Ladrón que roba a ladrón…

Tienda de computadoras
Tienda de computadoras. (14ymedio)

"¡Camas, muebles, colchones, calentadores!", es el pregón a media voz de un revendedor que merodea por los alrededores de la entrada del mercado de Carlos III. A pocos pasos, otro traficante anuncia su mercancía: "¡aires, 'microgüeys', lavadoras, ollas 'reina', arroceras!"... Los pregones no son de viva voz, sino contenidos, dichos a un tono justo como para que alcancen solo los oídos de los transeúntes más cercanos o de las personas que entran o salen de la tienda.

Los especuladores se mueven con el sigilo y la actitud mimética de quien se reconoce al margen de la legalidad. Por eso basta que aparezca un policía o algún sujeto con aspecto sospechoso de "inspector" y los pregones se suspenden abruptamente. Muchos se alejan al instante. Los más atrevidos se compran alguna cerveza y adoptan el aire despreocupado de quien solo quiere refrescarse de la canícula de este agosto inmisericorde. Ellos saben que no engañan a nadie, pero tampoco los pueden acusar de delito alguno si no han sido atrapados en el mercadeo ilegal.

Desde hace años los comerciantes en negro abundan en los alrededores de las tiendas que operan en divisas. Especulan con disímiles productos, desde un sofisticado equipo electrodoméstico hasta cosméticos o pasta dental. Los hay de varias categorías, según el producto que vendan, pero todos pertenecen a esa red comercial ilícita que muchas veces resulta más eficiente que el mercado legal: la cadena formada por acaparadores y/o ladrones-revendedores-receptadores. Contra los dos primeros eslabones –acaparadores y revendedores– se está desarrollando por estos días una auténtica campaña mediática oficial. Los medios del Gobierno culpan en particular a aquellos sujetos que trafican productos deficitarios, mientras el desabastecimiento –otra epidemia que se ha tornado endémica– afecta a las redes comerciales del país.

Esta cruzada contra la corrupción y las ilegalidades, sin embargo, no destaca por "destapar" ante la opinión pública el indudable problema que es la especulación, un mal concomitante al sistema y propio de una sociedad marcada por carencias materiales de todo tipo. De hecho, este tipo de delito no constituye ninguna novedad, sino al contrario: casi podría afirmarse que no existe un cubano "puro" capaz de sobrevivir al margen del comercio ilícito en cualquiera de sus variantes.

La especulación, un mal concomitante al sistema y propio de una sociedad marcada por carencias materiales de todo tipo

Así, en Cuba actualmente rige una ley no escrita: aquellos que no roban, al menos receptan los productos robados. Una situación que se sustenta en el fracaso del proyecto social erigido sobre una economía ficticia y eternamente dependiente de subsidios externos.

Sin embargo, los medios oficiales no solo señalan con su dedo acusador a los traficantes habituales, entre los que abundan los delincuentes comunes, vagos oportunistas, maleantes de todo tipo, ladrones por vocación, y otros especímenes que en cualquier parte del mundo clasificarían como estigma social, pero que proliferan con mayor impunidad y fuerza en sociedades económica y moralmente deformes.

Los inmaculados pregoneros del régimen también acusan de "acaparadores y revendedores" a los comerciantes del vilipendiado sector "cuentapropista", quienes aprovechan la escasez para lucrarse con la venta de artículos que previamente adquirieron en las redes minoristas, muchas veces previo acuerdo con administradores o empleados corruptos. Los cuentapropistas son ahora los totíes de ocasión, como antaño, en los ya lejanos 80, lo fueron los campesinos del llamado "Mercado Libre", los artesanos y vendedores de la Plaza de la Catedral, y más tarde las primeras avanzadillas del cuentapropismo, en los cruentos 90 del Período Especial.

Los periodistas oficiales, en su conmovedora candidez, atribuyen el desabastecimiento de las tiendas a los especuladores y no al Estado-Gobierno propietario de todas las cadenas comerciales y encargado de mantenerlas surtidas. Para ellos no parece existir la vieja y efectiva correlación entre oferta y demanda en virtud de la cual mientras se mantenga la oferta en las redes comerciales no es posible que surja la especulación. Por eso ciertos productos, como el ron y los cigarros de producción nacional, no forman parte del mercadeo negro: todas las tiendas están abarrotadas de ellos.

