Terco como un isleño

"Demasiado conflictivo" para la universidad
"Demasiado conflictivo" para la universidad

En la tierra de San Juan y Martínez, Bernabé Pérez Gutiérrez sembró sus primeras posturas y engendró catorce hijos. Transcurrían los finales del siglo XIX y el inmigrante bautizó su finca como La Isleña, en recuerdo a las Islas Canarias de donde había venido. Hoy, sus bisnietos tratan de sacar adelante una de las más importantes vegas de tabaco de Pinar del Río, con la misma terquedad del bisabuelo y su amor por el surco.

La Isleña es una cooperativa familiar insertada en una entidad mayor denominada "Cooperativa de Crédito y Servicios Fortalecida (CCS-F) Rafael Morales", conformada por 64 productores de tabaco, que ocupan más de 100 hectáreas. Incluye también a criadores de cerdos y lecheros. Sólo una decena de estos campesinos son usufructuarios de su tierra, mientras los demás atesoran con celo su título de propiedad.

Lo que distingue a La Isleña no es sólo la calidad de su tabaco, sus frutales o sus sembrados de flores, ni siquiera la laboriosidad de los miembros de la familia Pérez González. Su sello distintivo radica en que este sitio ha sido, desde los tiempos de Bernabé, exponente de un sostenido emprendimiento que no se deja someter, ni por los infortunios de la naturaleza ni por los caprichos de la burocracia.

Ya en época del bisabuelo canario, la Isleña se comportaba como una consultoría donde los campesinos acudían en busca de consejo. Su hijo Pragmacio, que se quedó al frente de la finca a la muerte del fundador, convirtió la sala de la casa en un área de tertulias donde se analizaban los artículos de los periódicos con noticias de la Segunda Guerra Mundial y la evolución del régimen comunista en Rusia.

La disposición de la finca también es única en la zona. En 1955, los hijos de Bernabé le construyeron una capilla a su padre, quien era devoto de la virgen de la Caridad. Su fervor religioso llegaba al punto de que en época de sequía organizaba una procesión con la imagen de la Patrona de Cuba, para así convocar las lluvias. Bajo el pequeño campanario, los curas de la zona han bautizado y casado a muchos miembros de la familia y a sus vecinos.

La familia denuncia las injustas relaciones entre los productores de tabaco y el monopolio estatal que lo comercializa

Sin embargo, la mayor peculiaridad de la Isleña no radica tampoco en su enorme ceiba ni en la pequeña capilla, sino en su gente. En estos tiempos que corren, donde ser emprendedor y defender la autonomía campesina genera suspicacia e incomprensiones, los Pérez González son conocidos en la zona por "protestones". En un país donde ha quedado establecido que el liderazgo se obtiene obedeciendo y no cuestionando al poder, la estirpe de aquel inmigrante ha tenido que superar muchos obstáculos. La familia denuncia con obstinación las injustas relaciones entre los productores de tabaco y el monopolio estatal que lo comercializa. Muchas veces no se trata siquiera de reclamar nuevas prerrogativas, sino de exigir a los directivos y funcionarios agrícolas que cumplan las normas que ellos mismos han establecido.

Sentados en el portal, donde corre una brisa de ensueño, algunos descendientes del cabeciduro canario comienzan a contar sus reclamaciones. Cejijuntos todos, llevan en el rostro el inconfundible sello familiar que les da un aire aún más tozudo. Narran que, entre las demandas más insistentes que han hecho, está cuestionar el cálculo que mantiene la Empresa Tabacuba al determinar los costos para un veguero en la producción de cada quintal de hojas de tabaco. En la fórmula se incluyen algunos insumos, como combustible, fertilizante y herbicidas, además de sumar los salarios para los trabajadores que participan en la siembra, la atención a los cultivos, la recogida y la escogida del tabaco.

"Cada año hay que pagar todo más caro, en especial los sueldos, porque ya nadie quiere trabajar por cuatro pesos", comenta Alfredo Pérez, el actual cabeza de familia. "Sin embargo la empresa parece vivir en otra dimensión ajena a la realidad y mantiene inalterable el dato de lo que ellos denominan la ficha de costo". Los tiempos han cambiado y la carestía de la vida se ha disparado, pero la burocracia agropecuaria sigue con sus viejas cifras sin actualizar.

