La asombrosa capacidad de aguante de los venezolanos

Marcha chavista en 2012, con el fallecido presidente Hugo Chávez a la cabeza. (CC)
Marcha chavista en 2012, con el fallecido presidente Hugo Chávez a la cabeza. (CC)
José Gabriel Barrenechea

20 de febrero 2015 - 07:00

Santa Clara/Hasta el afianzamiento del régimen chavista se justificaba que no pocos demócratas latinoamericanos nos catalogaran como un pueblo de naturaleza servil, amante de las "cadenas". Después de que el chavismo en decadencia ha conseguido aferrarse al poder, aun cuando su apoyo no rebasa la tercera parte de la población venezolana, con unas estructuras de vigilancia, control y represión mil veces menos eficientes que las del castrismo, y con muchas de las instituciones de una sociedad libre todavía mal que bien en funcionamiento, ya no.

La Venezuela de Nicolasito Maduro, alias El Gran Timón, ha venido a poner en ridículo ese aire de superioridad con que muchos demócratas latinoamericanos nos miraban hasta hace poco, por encima del hombro. El hecho de que un pueblo latinoamericano que había vivido en democracia durante 40 años (por demás uno de los pocos en esos mismos años en que por toda el área dominaban las dictaduras) aceptara así como así la imposición de una especie de castrismo muy aguado, sin conseguir evitarlo o luego sacudírselo cuando la euforia inicial del mismo ha pasado irremisiblemente, es sumamente sintomático de que lo sucedido en Cuba pudo, si no repetirse, al menos ser soportado con mucha más facilidad en cualquier otro país latinoamericano. Aclaro que me refiero a la capacidad de aguante. O sea, considero que los latinoamericanos la tienen en sí mucho más acentuada que nosotros, los cubanos.

La otra diferencia que encuentro entre ellos y nosotros es que algo como el castrismo solo podía darse en esta Isla, no en Argentina, México, o en la misma Venezuela, en donde en considerable medida es algo impuesto desde afuera. Desde la Cuba castrista, y mediante sus eficientes órganos de inteligencia (en 1993, un par de compañeros de estudios estuvieron sondeándome para ingresar en "algo" en la Seguridad del Estado, un "algo" que tenía que ver con un viaje: años después supe que ambos habían emigrado a Venezuela a poco de graduarnos en 1994).

Obsérvese el aparente contrasentido. Los demás pueblos latinoamericanos son mucho más aptos que nosotros para soportar lo que solo nosotros podríamos dar a luz: el castrismo. Con lo que se demuestra que, por otra parte, Fidel Castro no estaba tan loco cuando quiso convertirse en un Napoleón y transformar a los cubanos en los franceses revolucionarios de las Américas: los hermanos lo hubiesen soportado sin armar Guerras de Independencia, como la española.

La Venezuela de Maduro ha venido a poner en ridículo ese aire de superioridad con que muchos demócratas latinoamericanos nos miraban hasta hace poco, por encima del hombro

Porque ese régimen totalitario, híbrido de fascismo y comunismo, solo podía surgir en un país en que las grandes mayorías se prestaran a ser movilizadas a conciencia, con el quijotesco fin de desafiar la hegemonía de EE UU en las Américas. Esto es lo que sucedió en Cuba durante los primeros ocho años de la llamada Revolución y que permitió que esas grandes mayorías aceptaran desde un inicio la coartación de las libertades civiles y políticas como un mal necesario para lograr el propósito final. Cuba debía convertirse en una apretada falange para conseguir sumar al Imperio Revolucionario Cubano las tierras de Hispanoamérica y más allá...

Para que se entienda: el castrismo, producto exclusivo de la cubanidad, solo se logra imponer en Cuba gracias a que las masas cubanas llegaron a estar en la creencia de que se podía sacrificar momentáneamente las libertades individuales con el objeto de recuperarlas multiplicadas cuando Cuba llegara a ser el centro de un gran imperio latinoamericano. En lo que tampoco estaban ellas tan descaminadas, porque no creo que a nadie se le ocurra negar a estas alturas de la historia que las libertades individuales suelen ser menos angostas en las naciones centrales o hegemónicas.

Algo semejante, esa movilización debida a una creencia en que se está, ese consiguiente sacrificio de las libertades individuales, no se ha dado nunca en la América Latina; ni se dará tampoco, por cierto. Allí el antinorteamericanismo no ha pasado nunca de la categoría inocua de atrevimiento de café o de bravuconada literaria. Solo en Cuba, por una serie de condicionamientos históricos para los que no tengo aquí espacio, podía concretarse un régimen fascisto-comunista con semejante capacidad movilizativa.

Si se observa a la Venezuela del Gran Timón (El Guagüero en Jefe para los cubanos), pero también la inmediata anterior, la del que terminó convertido en pajarito consejero de este último, se confirma lo que acabo de decir. el chavismo no consiguió jamás movilizar más que a insignificantes minorías con sus llamados trascendentales o con su retórica del sacrificio patriótico. El apoyo de una considerable y activa minoría lo ha comprado no de otra manera que gracias a poner los enormes recursos del petróleo en función de ello. Un petróleo que durante el chavismo ha valido en promedio 6 o 7 veces más que durante la cuarta República.

El chavismo (ahora madurismo) no se sostiene como en Cuba sobre la inercia de la euforia revolucionaria de unas mayorías que creen todavía luchar por los objetivos de la Revolución

El chavismo (ahora madurismo), por lo tanto, no se sostiene como en Cuba sobre la inercia de la euforia revolucionaria de unas mayorías que creen todavía luchar por los objetivos de la Revolución, o que al menos no acaban de hallarse a bien con ir en contra de esos ancianitos que, maquiavélicamente, se hicieron identificar en el imaginario colectivo con la Revolución que ellos mismos mataron y enterraron por tal de permanecer en el poder, cuando los quijotescos objetivos iniciales se transparentaron irrealizables. O sobre el eficientísimo tinglado de vigilancia-represión que es capaz de identificar y "tratar" a la disidencia incluso en estado potencial. Más bien lo hace sobre una pantagruélica corrupción y un clientelismo nada nuevo en Latinoamérica, es verdad, excepto por el desarrollo nunca antes visto que ha alcanzado (a ratos pareciera que Venezuela más que nada ha sido secuestrada por lo que Marx llamaba lumpemproletariado); y claro, también por un sistema represivo, pero que es eficiente en alguna medida solo a pesar de los venezolanos. Porque son los órganos de inteligencia cubano-castristas los que en realidad sostienen aquello, no los maduro-venezolanos, cuyos funcionarios están demasiado ocupados en sus negocios especulativos.

Cuba, mal que le cueste a algunos, no es una nación inusual dentro del mundo hispanoamericano solo porque quien esto escribe sea un chovinista (que será la manera fácil de descalificar mis argumentos en los consabidos comentarios). Cuba es extraña porque así lo demuestra su historia comparada con la de las demás naciones latinoamericanas. Aun la de este milenio que recién comienza.

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