30 minutos fructíferos con Kerry

El secretario de Estado de EE UU, John Kerry, en su encuentro con disidentes esta tarde en La Habana
El secretario de Estado de EE UU, John Kerry, en su encuentro con disidentes en La Habana

El encuentro se produjo. Al más alto nivel. Con una amplia participación del Departamento de Estado de Estados Unidos, de su representación diplomática en Cuba y de un representante de la Casa Blanca. Del lado cubano la presencia fue también amplia y diversa. En todo el arco de posiciones respecto al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre dos vecinos mal llevados, y en todo el espectro político e ideológico. De alrededor de 17 invitados, acudimos 10 a una cita productiva que tributa a lo más importante: la política real.

No podía haber sido de otro modo. Y confieso que no alcanzo a entender por qué tantos analistas y periodistas apostaron a que, esta vez, John Kerry dejaría a los demócratas cubanos en una zona de invisibilidad política a propósito de un acontecimiento histórico. Como la mayoría de aquellos cobran su sueldo gracias a sus errores de juicio, no reparan en los datos, en los análisis de contexto y en las exigencias del instinto de conservación de los políticos. Otra cosa sería si cada error analítico se les descontara en dólares, como debió suceder cuando muchos analistas de entonces equivocaron sus análisis en relación con la fortaleza del excampo socialista. Antes de su caída.

No alcanzo a entender por qué tantos analistas y periodistas apostaron a que, esta vez, John Kerry dejaría a los demócratas cubanos en una zona de invisibilidad política

Los vaticinios de ahora no respondían a los antecedentes. De la subsecretaria de Estado Roberta Jacobson al presidente Barack Obama, pasando por el vicepresidente Joe Biden, el recibimiento de miembros de representantes de la oposición y sociedad civil cubana ha sido sistemático y publicitado. Y por razones, a mi modo de ver, que no corresponden a nuestro peso político, sino a nuestro peso simbólico. Esta no nos sitúa como portavoces del pueblo cubano, pero sí como expresión genuina de una diversidad y unos valores largamente reprimidos en Cuba.

En este sentido nuestro viaje sigue siendo de la política simbólica, a veces testimonial, a la política práctica. No al revés. Y en la medida en la que no se nos dan solo palmaditas de conmiseración y condescendencia en los hombros y sí se nos toma como interlocutores válidos de líderes políticos, estamos entrando desde donde podemos a la dimensión política real.

La dirección de este viaje se reflejó en la ocasión. En términos del realismo político nada teníamos que hacer en la ceremonia oficial de la inauguración de la embajada estadounidense en Cuba. Valorar el grado de reconocimiento y apoyo estadounidense a los demócratas cubanos a partir de un gesto formal políticamente imposible está en contradicción con la crítica a la eficacia misma del restablecimiento de relaciones iniciado por los Estados Unidos. Ello entra en el campo de las paradojas voluntarias.

En reiterados momentos la misma Administración Obama ha dejado claro que el proceso no es sencillo, que sus resultados no serán inmediatos y que nada está escrito al final del proceso. Lo único seguro es que la diplomacia es mejor y más efectiva que una confrontación que ha durado 54 años. Sus críticos se han parapetado justo detrás del permanente estado de negación de las autoridades cubanas y de sus aberrantes políticas represivas para intentar demostrar que el cambio de enfoque del 17D es un error. Si esto es así, ¿cómo pensar que el Gobierno estadounidense iba a crear una situación conflictiva en su propia ceremonia, dando razón a todos sus enemigos?

En términos del realismo político nada teníamos que hacer en la ceremonia oficial de la inauguración de la embajada

Si alguien puede imaginar que políticos con visión de Estado iban a sentar a Berta Soler, la más respetable luchadora por los derechos humanos en Cuba, en el mismo sitio y a la misma hora donde estaba Josefina Vidal, la negociadora más visible del Gobierno cubano en este proceso, no está tomando en cuenta entonces la experiencia histórica en la solución de conflictos. No veo cómo se puede tratar de resolver un conflicto, sostener una estrategia y malograrlo todo generando otro conflicto meramente simbólico. La audacia diplomática es propia de la acción política, no del mundo de los símbolos.

Y se puede no estar de acuerdo con un determinado enfoque político pero no tiene sentido protestar por sus pasos inherentes. ¿Por qué legitimar con la presencia lo que no se considera legítimo en esencia? Si no me gusta una fiesta, ¿a qué viene el malestar cuando no me invitan? La excusa espacial norteamericana, esa de la estrechez del lugar, puede considerarse como eso: el uso de la verdad como pretexto. Queda en pie, sin embargo, el hecho político de que nadie arruina alegremente su propia apuesta estratégica. Mala o buena.

De aquí se desprende el análisis de contexto. No afirmo lo que no sé, pero asumamos por un instante que la Administración estadounidense coincida con la reciente opinión de un analista político norteamericano, quien tuvo a bien dedicarnos la siguiente perla verbal: "Cuban opposition is a joke" (la oposición cubana es un chiste). Pero siendo incluso así, lo único que no puede hacer un Gobierno norteamericano es cambiar su enfoque estratégico hacia Cuba, decir que el cambio responde a los mismos fines de siempre y desconocer a los actores que ha reconocido por más de 50 años.

Todo en favor de una mayor eficacia política en pos del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales

Ni la realidad interna en los Estados Unidos ni la realidad cubana le permitirían torcer la cintura política de ese modo y pretender al mismo tiempo, ya no solo tener éxito, sino salir políticamente ileso. No le alcanzarían los dos términos de Gobierno potenciales a ninguna Administración estadounidense para lograr, si ese fuera su propósito, sacar de su agenda real o retórica el asunto de la democratización de Cuba. Lo que menos podía ocurrir en medio de la inmensa exposición global que significó el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos.

Cuando una agencia de prensa como la norteamericana AP dice, sin más, que la no invitación de los demócratas cubanos a la ceremonia inaugural de la embajada estadounidense en La Habana es reflejo del desinterés que despertamos en Washington está sobrestimando, sin entender el envite, la única dimensión que el Gobierno estadounidense quiere cambiar en su política cubana: la simbólica. Todo en favor de una mayor eficacia política en pos del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales.

Si lo más importante en las conversaciones entre las autoridades de la Isla y las estadounidenses se produjo fuera de los reflectores y la exageración mediática, ¿por qué lo más importante en las relaciones entre Washington y la comunidad democrática cubana tiene que verificarse en una ceremonia?

Al reunirse con activistas de la oposición, en una conversación distendida y altamente política, el secretario de Estado John Kerry despeja las dudas y deja claro que las relaciones con Cuba continúan, ampliadas ahora al Gobierno cubano. El tipo de audacia que da sentido a la política.

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