La sumisión de los intelectuales

Tania Bruguera durante su 'performance'. (14ymedio)
Tania Bruguera durante su 'performance'. (14ymedio)

 

Los intelectuales no llegaron a Tejadillo 214, donde la artista Tania Bruguera ha instalado el albedrío paralelo a la Bienal de La Habana, desde la lectura ética de uno de los tantos libros-espejo de Hannah Arendt, por el que ha transitado solo la excepción del mundo estético cubano.

La elección de este texto permite a la artista exponer, sabiéndolo o no, una extraña paradoja que revela al mismo tiempo las complejidades de la transición en Cuba. Leer Los orígenes del totalitarismo es entender cabalmente los crudos mecanismos de la dominación sobre la condición humana, y su destrucción, por parte de un régimen que logra otorgarle carácter civil a los métodos de la policía secreta. De hecho, solo donde la policía secreta impone sus normas se dan las condiciones necesarias para el vaciamiento espiritual que hacen totalitaria a una sociedad.

Como Hannah Arendt muestra, el Estado totalitario coloca detrás de cada mente crítica a un policía de carne y hueso que la controla, o intenta hacerlo, puntillosa pero eufemísticamente: así, el policía no solo interactúa vestido de civil sino que aborda a Bruguera para atenderla, casi cuidarla. Vocablo médico o propio de la relación con un cliente, atender –el término empleado por la policía política cubana para denominar su triste relación con sus críticos–, implica que el totalitarismo se capilariza a través de la asepsia del lenguaje. Y lo paradójico aquí es que desde el momento en que Bruguera desnuda los mecanismos del Estado totalitario en su propio territorio, a través de un texto justamente pensado para tal propósito, lo obliga a una retirada ridícula, errática e improvisada, pero sin abandonar esas prácticas que están siendo develadas.

Bruguera lee a la Arendt en Tejadillo 214, mientras que el Estado totalitario miente sin tapujos sobre su localización a quienes llegan a Cuba interesándose por ella. Tania Bruguera no está aquí en la Isla.

"La performance de Bruguera se convierte en una exposición adelantada de las técnicas que el Estado totalitario empleará unas horas más tarde, con Gorki Águila"

La mentira totalitaria, en su forma simple, sobre la que tanto teorizó otro cirujano del totalitarismo, el intelectual francés Jean-François Revel, es rápidamente desmentida por la presencia de la artista en las puertas del Museo Nacional de Arte Contemporáneo, a 150 metros de su casa-galería. El totalitarismo persevera y le impide la entrada para encontrarse con los suyos. Se manifiesta así en su estado puro y descarnado tratándola como una potencial revoltosa, es decir, negando, en la misma sede del arte performático, del cual Bruguera es una de sus mejores exponentes mundiales, su naturaleza transgresora delante de los mismos artistas que lo practican. Y presionado por la excepción, el Estado totalitario recurre a otra de sus técnicas: ceder a destiempo para desplegar su arma favorita: culpar a la víctima por su suerte.

La performance de Bruguera se convierte de tal modo en una exposición adelantada de las técnicas que el Estado totalitario empleará unas horas más tarde para ahogar el intento de otro artista, el rockero Gorki Águila, de protestar delante del Museo por la injusta prisión de otro joven del grafitero Danilo Maldonado, conocido como El Sexto. El Estado está desnudo y recuerda su dura relación con el arte. Con el escritor Ángel Santiesteban. Con el rapero El Crítico.

Pero Tejadillo 214 sigue abierto, y este es el otro ángulo de la paradoja: el totalitarismo se ve obligado a negociar el espacio con la libertad.

De nuevo, elegir a Hannah Arendt aparece como un acto de puntería de la artista. Porque Arendt es el mejor ejemplo de que si bien la defensa intelectual de la libertad puede marcar la diferencia, los intelectuales no son ni han sido sus mejores defensores o promotores.  A derecha y a izquierda de Hannah Arendt se demuestra de forma palpable la condición solitaria de la lucidez intelectual.

Con las excepciones debidas –Voltaire, Camus, la misma Arendt–, los intelectuales han sido siempre una corporación dedicada a desvirtuar esa doble condición con la que nacen, al menos desde el siglo XVIII: la crítica de su tiempo y el enfrentamiento al poder. Más bien los intelectuales se han dedicado a la crítica más o menos solvente de sus enemigos al servicio de algún poder. A la izquierda, este fenómeno ha adquirido sus peores manifestaciones y su mayor incongruencia, porque sus intelectuales han asumido una tarea mayor: la crítica de la naturaleza del poder mismo en el supuesto altar de la emancipación de no sabemos qué o quiénes. El hecho es que han terminado construyendo la narrativa que pretende justificar el peor de los poderes: el totalitario. Y más. Le otorgan al Estado totalitario la capacidad última de juicio moral sobre los ciudadanos, en un regreso arcaico a los tiempos en los que Iglesia y Estado eran la misma cosa.

Hay razones orgánicas muy bien estudiadas para explicar la sumisión en última instancia de los intelectuales al poder, pero baste recordar dos textos escritos en tiempos diferentes para disolver toda esperanza en su compromiso con la libertad. La traición de los intelectuales, del escritor francés Julien Benda, e Intelectuales, del británico Paul Johnson, demuestran por qué los intelectuales no llegaron a Tejadillo 214.


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