En justicia, hay que reconocer que existe en Cuba una especulación desenfrenada y que este fenómeno afecta grandemente los bolsillos de todos, pero concentrar la culpa en el efecto sin apuntar a la causa constituye una ramplonería que redunda en descrédito del acusador: resulta que en el banquillo de tan severo juicio está ausente el mayor culpable.

Si hay algún acaparador en cuyas manos se concentra todo el mercado, es el monopolio estatal

Porque si hay algún acaparador en cuyas manos se concentra todo el mercado, el comercio, los precios y la distribución de cada producto, es el monopolio estatal controlado por la cúpula gobernante y sus acólitos más cercanos. Si hay algún revendedor con mayúsculas es esa misma elite de poder que compra a precios irrisorios todo tipo de mercaderías baratas que después revende "legalmente" a precios astronómicos.

No deberíamos obviar en este recuento la rememoración de otros "acaparamientos" gubernamentales, como la adjudicación de la propiedad de aproximadamente el 70% de toda la tierra cultivable del país; de la Banca Nacional; de la totalidad de las industrias; de la infraestructura hotelera y habitacional; de las mejores mansiones y espacios, para su provecho y el de su casta y seguidores, entre muchos más, que omitiremos para no abusar de la paciencia del lector.

La filosofía de la pobreza como "virtud"

Si bien el mercado negro se ha ampliado y especializado en los últimos 25 años, lo cierto es que ha coexistido con este sistema prácticamente desde el inicio, convirtiendo a cada cubano en un real o potencial trasgresor de la legalidad.

La pobreza que supuestamente terminaría con el triunfo revolucionario, en la práctica no solo se generalizó, sino que además se sistematizó e institucionalizó, hasta tal punto que hoy Cuba ostenta el triste récord de ser el único país del mundo que ha mantenido una cartilla de racionamiento –artilugio propio de una economía de guerra– durante más de 50 años, sembrando en la conciencia de varias generaciones un efecto de minusvalía y dependencia que ha culminado en desapego de la legalidad que establece como moral la penuria permanente.

El traficante, en lugar de ser percibido como un malhechor, se transmuta en benefactor, ya que roba al rico (el Gobierno-Estado), para beneficiar al cubano común

Este fenómeno ha calado tan hondamente en la psiquis nacional que ni siquiera nos apercibimos del daño en toda su magnitud, por lo que la solución de las necesidades se torna legítima con independencia del método que se utilice para ello. Así, por ejemplo, para un cubano común resulta legítimo adquirir un kilogramo de leche en polvo a 80 pesos en el mercado ilegal, para garantizar el desayuno de su hijo de 7 años –y por tanto, despojado del derecho a adquirir ese producto en la cartilla de racionamiento–, puesto que en el mercado legal el costo de igual cantidad del producto es de 6,60 CUC (alrededor de 160 pesos CUP, el doble del precio que tiene en el mercado negro).

De esta manera se ha establecido algo así como un nuevo "síndrome de Robin Hood" en la sociedad cubana, de forma tal que el revendedor o traficante, en lugar de ser percibido como un malhechor, se transmuta en benefactor, ya que roba al rico (el Gobierno-Estado), para beneficiar en alguna medida al pobre (el cubano común), habida cuenta que sus precios, si bien elevados y lejos del alcance de los más humildes, son menos gravosos que los del monopolio estatal. En todo caso, dice un viejo refrán, ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.

¿Una cadena irrompible?

Sin embargo, la cadena de acaparamiento-especulación-receptación, así como sus efectos en la economía y hasta en la moral social, no es irrompible. Bastaría liberar el mercado y permitir el funcionamiento normal de sus leyes. O liberar una parte de ese mercado, de forma que los comerciantes dejarían de ser el mal del que hipócritamente nos pretende proteger el Gobierno, para convertirse en un sector importante para el saneamiento de la economía interna. En definitiva, la historia de las últimas décadas ofrece una lección incuestionable: no ha existido jamás una economía centralizada que haya sobrevivido a esta lógica.

Otra medida útil sería mantener un nivel permanente y satisfactorio de la oferta y precios adecuados a los salarios, pero la imposibilidad de esta opción ya ha sido harto demostrada.

Mientras, el mismo Gobierno que denuesta a los pequeños mercaderes ilícitos, legitima con leyes infames su propia especulación a costa del país que es de todos. Al final, la raíz del mal reside en la naturaleza perversa de la política de un grupo que ha acumulado demasiado poder durante demasiado tiempo. En Cuba la verdad es redundante.

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