‘Cinecidio’ en La Habana

La febril actividad cinéfila que se desarrolló a la sombra de las profusas salas de la capital acabó sacrificada por cuestiones ideológicas

Cine Edison
Cine Edison, reconvertido en vivienda y con peligro de derrumbe. (14ymedio)

El Noticiero Nacional de la Televisión cubana (NTV), en su emisión estelar de este martes, divulgó un reportaje de la periodista Milenys Torres acerca de los que alguna vez fueron los llamados "cines de barrio", hoy cerrados casi en su totalidad o destinados a otras "funciones sociales".

Con esa sinuosidad que caracteriza al periodismo oficial y que permite a los reporteros bordear la periferia de la información sin comprometerse con las causas ni con las soluciones, Torres entrevistó brevemente a varios lugareños y mostró imágenes de algunas de las salas de cine que antaño proliferaban en la capital cubana y que desde finales del siglo pasado fueron cerradas y se han estado convirtiendo en vertederos insalubres que infectan los barrios y constituyen focos de vectores.

Ratas, cucarachas y otras alimañas pululan entre filtraciones de aguas albañales y toda clase de inmundicias en los espacios donde los habaneros solíamos disfrutar de algún filme. Un entretenimiento sano que nos resultaba barato y al que teníamos acceso en nuestros propios vecindarios.

Ninguna administración de cine, con independencia de las causas, pudo decidir unilateral e inconsultamente cerrar las salas de proyección y botar la llave

Durante la época republicana, la gran influencia estadounidense hizo de nosotros un pueblo cinéfilo, acostumbrado a "estar al día" con toda la producción cinematográfica, no solo de Hollywood, sino también de Europa y Latinoamérica. Desde entonces, y hasta la década de los 80, el gran público de la Isla podía acceder lo mismo a la proyección de un estreno del cine estadounidense que a un drama mexicano o a una comedia francesa, mientras los más exigentes disfrutaban películas del movimiento Nueva Ola o de la cinematografía sueca y alemana, entre otras exquisiteces. Por supuesto, la cinematografía soviética y de otros países de Europa del Este tuvo también sus días de gloria en las salas de cine habaneras.

Pese a que en múltiples ocasiones y a lo largo de varios años la prensa independiente ha abordado muy críticamente el tema de las desaparecidas salas de cine habaneras, el reciente reportaje del NTV pretende presentarlo como primicia de la prensa oficial y como si el fenómeno hubiese iniciado, no tres décadas atrás, sino apenas ayer.

Milenys Torres introduce la noticia casi con candidez, desde el vertedero en que se han convertido los antiguos cines Dúplex y Rex Cinema, en pleno boulevard de Centro Habana, utilizando una ambigua frase que difumina la responsabilidad en el vacío: "Se dice que todo comenzó cuando se rompió el aire acondicionado y el cine fue cerrado".

Pero sucede que todos los cines cubanos son de propiedad estatal desde que el Gobierno revolucionario los nacionalizó, monopolizando también la producción cinematográfica. Ninguna administración de cine, con independencia de las causas, pudo decidir unilateral e inconsultamente cerrar las salas de proyección y botar la llave. Tampoco puede caer en saco roto la responsabilidad de Comunales (Poder Popular), de las administraciones políticas municipales y de las instancias de Salud Pública –todas instituciones estatales– en la pérdida de estos espacios culturales y en la constante acumulación de desechos de todo tipo, que afectan tanto el ornato como la salud de un entorno tan densamente poblado.

Haciendo un recuento incompleto de algunas salas de cines de barrio que han sido cerradas, tan solo en los municipios de Habana Vieja y Centro Habana, la lista resulta harto elocuente.

La espiritualidad y la cultura no servían las mesas de una población homologada en la miseria

Además de los antes mencionados en este texto, en Centro Habana ya no existen los cines Majestic y Verdún (calle Consulado), Rialto y Neptuno (en la calle de ese mismo nombre), Capri –después Mégano– y Campoamor (esquinas de las calles Industria y San José, el último en estado ruinoso), Cuba y Reina –este último reutilizado por un grupo de danza– (calle Reina), Jigüe y el América –actualmente dedicado a espectáculos musicales– (calle Galiano), Pionero (calle San Lázaro), Finlay (calle Zanja) y Favorito, actual sede de otro grupo de danza.

