Las repercusiones de la corrupción en las elecciones latinoamericanas

En la totalidad de los países que afrontan elecciones, los nuevos gobiernos deberán hacerse cargo de la gestión en unas condiciones económicas sensiblemente inferiores a las de sus predecesores

Dilma Rousseff y Michel Temer se presentaron juntos a las elecciones de 2014. (EFE)
En Brasil, ni el oficialismo ni la oposición se han librado de las acusaciones de corrupción por el caso Odebrecht. (EFE)

Señalaba la semana pasada que el próximo e intenso periodo electoral permitirá calibrar la naturaleza, la intensidad y la dirección del cambio político que se vaticina desde hace dos años en América Latina.

¿Dónde ganarán candidatos populistas, equiparables incluso al proyecto bolivariano? ¿En cuántos países lo harán opciones de derecha o centro derecha y en cuántos otros de izquierda o centro- izquierda? ¿Permitirán los resultados electorales recomponer la declinante confianza en la democracia, como atestigua con preocupación el Latinobarómetro 2016, y la renovación de las elites dirigentes o estarán marcados por la continuidad de las tendencias existentes en cada país?

A estas cuestiones generales se agregan diversos elementos negativos presentes en distintas dosis, allí donde se votará entre 2017 y 2018. En primer lugar, el creciente deterioro de la política, de los partidos y de los políticos, en buena medida debido a una mayor percepción de la corrupción y al sentimiento de que es necesario ponerle coto. No se trata sólo del escándalo Odebrecht, y sus repercusiones regionales, ya que manifestaciones preocupantes de naturaleza muy diversa se manifiestan por doquier.

En segundo lugar, y en buena medida, consecuencia de lo anterior, la tendencia a la fragmentación del sistema de partidos y a la proliferación de candidaturas independientes. Esto se relaciona con un fenómeno propio del periodo previo, como fue la emergencia de nuevas clases medias.

Lo que ahora se plantea es cómo votarán estos ciudadanos que, a partir de su situación social, tanto da si es real o percibida, tienen reivindicaciones más complejas y exigentes

Lo que ahora se plantea es cómo votarán estos ciudadanos que, a partir de su situación social, tanto da si es real o percibida, tienen reivindicaciones más complejas y exigentes. Una derivada de esta cuestión se verá en los congresos, donde los gobernantes encontrarán un exceso de presencia de grupos parlamentarios que complicarán no sólo la aprobación de las leyes y la búsqueda de consensos, sino también la labor de control gubernamental por parte de los representantes populares.

Finalmente, tenemos una coyuntura económica no muy favorable. En la totalidad de los países que afrontan elecciones los nuevos gobiernos deberán hacerse cargo de la gestión en unas condiciones económicas sensiblemente inferiores a los de sus predecesores. Los menores ingresos, consecuencia del fin del súper ciclo de las commodities, impondrán fuertes restricciones para el impulso de determinadas políticas públicas. Incluso en aquellos casos donde ya ha comenzado la recuperación las condiciones actuales, comparadas con las de hace cuatro, cinco o seis años atrás, son muy distintas.

El significado de esta realidad compleja se verá a partir de los resultados electorales de las numerosas elecciones que están por venir y de la gestión que las nuevas administraciones pongan en marcha, pero, sin lugar a dudas, tendrá repercusiones adversas para la legitimidad de ejercicio de la mayor parte de los gobiernos. La forma en que en cada uno de los países afectados se combinen los cuatro elementos previamente señalados, unida a la naturaleza y la capacidad de liderazgo y de negociación de los nuevos presidentes, determinará la naturaleza de los gobiernos que surjan del próximo ciclo electoral.

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Nota de la Redacción: este análisis ha sido publicado previamente en El Heraldo de México. Lo reproducimos con la autorización del autor.

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