manipulador, si cada vez son menos las rosas y más las espinas?

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