La oposición sin programa es un fantasma político

La oposición cubana está urgida de unidad, de liderazgo y de un programa de gobierno. También precisa del conocimiento objetivo de la proporción de la sociedad que la acompaña, es decir, de su capacidad real de convocatoria.

En los últimos meses, algunos representantes de la oposición se han reunido para consensuar las pautas del camino ético por el que transitarían los cambios hacia la democracia y para, mediante una misiva, solicitar al papa su intermediación para un posible diálogo entre la sociedad civil y el Gobierno. Han realizado otros contactos en el país y en el exterior para aunar criterios en cuanto a la conducta a seguir ante la nueva situación creada por el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Pero eso no basta.

Es hora de que se hagan visibles los líderes de la oposición, que sean conocidos por la sociedad real entera. Es tiempo de que el consenso pase el umbral de lo mínimo y comience a servir objetivos superiores. Es el momento para que las personas más capaces y de mayor prestigio dentro de la sociedad adversa al Gobierno sean promovidas por sus correligionarios. Las causas sin líderes no prosperan. Y solo la unidad de las decenas de grupos, partidos y personalidades que adversan al Gobierno las hará adelantar. Los intereses del cenáculo deben ceder a los del ágora porque, parafraseando a José Martí, "es la hora del recuento y de la marcha unida".

Es hora de que se hagan visibles los líderes de la oposición, que sean conocidos por la sociedad real entera

Hace 50 años la división derrotó a la contrarrevolución cubana. En los años sesenta del siglo pasado, más de 300 organizaciones contrarrevolucionarias operaron en el país halando cada una la brasa para su sardina. La ambición, el recelo y el ansia de poder de los pequeños líderes de las organizaciones clandestinas contribuyeron decisivamente a la eliminación total de las mismas por parte del Gobierno. ¿Es capitalizable esta experiencia?

Hoy no son (ni deben ser) organizaciones clandestinas y violentas las que adversen a la revolución. Ni el espíritu de revancha y venganza lo que las motive. Es la reconstrucción de Cuba y la reconciliación de los cubanos lo que concita el esfuerzo para establecer el diálogo y las acciones políticas encaminadas a restablecer la democracia y mejorar la vida del pueblo. Y es la unidad la condición necesaria para lograrlo. Unir los grupos y las organizaciones y poner al frente de la estructura unitaria líderes serios, cultos, patriotas y con capacidad y carisma para influir en los ciudadanos y hacerse querer. Claro que, para esto, algunos tendrán que deponer ambición y vanidad. Cuba primero y "yo" después. Aunque sé que hay quienes, como el Satán de Milton, prefieren dirigir en el infierno que servir en el cielo. O como Sancho Panza, que encontraba bueno mandar aunque fuera en un hato de vacas.

Logrados la unidad y el liderazgo, se hace imprescindible ofrecer al pueblo un programa de gobierno. Líderes sin propuestas concretas o sin mostrar las cartas o jugando con naipes marcados no acopian voluntades. Hasta hoy, la política de oposición ha perseverado en dos planos de acción, uno de elevadas reflexiones y otro de poca o ninguna altura reflexiva. En el primero se habla de estrategias y se discuten teorías: el neoliberalismo, el error humano que significa el marxismo, la sociedad civil, la democracia, el mercado y una larga cadena de etcéteras más o menos teóricas. Es correcto debatir estos temas. Son, para la conciencia actual, lo que fueron para la burguesía francesa las prédicas de los enciclopedistas: una preparación de las cabezas para el cambio. Pero este debate no lo entiende todo el mundo y a muchos no le interesa.

Hacen falta propuestas concretas para resolver los problemas que el pueblo critica porque los sufre en carne propia

En otro nivel, mucho más bajo, se hace la crítica sistemática de los errores y deficiencias prácticas del socialismo real: economía fallida, violaciones de derechos, burocracia, suciedad, desabastecimiento crónico, derrumbe de edificios, pérdida de valores y otra cadena de etcéteras. En ocasiones es tan bajo el nivel de la crítica que se torna grosero e infamante para las personas, lo que demerita al crítico y lo coloca moralmente por debajo del criticado. Se pierde clase y elegancia polémica.

Los dos niveles anteriores funcionan como armas de la lucha ideológica. Si nadie los organiza, surgen espontáneamente, sobre todo la crítica de la realidad. Pero hacen falta propuestas concretas para instrumentar las reflexiones de los pensadores y resolver los problemas que el pueblo critica porque los sufre en carne propia. Un programa de gobierno abarcador y no prolijo, con objetivos claros y alcanzables en los que el pueblo identifique sus aspiraciones sin lugar para las dudas.

Algunos ejemplos. ¿Cómo trataría un frente amplio de oposición el tema de las relaciones con China, Rusia, Venezuela, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional? ¿Qué haría con el monopolio del comercio exterior y con la base naval de Guantánamo? ¿Qué haría la oposición, si llegara a ser Gobierno, para resolver los agudos problemas de alimentación, vivienda, transporte y agua que padece la población? ¿Qué haría con las estructuras de salud pública y con los miles de médicos en el extranjero? ¿Qué medidas tomaría con el sistema actual de educación? ¿Cómo sería el Banco Nacional y como funcionarían las finanzas de la nación? ¿Qué tratamiento se daría a la inversión extranjera? ¿Qué pasaría con los sindicatos, las Fuerzas Armadas y las del orden interior? ¿Cómo se tratarían el desempleo y la inflación de los primeros años?

La relación anterior es solo una muestra de los problemas cuya solución debe programarse. El Gobierno ejecuta un proyecto por todos conocido y padecido. Ese proyecto ha sido objeto de una crítica tenaz. Ahora corresponde a la oposición mostrar al pueblo el programa que resolverá los problemas que el Gobierno ha creado y no ha sabido o no ha podido resolver. La oposición sin programa es un fantasma político.

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