El desembarco

Vista de la Pequeña Habana desde la calle Flagler. En el horizonte, el centro financiero y comercial de Miami que amenaza con hacer desaparecer esta parte emblemática de los cubanos emigrados. (Foto del autor)
Vista de la Pequeña Habana desde la calle Flagler. En el horizonte, el centro financiero y comercial de Miami que amenaza con hacer desaparecer esta parte emblemática de los cubanos emigrados. (Foto del autor)

¿Por dónde empezar? Bendecida, atribulada pregunta en el argot leninista. ¿Empezar por lo que más preocupa? ¿Por el primer día en la Pequeña Habana? ¿Por el lugar que respeto inspira? ¿Por los que protagonizan lo que desearían para Cuba? ¿Por la libertad, esa palabra que separa y une a cubanos de las dos orillas? Nada fácil describir con respeto cómo viven, sufren y gozan aquí los emigrantes cubanos y de otras latitudes.

Confusión, incertidumbre (contentura) predominan cuando el inmigrante llega a Miami y su Pequeña Habana, donde "desembarcan" decenas de miles de cubanos por tierra, mar, aire y esperanza cada año.

Incontables pero inolvidables difuntos por medio, ahogados o muertos en la espera, hacen que pervivan y se expresen sentimientos encontrados, pero los del pie en tierra y los que aspiran a hacerlo agradecen mucho a primeros y posteriores emigrados, que en conjunción con políticas de gobiernos norteamericanos lograron esa prebenda migratoria de llegar y encontrar brazos abiertos, una quimera para millones de humanos en este planeta. Prebenda, por cierto, amenazada por muchas voces, intenciones y por los crecientes peligros y descréditos.

"¿Ustedes son cubanos? Ah, entonces no tienen problemas", dijo el sargento Gutiérrez de policía a los tres balseros de río cuando se presentaron ante autoridades en Le Jeune, frente al aeropuerto internacional de Miami, el mismo año del derribo de las torres gemelas de Nueva York en sendos actos de terrorismo. No era el río de Miami el que cruzaron. Venían de lejos, más allá del arco que describe el golfo de México en la geografía norteamericana.

Confusión, incertidumbre (contentura) predominan cuando el inmigrante llega a Miami y su Pequeña Habana

Impune, feliz y arriesgada facilidad con la que emigran los hijos de la mayor Antilla, inmensa válvula política de escape cuya perspectiva preocupa en ambas costas. Esa fue y sigue siendo llave de la conversión de este territorio norteamericano en una franca zona cubanoamericana.

Se ha erigido un lugar del sureste de los Estados Unidos sin hostilidad para los hispanos, diferentes en cultura, sociedad, economía (y mirada) con el resto de este gran país, donde también hay pequeños pero poderosos cerebros que todavía no aceptan de corazón a la más grande porción del continente, a la pobre en gran medida pero enriquecedora Latinoamérica. Parte de la riqueza del cubano y sus congéneres del sur es la bondad para la adaptación.

Una amiga recogió a los tres recién llegados en una estación de policía de North West (donde ordenaron no asomarse a la puerta porque era peligroso) y durmieron esa noche en una posada, esa palabra denodada por la Cuba pre y post 1959. Apretujados, trataron de ser indiferentes al olor de muchas personas acumulado en el ambiente. En ese motel Vivencio, uno de ellos pasó la noche recordando a Melba, su hermana mayor, una campesina semi analfabeta de Sierra Cristal que ofrecía su cama y se acurrucaba en cualquier parte cuando llegaba una visita. Pero cada cual tiene sus costumbres... y las cambia a conveniencia.

Continúan, sin embargo, los recibimientos cálidos de amigos y conocidos en el Miami siglo XXI a quienes llegan a esta regia ciudad levantada sobre arenas y pantanos por cubanos. Los recién llegados, apenas cruzado el Estrecho de la Florida aprenden, o los hacen aprender, el sálvese quien pueda que en la otra orilla denominan individualismo, esa desacreditada denotación del ser humano.

Impune, feliz y arriesgada facilidad con la que emigran los hijos de la mayor Antilla, inmensa válvula política de escape cuya perspectiva preocupa en ambas costas

En la misma bienvenida comienza la conversación –iniciada por anfitriones– sobre la inmediata búsqueda de trabajo y renta de un apartamento para vivir independientes quienes acaban de llegar. Detalles, de la libertad para vivir donde uno quiera.

Rentaron una habitación en la Calle Once de South West, entre la 11ª y la 12ª avenida. Una vieja casa de madera, propiedad de un sudamericano. Allí conocieron viejos seres vivos de la Pequeña Habana, cucarachas y ratones, que les velaron el sueño toda la noche en libertad. A veces ratones y cucarachas gorditos se propasaban y querían estar tan cerca de los huéspedes, que los despertaban o hacían gruñir bajo las sábanas.

Al amanecer Vivencio corrió a aplastar una cucaracha y oyó decir que no lo viera la policía.

–¿...?

–Aquí no puedes maltratar a los animales, le dijo un vecino, y se echó a reír a carcajadas.

En la Pequeña Habana casi todos los cubanos no se detienen por siempre. Continúan la emigración tan pronto el capital de bolsillo lo permite. Quienes no prosperan –desfavorecidos para los neoliberales– mantienen la decreciente presencia caribeña aquí.

Este remedo de capital cubana viene quedando como punto de un "tercer mundo" cuya pobreza e imagen amenazarían la industria primera de la que vive y sufre Miami, el "turisteo", ahora amenazada también por el zika. La pobreza es relativa, pero hay que ver la extensa cola de Thanksgiving (día de Acción de Gracias), alrededor de la iglesia de Juan Bosco cada año, de quienes llegan a recoger alimentos gratis, para darse cuenta que la situación para muchos aprieta, quizás sin ahogar todavía.

Cubanos, centroamericanos y sudamericanos se hallan aquí en una febril sobrevivencia

Cubanos, centroamericanos y sudamericanos se hallan aquí en una febril sobrevivencia. La embajada de Nicaragua en la calle Flagler vive activa. Pero la Pequeña Habana que los acoge está bajo amenaza de desaparecer.

El centro comercial, político y financiero de Miami crece hacia esta barriada, con moles de edificios y precios de apartamentos y renta que desplazan a los de menos recursos (el alcalde de Miami calla cuando le pregunto por la denunciada desaparición progresiva de Little Havana). Los que se van de aquí, vuelven, se ven en el Carnaval de la Calle Ocho o el día de los Reyes Magos, donde gozan a lo grande o pasan a mirar y a recordar...

Entrar como Pedro por su casa en estas entrañas, todo indica que no será por siempre. Cambios inevitables en la ley norteamericana de inmigración, en la demografía, en los hábitos (americanizarse es nada fácil, y en el fondo de corazones y conciencias, tal vez imposible), derroteros imprevisibles en la economía de Miami y la conversión de Cuba en un país vivible y respirable plenamente quizás hagan reducir sensiblemente la presencia de cubanos en el sur de Florida. Pero hay huella para rato. Esto pienso mientras cruzo en la memoria este río de Miami que delimita por el Este la imborrable Pequeña Habana...

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