Con el sombrero entre las manos, Juan Pablo, graduado de ingeniero agrónomo, se queja; "Como si fuera una gran noticia nos dicen que ahora van a pagarnos un poco mejor cada quintal de tabaco, pero por cada punto porcentual que sube ese renglón, los costos se elevan en 6 o hasta 10 puntos porcentuales." Hay tanta convicción en sus palabras que uno puede imaginar el aprieto de los burócratas cuando tienen que hacerle frente.

La palabra va pasando de unos a otros, hasta que llega a Néstor Pérez, que soñó ser abogado pero lo expulsaron de la "universidad para los revolucionarios" por demasiado conflictivo. Sobre los problemas con la empresa el joven se ha percatado que, "cuando viene el especialista a determinar la calidad de nuestras entregas, se producen muchas irregularidades, sobre todo al clasificar como 'afectado' un tabaco que le produce amplios dividendos a la empresa. Allí es donde el campesino tiene que ponerse duro y no aceptar las imposiciones. En definitiva somos nosotros quienes producimos la hoja y tenemos que aprender a poner condiciones".

Una cooperativa familiar desde finales del siglo XIX
Una cooperativa familiar desde finales del siglo XIX

En medio de la conversación y cuando las tazas de café ya están vacías, sale a relucir otra batalla que han llevado a cabo estos campesinos. El reclamo de una adecuada electrificación de la cooperativa. A finales de la década del sesenta tuvieron acceso de forma provisional a una línea eléctrica alternativa, instalada de manera legal. Es lo que popularmente se llama "una tendedera" por carecer de postes adecuados y de transformadores. Desde entonces y debido al aumento de equipos consumidores durante los últimos 45 años, el bajo voltaje afecta no sólo la utilización doméstica de la energía, sino también la esfera productiva. Los Pérez González han escrito cartas a todas las instituciones implicadas y no cesan de plantear el reclamo en asambleas públicas.

Los problemas técnicos aquejan directamente al rendimiento. "Hay un grupo de productores que cada año promedian más de 300 quintales de tabaco en la zona", argumenta Néstor, mientras coloca frutas en una cesta. "Con electricidad estable pudiéramos llegar a 500. Le hemos propuesto al Estado que nos abra un crédito para ejecutar esa obra y nosotros pagarlo, pero tampoco ha aceptado esa propuesta, lo que nos lleva a creer que hay una intencionalidad de marginarnos por nuestra manera de pensar".

Alfredo, el más joven de la familia –pero no por eso el menos tenaz–, dice que "aunque la cooperativa supuestamente es autónoma, en la vida real se subordina a la Empresa Tabacuba. Por ejemplo, nosotros hemos pedido unos discos para la roturación de tierra, pero cuando estos elementos llegan, es la empresa la que determina y distribuye según su criterio. No los podemos comprar por otro camino porque no hay un mercado libre que los ofrezca".

El mayor de todos los bisnietos del inmigrante canario se llama Ariel y habla con frases directas. Mientras conversa, un perro flaco y de mirada ágil se acuesta bajo el sillón donde está sentado. "Hubo cooperativas que se quedaron sin baterías para sus tractores", cuenta Ariel. "A nosotros sí nos las vendieron porque lo exigimos como es debido y esas son las cosas que hacen que nos quieran aislar del resto de los cooperativistas. Dicen que damos un mal ejemplo".

La tarde avanza, pero el calor sigue igual. Algo de la sombra de la gran ceiba llega hasta el portal. Juan Pablo remacha la conversación con toda claridad: "Sabemos que en reuniones a las que no hemos sido invitados se les advierte a los cooperativistas que deben alejarse de nosotros porque somos contrarrevolucionarios. Siempre hay alguien que viene a contárnoslo, porque todo el mundo sabe que lo único que nosotros queremos es trabajar".

Ya es hora de volver al campo, así que los cinco hombres toman sus enseres y parten hacia los surcos. Antes de despedirse, evocan uno de los mayores disparates con el cual tienen que lidiar. "Para que un campesino reciba el documento de propiedad de su casa debe hacer previamente un acta de donación al Estado del terreno donde la construyó con sus propios esfuerzos y recursos. Eso para que entonces el Estado te cobre lo que le regalaste. Si no le donas el terreno, no puedes construir tu casa ni legalizarla".

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