Los insultos de Maduro

El secretario de la organización, Luis Almagro, este lunes en Bogotá. (OEA)
El secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro. (OEA)

No son los insultos de Nicolás Maduro los que provocan tristeza, sino la reacción de los compañeros de Luis Almagro, porque el actual secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) es senador electo por el Movimiento de Participación Popular (MPP), sector mayoritario del Frente Amplio. Si el expresidente y senador José Mujica y el MPP están informados sobre la situación venezolana, resulta más incomprensible todavía que sean tan duros con Almagro, que está exigiendo garantías para la oposición dentro de un sistema democrático, tal como exige el Mercosur a sus socios.

O bien, Almagro fue un desconocido para el expresidente Mujica o actuó como un impostor durante su permanencia como ministro de Relaciones Exteriores. Lo que ahora importa saber es si el secretario general de la OEA cumple con el deber de cuidar la calidad democrática de los países que integran la institución que dirige, o se hace el distraído, como su antecesor, José Miguel Insulza, mientras permaneció al frente de la institución regional.

A Venezuela no le falta nada de lo que se ve en cualquier dictadura, aunque, eso sí, mantiene una muy fina costra de formalidad democrática

Clausura de diarios y compra con fondos públicos de radios y canales de televisión que son administrados por personeros chavistas; destitución exprés de diputados, por la sola voluntad del presidente de la Asamblea Nacional y número dos del régimen, el teniente Diosdado Cabello; encarcelamiento, bajo pruebas falsas, de gobernadores y alcaldes que fueron electos por votación popular; detención y procesamiento de estudiantes por el solo hecho de manifestarse en la calle; financiación y aprovisionamiento de grupos paramilitares, como el del Picure, que, curiosamente, ahora aparece mencionado como posible responsable del asesinato de Luis Manuel Díaz, dirigente socialdemócrata; uso de la principal empresa de Venezuela (PDVSA) con fines partidarios, porque nada de lo anterior se podría haber hecho sin una tesorería generosa.

A Venezuela no le falta nada de lo que se ve en cualquier dictadura, aunque, eso sí, mantiene una muy fina costra de formalidad democrática. En estos días se ha escuchado el argumento de que en el Caribe no debe extrañar el tipo de insulto que Maduro usó para descalificar a Almagro. Es cierto, también Chávez se despachaba a gusto cuando quería graficar su desprecio hacia alguien. También en Cuba se acuñó el término "gusano" para nombrar a quienes se han opuesto al régimen de los Castro. Pero querer generalizar este comportamiento a toda la región caribeña es una injustificada excusa para no rechazar con mucha claridad el insulto de Maduro hacia Almagro. Lo dijo una, dos , tres, varias veces y desde varios ángulos, como para que no quedasen dudas. Está acostumbrado a mostrarle la fusta a sus amigos, ya había tratado de cobarde al vicepresidente uruguayo. ¿Quién sigue?

Almagro ya no habla en función de la política que impulsaba su presidente Mujica, él es la máxima autoridad de la OEA, y es lógico que su opinión represente la pluralidad de los países que la integran, y que empiezan a sentir cansancio frente a un régimen que sólo huye hacia adelante, endeudando al país con China y Rusia para disfrazar sus extravagancias.

Este fanfarrón grandote, que no le hace ascos al ridículo de relatar con detalles la conversación que tuvo con los pajaritos, todavía genera algún tipo de expectativa en la izquierda latinoamericana. En privado, todo el mundo se ríe de él, pero continúa alimentando la esperanza de que ese es el camino al socialismo. Vivir en el limbo de la ética política es peligroso, y más peligroso si se ocupan cargos importantes, o se aprovecha de la notoriedad para propagar la idea de que todo vale. En el chavismo no hay ninguna posibilidad de transitar hacia el socialismo. Ninguna. Más bien, el régimen parece inspirado en el "cuanto peor mejor", por tanto cualquier ayudita para que crezca la arbitrariedad, el desprestigio institucional, y disminuya el poder decisorio de los ciudadanos, bienvenido sea.

