Flores para Amelia

Un santa popular atrae a los visitantes y devotos en el habanero cementerio de Colón. Sus seguidores esperan que algún día también pueda ser santificada por la Iglesia

La Milagrosa
Tumba de Amelia Goiry. (Luz Escobar)

En el cementerio de Colón, al fondo de la faraónica capilla de Catalina Lasa, una tumba hermosa, pero que pasaría inadvertida, es la tumba más visitada. Su localización es segura por las muchas visitas que a diario tiene y por las muchas flores prolijamente dispuestas.

Yarixa ha llegado con unos girasoles radiantes, da tres toques con la bruñida aldaba de bronce, se persigna y queda sumida en su silenciosa súplica. Me dice su nombre y conoce por mí el nombre completo de Amelia; pero no me responde cuando le pregunto por qué pide. Niega con la cabeza y sonríe antes de retirarse sin dar la espalda a la santa. Las mujeres más jóvenes no siempre saben quién fue Amelia Goiry. Sí saben de La Milagrosa y de que es santa poderosa. 

Pero no solo por fertilidad llegan a pedir. Al fondo de la tumba de Amelia, los exvotos; una pequeña parte de los muchos que ya no encuentran espacio, dan cuenta de su intercesión en salud, amores, negocios, viajes  y hasta permutas.

Cómo se convirtió en objeto del fervor popular, no queda claro; pero la versión más difundida apunta a que la joven Amelia, apenas a un año de casarse, murió por complicaciones durante el parto.  El bebé, que tampoco sobreviviera, fue colocado en el féretro a los pies de la madre. Tres años después, al ir a exhumarse los restos, el cuerpo incorrupto de la joven se dice que tenía al niño en brazos, por lo que la tumba volvió a sellarse, y así ha permanecido hasta la actualidad.  El viudo contribuyó involuntariamente a la leyenda, pues se mantuvo en negación y, hasta su muerte 17 años después, pretendió despertar a diario a su amada con tres aldabonazos sobre la lápida.

Bajo la sombra cercana de unos ocujes ralos, una señora mayor y un hombre de edad impredecible observan el trasiego frente a ellos. Apacibles pero alertas, intuyo que, al menos en ese horario, han asumido la custodia de la tumba y me acerco. No me equivoco: Zenaida cumple una promesa por un nieto balsero y el hombre, que se presenta como Ramón, ha sido contratado por una familia para mantener la limpieza del área. No son muy locuaces ante esta curiosa recién llegada que ni flores lleva. Ramón conoce las generalidades sobre la historia de Amelia, pero la devoción de Zenaida se regodea en los detalles.

Zenaida llega todos los días temprano. Se ocupa de botar las flores marchitas y disponer las que queden frescas. Cuando llegan los adoradores de la santa los ayuda a acomodar sus flores para que la tumba siempre se vea bonita. Ramón llega más tarde. Barre con una escoba de penca y, luego, recoge y bota toda la basura. Dice que siempre hay quien bota una lata o un envoltorio, y la atenta Zenaida le hace una seña para que todo se mantenga limpio.

Cuando pregunto por qué, con tantos milagros, Amelia no es santificada por la Iglesia, Ramón levanta los brazos en señal de quién sabe, y a Zenaida por primera vez le faltan las palabras. "Es que hay un orden, ¿sabe? — es Ramón el que habla —. Primero le toca al Padre Varela. Nosotros tenemos que esperar".

La perspectiva de que la espera tiene un término anima de nuevo a Zenaida, muy segura de que su niña encontrará lugar en el santoral católico. Mientras conversamos bajo el ocuje, el movimiento de visitas es casi continuo y, para mi sorpresa, veo llegar una pareja de extranjeros, presumiblemente nórdicos. "Vienen muchísimos extranjeros. De todas partes: de México, de España, de Rusia, de todas partes —confirma. Y no crea que como curiosos, no. Vienen a pedirle a Amelia, porque la fama de su poder es mundial".

Me acerco de nuevo a la tumba secundando a Zenaida que ya coloca en el centro las aterciopeladas rosas blancas que le ha pedido a la muchacha por señas. En plan de despedida, beso a Zenaida en la mejilla y le agradezco su atención. Su mirada es seria cuando casi me regaña:

— "Se ve que no crees en ella, pero muestra respeto y no le des la espalda. Y si regresas, tráele flores.

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