En La Habana Vieja se repite el cinecidio, aunque este municipio nunca contó con el elevado número de salas que tenía Centro Habana. Desaparecieron los cines Guisa, Negrete y Fausto (calle Prado) y el Ideal (calle Compostela). El Actualidades (calle Monserrate) se mantiene en funcionamiento, aunque presenta un marcado deterioro, mientras el Universal (calle Bernaza) es una ruina convertida en parqueo y el Habana (calle Mercaderes, en la Plaza Vieja) fue rescatado y convertido en Planetario por la intervención de la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Las nuevas tecnologías han llevado a los hogares la posibilidad de disfrutar de los productos cinematográficos desde nuestras propias salas domésticas, han contribuido al cierre de las antiguas grandes salas de cines del mundo, y éstas han sido transformadas en espacios más pequeños, para una cantidad menor de espectadores. Aunque multiplicando las ofertas, las causas iniciales del cierre de los cines cubanos discurren al margen del desarrollo tecnológico.

La profunda crisis económica sin precedentes que siguió al desplome del socialismo y la abrupta caída en una situación de supervivencia hicieron pasar a un plano inferior las cuestiones culturales y de esparcimiento. Cuba toda, y la capital en especial, estaban sofocadas por urgencias tales como las carencias alimentarias, sanitarias y materiales de todo tipo. La espiritualidad y la cultura no servían las mesas de una población homologada en la miseria.

Por otra parte, el poder polÌtico comenzó a ser cuestionado desde los hogares y hasta en los espacios públicos, ya fuera de manera velada como en los aislados brotes públicos de inconformidad. Muchos de estos brotes se producían precisamente desde espacios culturales. En una oportunidad, al aparecer las imágenes de Fidel Castro en el noticiero presentado en las salas de cine, los espectadores en pleno rompieron a corear una popular canción de moda –recién estrenada en una ópera-rock cubana– cuya letra repetía in crescendo: "!Ese hombre está looocoo!". La sala terminó siendo desalojada por la policÌa, aunque no hubo detenciones, y el noticiero fue retirado de las proyecciones.

Las salas eran potenciales centros de desorden y de expresiones políticas antigubernamentales

Las autoridades comprobaron así que las salas de cine -al ser espacios públicos donde se agrupaban numerosas personas protegidas por el anonimato y la oscuridad- eran potenciales centros de desorden y de expresiones políticas antigubernamentales, que fácilmente podían irse del control oficial, por lo que en todos estos espacios fueron colocados agentes de la policía uniformada y agentes de la Seguridad del Estado vestidos de civiles.

Deliberadamente, a medida que los cines se iban deteriorando, fueron cerrados "por reparaciones" que nunca se efectuaron, hasta que las salas fueron sacrificados en el altar de la ideología.

Años después, cuando algunos emprendedores privados comenzaron a montar pequeñas salas de cine, fueron rápidamente obligados a cerrar por las autoridades. El Estado no era capaz de satisfacer la demanda de los cinéfilos cubanos, pero no permitiría que la difusión pública de cine dejara de ser su coto privado: nada podía escapar al rígido tamiz de la política cultural de la Revolución pautada el 1961 por el máximo líder.

Actualmente, algunas escasas salas de proyecciones estatales han sido remozadas y adaptadas a las nuevas tendencias. Son, por ejemplo, los casos del Multicine Infanta, en Centro Habana; o de la sala Fresa y Chocolate, en pleno corazón del Vedado. Sin embargo, la febril actividad cinéfila que se desarrolló a la sombra de los profusos cines de La Habana parece haber desaparecido para siempre. Solo que, a diferencia de los países donde las nuevas tecnologías han llevado el encanto del cine a los espacios domésticos, el reportaje de Miledys Torres resulta hipócrita y extemporáneo, cuando se pregunta por qué el estado calamitoso de esta o aquella sala de cine. ¿Quién cerró las salas de cine?, parece preguntarse candorosamente la periodista oficial. La respuesta podría encontrarla remedando al dramaturgo Lope de Vega, pero en sentido inverso. Porque en este drama cinéfilo cubano no solo estamos ante la consagración del abuso de poder, sino que el culpable no fue Fuenteovejuna, sino precisamente el Comendador.

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