Para hilar una historia de El Husillo

Dedicado a Mario Coyula, con el pretexto del aniversario de la fundación de su ciudad

Husillo
Vertedero a la salida del canal (Foto Regina Coyula)

Cuesta trabajo reconocer que este paraje rural se sitúa en el centro geográfico de la ciudad de La Habana. Aproximadamente se trata de la zona de la costa norte que, junto con la vecindad de Puerto Carenas, ofreció mejores condiciones para el asentamiento poblacional que los malsanos bajos del sur donde estuvo originalmente la que con los años y ya en la costa norte sería una de las ciudades más prósperas del Nuevo Mundo.

Aprovechando el curso del río Almendares (Casiguaguas para los nativos, La Chorrera para los recién llegados) y la cota de 57 metros sobre el nivel del mar, en 1566 al Maestro Mayor Francisco de Calona le fueron encomendados los estudios topográficos y de trazado que tendría la zanja para llevar agua a la ciudad; igualmente determinó el lugar para represar el río.

Este acueducto, bautizado como Zanja Real, constituyó el único servicio de agua de la ciudad durante 243 años

El ingeniero Bautista Antonelli (hermano de Juan Bautista, con quien se le confunde con frecuencia) estuvo al frente de la construcción del canal de sillería de seis metros de ancho por dos de alto en la salida de la presa que se estrecha más adelante. El paso del agua era controlado a través de sendas compuertas manejadas mediante un torno de madera dura en forma de husillo, que terminó dando nombre a toda la zona hasta la actualidad. El sinuoso canal de 12 kilómetros a cielo abierto permitió llevar el agua por gravedad hasta el Callejón del Chorro y otras dos fuentes de intramuros. Este acueducto, bautizado como Zanja Real, constituyó el único servicio de agua de la ciudad durante 243 años.

Con la entrada en funciones del acueducto de Fernando VII, pero sobre todo del acueducto de Albear construido entre 1858 y 1893, que logra un mayor volumen de agua de mejor calidad, la Zanja Real y El Husillo llegaron a la obsolescencia. Este acueducto terminado en 1592, a solo un siglo de la llegada de Colón, constituye la primera obra ingeniera construida por los españoles en América e influye en el otorgamiento real por Felipe II de la condición de ciudad a nuestra capital; lo cual le confiere a la Presa del Husillo un lugar fundamental en nuestro patrimonio constructivo.

A pesar de su carácter histórico, con alegaciones de que la presa favorecía la inundación e insalubridad de terrenos bajos en los repartos Martí y Maceo, entre 1988 y 1989, se toma la decisión de demoler la Presa del Husillo. De poco valieron las razonadas protestas de algunos especialistas, entre ellos Mario Coyula, cuya oposición le costó el puesto como presidente de la Comisión de Monumentos, y de un grupo de ciudadanos que llegaron a organizar un cordón humano con el altruista propósito de impedir la acción de buldóceres y excavadoras.

El proyecto de canalizar el río, que supuestamente eliminaría las inundaciones en los repartos ya mencionados nunca demostró su valía, pues no llegó a terminarse

El Contingente constructivo Blas Roca, con el visto bueno del mismísimo Comandante en Jefe, quien siempre se sintió calificado para decidir sobre cualquier tema, más que acometer, comete la demolición. El proyecto de canalizar el río, que supuestamente eliminaría las inundaciones en los repartos ya mencionados nunca demostró su valía, pues no llegó a terminarse, y con el “espíritu de contingente” de la época, los sillares de la presa comenzaron a desaparecer en manos de constructores espontáneos. Se comenta que el historiador Eusebio Leal, quien cedió a las presiones de la opción demoledora frente a la preservacionista, salvó y etiquetó las piezas restantes. Esta información se contradice con la existencia de sillares dispersos en las márgenes del río.

Canal de la Zanja, imagen de archivo
Canal de la Zanja, imagen de archivo

El premio de consolación fue el surgimiento del Parque Metropolitano de La Habana, 700 hectáreas de vegetación que cubren desde las inmediaciones del río Almendares en la calle 100 hasta la desembocadura del río. Entre los objetivos del Parque, se enunciaba preservar el área como pulmón de la ciudad, sanear el río, hacer sustentables los asentamientos humanos localizados en su perímetro y buscar financiamiento mediante un turismo ecológico. Todo hacía indicar que se cumpliría el legado del arquitecto francés Jean Claude Nicolas Forestier, quien en 1930 diseñó un proyecto para proveer a nuestra ciudad de un gran parque. Pero con la crisis económica conocida en Cuba como Período Especial, la ambición del proyecto se desinfló.

Se logró restaurar el área boscosa y cerrar las industrias dentro del parque, pero la contaminación aguas arriba y los asentamientos ilegales no han contribuido a una mejoría sustancial de la calidad del río. Una parte de sus terrenos fue cedida para la construcción de un complejo deportivo con motivo de los Juegos Panamericanos de 1991; algunas instalaciones del Parque Almendares han sido reanimadas y gracias a la cooperación internacional y con trabajo comunitario, el humilde asentamiento de Ojo del Agua del Husillo pudo renovar una parte de su fondo habitacional y mejorar las condiciones de vida. Locaciones como el Parque Forestal, los jardines de La Polar y La Tropical y el Bosque de La Habana han recibido un presupuesto exiguo y el deterioro encarece progresivamente cualquier futura restauración.

El lugar donde estuvo la presa es un paraje de bucolismo engañoso: el canal de sillería se pierde cegado bajo un vertedero de basura en activo; la maleza cubre lo que queda de las obras ingenieras, cuesta trabajo descubrir lo que parece ser la compuerta de acceso por donde la Papelera Moderna circulaba el agua por gravedad, se descomponen ofrendas sincréticas, el río arrastra desperdicios y luego de tanto vertimiento de albañales huele mal.

Hay cierto tipo de belleza en el abandono, en el desastre, una belleza que sobrecoge

En la antigua Papelera Moderna, una mujer soñolienta custodia un almacén de medicamentos en la única zona techada que queda del edificio industrial, pero es un techo reciente. La mujer no sabe nada cuando le pregunto por los planes para convertir en museo aquel inmueble cuya ruina ya parece imparable.

Hay cierto tipo de belleza en el abandono, en el desastre, una belleza que sobrecoge; no puedo evitar el paralelo con el resto de la ciudad, con el resto del país.

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