La irresponsabilidad de un ex embajador de España en Cuba

El exembajador de España en Cuba, Carlos Alonso Zaldívar.
El exembajador de España en Cuba, Carlos Alonso Zaldívar. (Revista Política Exterior)

El efecto mariposa nos dice que una pequeña perturbación inicial dentro de un sistema caótico podría tener, mediante un proceso de amplificación, un resultado considerable a corto o mediano plazos.

Me viene a la mente esta teoría, muy utilizada por los meteorólogos y los matemáticos, a propósito de una entrevista aparecida recientemente en la revista Política Exterior, hecha a un ex embajador de España en Cuba, Carlos Alonso Zaldívar. El diplomático estuvo destacado en La Habana de 2004 a 2009, un periodo que fue especialmente duro para la sociedad civil cubana.

El ex embajador expone algunas ideas interesantes y perturbadoras, pero por el momento prefiero concentrar mi análisis en lo que llamaría la irresponsabilidad estratégica global del colonialismo diplomático.

Su afirmación de que "la gran disyuntiva a que se enfrenta cualquier política respecto a Cuba" es entre una transformación pacífica "con cierta continuidad institucional y personal", y unos cambios radicales que podrían "generar inestabilidad y violencia" es, además de intelectualmente falsa, estratégicamente peligrosa en un mundo interconectado y reducible a un pañuelo en términos políticos.

Recordemos que el efecto mariposa proviene, entre otros, del proverbio chino que reza: "el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo". Puede entenderse por tanto que las determinaciones políticas que la comunidad internacional tome respecto a Cuba tendrán, como están teniendo, un efecto de retorno en otras áreas y sobre intereses que competen, incluso a la misma España, y a la estabilidad europea.

Por ejemplo, las declaraciones del Gobierno cubano en apoyo a la Argentina de Cristina de Kirchner en su conflicto con la petrolera Repsol contribuyeron, además de las razones económicas, a la decisión de la compañía española de retirarse de la Isla con apuro.

El Gobierno cubano viola todas las leyes y estatutos posibles, lo que constituye un obstáculo político y estructural básico para cualquier transición institucional

En el siglo XXI, con cada día que pasa, aumenta la claridad sobre el daño global que provocan las inconsistencias de la fallida apuesta diplomática por las dictaduras, sobre todo las de aquellas que pretenden cumplir un designio. Daño profundo si estas dictaduras son ideológicas. Y esta avería puede medirse en cuatro sentidos importantes para un planeta globalizado.

Primero, las dictaduras con misión están obligadas a ser proactivas, estableciendo entre ellas alianzas negativas contra los valores occidentales, lo que fortalece los escenarios de inestabilidad global.

Segundo, determinadas dictaduras, en función de su peso regional o de sus necesidades geopolíticas, tienden a burlarse de los peligros estratégicos de sus acciones políticas y a desconocer los efectos globales o regionales que pueden provocar sus decisiones.

Mijaíl Gorbachov solía repetir que solo las grandes potencias tienen grandes responsabilidades, pero olvidaba que a veces pequeños países actúan como si fueran grandes potencias y dan pasos nefastos en direcciones peligrosas, sin que puedan asumir alguna responsabilidad o remediar sus consecuencias. Es el caso del Gobierno cubano, que acaba de respaldar los apetitos imperiales de Rusia y la ruptura de pactos internacionales, lo que despierta viejos temores europeos y amenaza la estabilidad mundial a las mismas puertas de la Unión Europea.

Tercero, las dictaduras encarecen, por su ineficiencia, los precios de las materias primas y no suelen cumplir sus compromisos financieros, como muy bien saben muchos inversionistas españoles tras su experiencia cubana.

Y cuarto, esos regímenes no están muy preocupadas por el respeto a las instituciones. Una dictadura tan peculiar como la China, ejercida a través de un mandarinato burocrático casi impersonal, se burla de la propiedad intelectual y de los convenios internacionales en su afán por dominar el vigoroso mercado de baratijas. Y la cubana irrespeta los compromisos adquiridos con las instituciones mundiales en materia de crédito financiero, además de hacer caso omiso de tratados y pactos de las Naciones Unidas.

El Gobierno cubano viola todas las leyes y estatutos posibles, lo que constituye un obstáculo político y estructural básico para cualquier transición institucional. ¿Cómo encaja esta realidad con los consejos del ex embajador de España en La Habana?

Cuando no se sabe mucho de un país es mejor seguir el ejemplo de aquel diplomático norteamericano en la China de Mao a quien pidieron escribir un libro que permitiera entender ese intrincado mundo. Al final de su misión, el diplomático encuadernó bellamente el libro solicitado para mostrarlo en Washington a su regreso. Al abrirlo sus páginas estaban en blanco.

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