Entre la confrontación y el diálogo

Mucho se habla en estos días del presumible mejoramiento de relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba. En ambas naciones abundan los partidarios de dos posiciones antagónicas que, para resumir y sin ánimo de simplificar, pueden reducirse a dos términos: la confrontación o el diálogo.

Ríos de tinta y de saliva se han vertido para argumentar en ambas direcciones y mientras más razones se esgrimen más lejos parece estar la solución. Lo peor es cuando aparecen las pasiones en las que surgen los ataques personales y la descalificación del que piensa diferente. Por eso renuncio aquí a mencionar nombres y me abstengo de apelar a calificativos denigrantes.

Si me viera obligado a elegir, votaría por el diálogo. Me resisto a la confrontación.

Pero no es suficiente. Inmediatamente hay que responder a otra pregunta que introduce un nuevo dilema: diálogo incondicional o sin condiciones.

El general presidente ha insistido en que está dispuesto a sentarse a la mesa siempre y cuando sea tratado con igualdad o, lo que es lo mismo, bajo la condición de que no se cuestione su legitimidad. Y desde luego sin que se le pida renunciar a los “inamovibles principios de la revolución”.

¿De qué legitimidad estamos hablando? Si nos remitimos al número de países con los que el Gobierno de Cuba mantiene relaciones diplomáticas, a su presencia en organizaciones internacionales o a su capacidad de dictar leyes y hacerlas cumplir a lo largo y ancho del territorio nacional, entonces no nos queda más remedio que admitir que los gobernantes cubanos gozan de un alto nivel de legitimidad por muy dictadores, usurpadores o represores de su pueblo que se les considere, y por muy evidente que sea la ausencia de la voluntad popular expresada en elecciones libres.

¿Hay un patrón universal de legitimidad para los gobiernos o coexisten varias interpretaciones de la democracia y los derechos humanos? Acaso habrá que admitir que un gobierno puede meter presos a sus opositores políticos, reprimir violentamente a activistas pacíficos, dejar de firmar o ratificar tratados internacionales sobre derechos humanos, negar o prohibir la existencia legítima de una sociedad civil independiente, ajena a las correas de transmisión creadas al amparo del único partido permitido; negarle a sus ciudadanos la participación en la gestión de la economía que tan solícitamente le ofrece a inversores extranjeros  y que todo eso haya que admitirlo porque ha logrado reducir la mortalidad infantil a niveles de primer mundo y por mantener un sistema universal y gratuito de educación.

lo más probable es que, una vez que la biología cumpla su inexorable deber, se eleven exponencialmente las posibilidades de sentarse a dialogar

Si la regla para medir la legitimidad la pudieran cambiar a su antojo los que pretenden ser reconocidos como legítimos, entonces todo valdría en este juego, desde el régimen de Corea del Norte hasta Al Qaeda, y si lo miramos en retrospectiva también habría que aceptar a la Pretoria del apartheid o la Kampuchea de los jemeres rojos, para no salir de la historia contemporánea.

Pero estamos en Cuba y hablamos de un gobierno rígidamente controlado por una cúpula de octogenarios. Por muchas promesas de continuidad que hagan los que se vislumbran como el relevo, lo más probable es que, una vez que la biología cumpla su inexorable deber, se eleven exponencialmente las posibilidades de sentarse a dialogar. 

Porque ninguno de los que van a ocupar cargos gubernamentales o políticos en ese momento, entiéndase bien, ninguno de ellos, será responsable ni de fusilamientos masivos ni de confiscaciones irreflexivas, ni siquiera se sentirá culpable de la ofensiva revolucionaria de 1968, porque en ese año, si ya habían nacido, todavía eran niños o adolescentes. ¿Oportunistas que aplaudieron para ascender?, sí, pero esa es una acusación que no lleva cadena perpetua.

No tengo la menor duda de que el más optimista de los resultados devenidos de un diálogo entre las autoridades cubanas y la hoy desunida y aún débil sociedad civil no podrá arrojar frutos comparables a la mesa polaca, para usar un ejemplo conocido; menos aún si se trata de un diálogo entre el Gobierno cubano y el norteamericano, en la ausencia de la sociedad civil independiente de la Isla y del exilio. 

Puedo apostar que “la parte gobernante” va a negociar con fiereza las mejores porciones del pastel, cuyos ingredientes más apetitosos son la garantía de no ser juzgados y la posibilidad de mantener bajo control sectores exitosos de la economía.

Pero también estoy seguro de que el camino de la confrontación –a través del mantenimiento del embargo, la inclusión de Cuba en la lista de los países terroristas o las descalificaciones que asimilan la oposición interna a la “subversión financiada desde fuera”– solo sirve para consolidar las posiciones de la dictadura tanto en la escena internacional como en el plano interno.

Preferiría no tener que elegir, pero no quiero seguir esperando, y ya no estoy hablando de mi  futuro ni de el de mis hijos, sino de el de mis nietos.

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