“Te estamos mirando”

En todas las esquinas de la Plaza Carlos III hay cámaras, y también en casi todos los accesos a la avenida donde se ubica este centro comercial. Y en los parques, en las cercanías de edificaciones que atienden público, en todas partes. La Habana se va llenando de cámaras de vigilancia instaladas por la policía.

Pese a que todos los medios de comunicación utilizados por el Gobierno se empeñan en mostrar a la sociedad cubana como civilizada y segura, parece que no es suficiente tener un pueblo "bonito". Mejor será vigilarlo... por si acaso. Y ya no es sólo la capital la que se llena de ojos de cristal oscuro que todo lo ven, sino que en Holguín, por ejemplo, también se instala "un sistema de tele-monitoreo como parte del programa 'Ciudad Segura', dirigido a combatir diversas conductas delictivas e indisciplinas sociales", según un reportaje del Noticiero Nacional.

Se trata de 18 kilómetros de redes de fibra óptica, "con cámaras de video (...) y otros recursos de alta tecnología". Mientras una parte de la población reclama Internet, e inclusive un sector nada despreciable del oficialismo reconoce el atraso del país en materia de conectividad, el Estado invierte quién sabe cuánto en "defender los recursos del pueblo". Las cámaras se colocan en "puntos clave" para el "enfrentamiento a las ilegalidades y al delito común".

Es decir, que la prioridad incluye vigilar al vendedor ilegal de productos caseros. La comunicación eficiente y libre queda en un muy segundo plano. En Cuba, además, es ilegal disentir del Gobierno, así que las cámaras avisan de cualquier "movimiento raro" y sirven para identificar a cualquier manifestante. El control como parte del miedo.

Resulta contradictorio que se utilicen recursos para poner en marcha este sistema de vigilancia en un país tan tranquilo según la propaganda oficial, que proyecta constantemente imágenes "del resto del mundo" donde sangrientos asesinos acechan en cada esquina. "El Gran Hermano te observa", repite obsesivamente esa propaganda, parafraseando a George Orwell, para demonizar las tecnologías de la información y las redes sociales, así como los programas de vigilancia de otros Estados, menos cuando se trata de China o Corea del Norte, por supuesto.

La viejecita que vende pañuelos bajo aquel viejo portal, donde han instalado una cámara, tendrá que probar suerte en otro sitio. El que trapichea con el "estímulo" tomará sus precauciones, mientras el carterista emigrará a zonas menos controladas. Entonces, ¿estaremos más seguros?

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