Del biberón al teclado

Él es un chico  Apple, un jovencito que lleva camisetas oscuras y tiene una foto de Steve Jobs en su cuarto

Ella convence a sus amigos de que usen Android y que se hagan una cuenta de  email en cuanto puedan

Son nativos digitales, en un país donde la tecnología y la economía hacen difícil su pasión

Joven con un tablet
Joven con un iPad

Están sentados en una esquina de la calle G. No se hablan, no intercambian miradas, sólo observan los móviles. Sus dedos parecen insectos, largos, ágiles, nerviosos, que se desplazan sobre la pantalla. Si alguien los interrumpiera en ese trance sólo mascullarían algunos monosílabos. ¿Para qué articular palabra? Su lenguaje fluye mejor a través de los kilobytes y su comunicación necesita de bluetooth para lograrse.

Encontrar a los nativos digitales parece una locura en un país con tantos problemas económicos y tecnológicos, pero aquí están, existen.

Yuri tuvo su primer teléfono celular a los doce años, ahora va a cumplir dieciocho. Un primo radicado en Ecuador le trajo un Motorola justo cuando se abría el servicio móvil para usuarios nacionales. En cuanto pudo se compró un smartphone. Es un chico Apple, un jovencito que lleva camisetas oscuras y tiene una foto de Steve Jobs en su cuarto. Cuando nació, ya su padre tenía una laptop donde él disfrutaba de sus primeros juegos de Super Mario.

El protagonismo de los móviles y las computadoras en sus vidas comienza a convertirse en un problema

Maritza tampoco se halla sin la tecnología. Convence a sus amigos de que usen el sistema Android y de que se hagan una cuenta de email en cuanto puedan. "Antes de preguntarle el nombre a alguien, quiero saber si tiene cuenta de Facebook", refiere. Pronto se graduará de ciencias informáticas y pertenece a una tribu de fans de Google. Si se encuentra con maqueros, se burla de ellos haciendo un gesto de mordida y posterior asco, como quien prueba una fruta prohibida –y podrida- que lleva en la mano.

Para los padres de cada uno, el protagonismo de los móviles y las computadoras en sus vidas comienza a convertirse en un problema. "Desde que se levanta está con el dichoso aparatico en las manos..." afirma con fastidio la madre de Maritza. En la casa del chico, la abuela se la pasa quejándose de que "este muchacho ya ni habla con las personas". A ambos jóvenes les resbalan esos comentarios.

Esta madrugada se han encontrado cerca de la calle 23. Alguien ha dejado una red WiFi abierta y se lanzan a conectarse. Acoplarse dura unos segundos. Están a unos pocos metros uno del otro. El móvil de ella vibra. Le ha llegado un mensaje. Es un pequeño corazón formado con los propios símbolos del teclado. Aguantando la risa le devuelve la imagen de un robot, verde, que guiña un ojo.

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