Este fanfarrón grandote todavía genera algín tipo de expectativa en la izquierda latinoamericana

Ya Fidel Castro había arrancado sonrisas de complacencia con aquello de la "pluriporquería" para referirse al sistema de partidos políticos con el que Uruguay ha edificado su sociedad. La izquierda lo dejó pasar, como una viveza que, tal vez, siga compartiendo. El insulto de Maduro debería arrancar una condena unánime y sin ambigüedades, en primer lugar por parte de los compañeros de Almagro. Cuando se trata de derechos humanos no hay territorialidad, ¿o sí la hay? ¿Verdad que no, diputada Gelman, que usted, casi más que nadie, es testigo de que los derechos humanos no tienen patria? La carta de Almagro dirigida a Tibisay Lucena, presidente chavista del Consejo Nacional Electoral, es un claro compendio de las condiciones desventajosas que el régimen chavista impone a la oposición, de cara a las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre.

Aparte del lenguaje insultante, lo que debiera levantar un rechazo generalizado, dentro de la izquierda uruguaya, es la amenaza, implícita de que si gana la oposición él resistirá desde la calle, y ya se sabe lo que eso quiere decir: poner en marcha su alianza cívico-militar contra la Mesa de la Unidad Democrática de Venezuela. Desde la titularidad del Poder Ejecutivo, con las Fuerzas Armadas a sus órdenes, Maduro está anunciando que copará la calle, y en ese caso, incurrirá, entre otros, en los delitos que él mismo se inventó para procesar a Leopoldo López, al alcalde Daniel Ceballos y al Alcalde Mayor de Caracas Antonio Ledesma, entre más de cien presos políticos. Con el agravante, en este caso, que se opondrá, con el uso de la fuerza pública, a una decisión que emanará del voto popular. Un anunciado golpe de Estado, ni más ni menos. ¿Sigue sin tener sentido la lectura que Almagro hace de Venezuela?

Muchos gobiernos latinoamericanos fueron receptores de los millones que Chávez sustrajo a los venezolanos con el fin de crearse un ambiente internacional favorable

Maduro empezó mal y los gobiernos latinoamericanos también, porque fueron ciegos ante la cantidad de evidencias de fraude que la oposición venezolana les presentó, pidiéndoles una auditoría de los datos electorales. Muchos de esos gobiernos, no hay que olvidar, fueron receptores de los millones que Chávez sustrajo a los venezolanos con el fin de crearse un ambiente internacional favorable. No sólo se puede decir que fueran coimas, porque la mayoría llegaron como donaciones solidarias, con bombos y platillos, pero ¿cómo se puede calificar a la valija que Antonini Wilson llevaba al llegar a Buenos Aires, procedente de Caracas, en un avión de la petrolera estatal, como si todo eso fuera propiedad privada del chavismo, para vergüenza de sus ingenuos amigos? ¿No recibimos nosotros, entre otras tantos regalos, el tablero electrónico del estadio Centenario, 10 millones de dólares para el Clínicas, y hasta lo que hacía falta para reformar el edificio que hoy ocupa la Presidencia de la República? ¿Por qué el Gobierno venezolano le daría a Uruguay ese dinero, si no le pertenecía, y sí a su pueblo, que hoy no tiene ni papel higiénico?

Cuando Maduro insulta a Almagro insulta a todos los que siguen con mucha preocupación lo que pasa en Venezuela, tenemos parientes y amigos allí. Nos recuerda demasiado a lo que vivimos en Uruguay, y, también, a la actitud valiente del Gobierno de Carlos Andrés Pérez, el único gobierno latinoamericano que rompió relaciones con la dictadura uruguaya, a raíz del secuestro de Elena Quintero. Un Carlos Andrés Pérez contra el que, años más tarde, Chávez, Maduro, Cabello y Cilia Flores intentaron dar un golpe de Estado. Aunque más no sea por el margen de duda ante aquellas actitudes, todos los uruguayos debiéramos sentir, como un agravio personal las palabras de Maduro.

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Nota de la Redacción: esta columna de opinión ha sido publicada previamente en el semanario uruguayo  Voces. La reproducimos con la autorización del autor.


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