Trapicheando con plástico

Ferias de toda la Isla se nutren de objetos fabricados en el circuito ilegal de un material realizado mayoritariamente con desechos industriales o sobras del basurero

Puesto de calzado de plástico en la feria de La Cuevita. (14ymedio)
Puesto de calzado de plástico en la feria de La Cuevita. (14ymedio)

En la feria de La Cuevita, de San Miguel del Padrón, unas mil personas de toda la Isla compran diariamente útiles del hogar, chancletas y juguetes, todos hechos de plástico. Los compradores vienen especialmente de las zonas rurales, donde la situación económica es más precaria y lo único que abunda es la escasez.

Para vender en la feria es necesario contar con una licencia estatal y una carta firmada por los productores, también autorizados, a quienes deben comprar los artículos. Los inspectores que pasan por los puestos de venta pueden requerir esta carta, pero en la práctica pasan con la mano extendida buscando dinero a cambio de no imponer una multa de 1.500 pesos a quien se haya saltado las reglas de juego del Estado.

Son muchos los fabricantes que no tienen licencia. En el municipio Cotorro se fabrican las chancletas y que en La Guinera, asentamiento ubicado en San Miguel del Padrón, están los productores de útiles del hogar. Los juguetes, con formas toscas y colores mustios, son traídos desde el oriente del país.

El primer paso es recoger el plástico reciclable entre los desechos de la fundición industrial y revolviendo en el basurero en busca de objetos plásticos que se puedan aprovechar, sin descartar la posibilidad de derretir los mismos contenedores de basura. Para mejorar la calidad del producto final, los fabricantes añaden plástico virgen. Esta materia prima granulada se compra por la izquierda, directamente sacada de los almacenes estatales.

La miscelánea recibe calor. Cuando el material está bien derretido, la fundición se inyecta a presión en los diferentes moldes. Tanto las máquinas inyectoras como los moldes son de producción artesanal. Cuando se licua, la pasta homogeneizada toma un color terroso, pero los artesanos salvan la situación utilizando tintes de diferentes colores.

Los inspectores pasan con la mano extendida buscando dinero a cambio de no imponer una multa de 1.500 pesos

Según cuenta uno de estos artesanos, que no permite fotos en su patio, en muchos barrios de la capital la policía tendría que registrar patio por patio y casa por casa, porque "la realidad es obstinada", como aprendió hace muchos años en una escuela del partido comunista. "Hasta la cerveza se puede enlatar clandestinamente", asegura. "Maquinas así hay por toda La Habana. En donde menos tú te imaginas, hay una. El problema es hacer la producción y sacarla inmediatamente para que no se descubra la cadena".

Los pozuelos y platos, embudos, o cualquier otro objeto resultante de esta mezcla de materiales no son totalmente seguros para almacenar alimentos destinados al consumo humano. "Ninguno de los pozuelos que compro en la candonga los uso para guardar alimentos de un día para otro. Pero son más baratos que los hechos en China, que se ofertan en las tiendas en divisas y cuestan un tercio del salario de un trabajador", dice Morena, un ama de casa que frecuenta la feria.

Los vendedores se colocan en la entrada de la feria. Algunos ofrecen ristras de cebolla y ajo, otros bolsitas de nylon. Una anciana vende una jaba de papas que acaba de comprar después de una larga cola y un joven transporta una caja con hielo donde conserva las paletas de helado que vende a 15 pesos. A menudo tienen que salir corriendo. Una patrulla pasa cada veinte minutos.

La policía pasa cada poco vigilando la venta legal en la feria. (14ymedio)
La policía pasa cada poco vigilando la venta legal en la feria. (14ymedio)

"Si te resistes al arresto, te entran a golpes. Después te llevan a la Oncena Estación (policial), te empapelan y no sabes si saldrás con una multa de 1500 o directo a la prisión de Valle Grande", asegura el vendedor de paletas de helado.

Un hombre de cuarenta años cuenta cómo la policía lo detuvo en una ocasión, acusándolo de revender sin ninguna prueba, y le pidió su carné de identidad solo porque llevaba un maletín lleno de platos de plástico que acababa de comprar. "De nada serviría decir que tengo el hobby de lanzarlos al aire para practicar mi puntería con un tirapiedras. Igual, si les da la gana te decomisan todo y te ponen una multa. Los policías no actúan a favor del pueblo", lamenta.

"Si les da la gana te decomisan todo y te ponen una multa. Los policías no actúan a favor del pueblo”

Mireya, de casi setenta años, es el último eslabón de la cadena productiva de artículos de plástico. Mientras otros obreros trabajan en pequeñas brigadas para un productor particular, autorizado o no, ella lo hace sola. Arma escobas y cepillos manualmente, con los residuos de la producción de la industria estatal, desde hace más de 20 años. "Si me cogen haciendo esto me puedo ver en serios problemas con la autoridad. No lo hago para enriquecerme. Tengo que armar 100 cepillos para ganarme 400 CUP, y de eso tengo que invertir una parte para comprar los materiales", explica.

Mireya no quiere sacar la licencia porque considera que los impuestos son demasiado altos. Además, no podría justificar los materiales que utiliza para fabricar sus escobas porque, a pesar de tratarse de residuos industriales, no existe una forma legal de adquirirlos. Las bases y las cerdas se las compra a alguien que, como ella, tampoco tiene licencia y los vende más barato.

"Lo que me quedaría después de pagar licencia e impuestos sería más o menos lo mismo que el salario de un trabajador estatal. Con eso, sumado a mi jubilación de 270 pesos, no vivo ni diez días. El que no crea en lo que estoy diciendo, que cuando coja el arroz y los frijoles de la bodega, lo divida en 30 montoncitos a ver cómo come y cómo vive. Entonces, obligatoriamente tienes que vivir del trapicheo", concluye sin dejar de cerrar con una pinza los alambres sobre las hebras de plástico.

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