Pregones: banda sonora de la cotidianidad

Superviviente de prohibiciones y razias, esta herramienta de venta forma parte de nuestro patrimonio oral y comercial

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La manisera de la calle Obispo es tan popular que cobra a los turistas por una foto. (14ymedio)

Nueve de la mañana en la periferia de La Habana. Se escucha el ruido de los viejos autos, el chancleteo de la vecinita al bajar la escalera y los chillidos de los cerdos que cría el señor del primer piso. Hay sonidos que faltan.

Pocos meses atrás, a esta misma hora, las amas de casa del barrio podían oír también: "¡Comino, orégano, laurel y pimienta!" o "¡Percheros, cepillos de lavar, palitos de tendedera!". Las nuevas disposiciones contra las ilegalidades no solo se llevaron los cines 3D y la ropa importada. También desaparecieron la mayoría de los vendedores ambulantes sin licencia. Y con ellos, los pregones.

El pregón como herramienta de venta, que había ido desapareciendo hasta extinguirse desde 1959, ha sido rescatado. En el Diccionario de la música cubana de Helio Orovio, publicado en 1981, se puede leer que los pregones "debido al propio desarrollo social, han desaparecido, quedando como elemento de valor folklórico y etnológico". Al pasar todos los comercios a manos del Estado se extinguieron el mercado, la competencia y, con ellos, la publicidad.

La idea del pregón que podían tener las generaciones nacidas después de la Revolución era solamente la que nos legaron compositores de la música popular como Moisés Simons y Félix B. Caignet con obras tan conocidas como "El manisero" y "Frutas del Caney". Melódicos y simpáticos, aquellos anuncios sonoros quedaron reducidos a los recuerdos de los mayores y a las obras de teatro costumbristas.

En un país donde escasean las vallas publicitarias y los anuncios televisivos de productos y servicios no existen, el pregón es una poderosa herramienta de ventas. Tres generaciones de cubanos han crecido sin propaganda comercial alguna que no sea la de estos mercaderes que describen a viva voz sus ofertas. La existencia de esta forma atávica de promoción ilustra el carácter precario y casi medieval de la economía nacional.

La memoria colectiva demostró ser más fuerte que el tiempo transcurrido tras la prohibición. Los pregones reaparecieron a finales de los años 90 con la mínima apertura al sector privado autorizada por el Gobierno, que permitió un cierto desarrollo del comercio tras años de duro desabastecimiento.

La existencia de esta forma de promoción ilustra el carácter precario y casi medieval de la economía nacional

En el nuevo siglo los pregones se han ido diversificando. Los hay graciosos, ingeniosos y hasta de doble sentido. Algunos vendedores hacen alardes vocales, mientras otros apenas si susurran sus ofertas. Los hay que anuncian los productos en español y en inglés para los posibles compradores extranjeros. Los más emprendedores se acompañan de música, como los vendedores de helados y los amoladores de cuchillos. Hasta los niños en las escuelas juegan a anunciar gritando en alguna calle. "¡Vaya, tu pizza aquí!" decía –en son de broma– un escolar asomado a la ventana de un colegio en Centro Habana.

En Nueva Gerona, Isla de la Juventud, un vendedor ofrece: "¡Caramelos. Cómprelos que están casi buenos!" En el reparto habanero de Los Pinos, un comerciante de dulces caseros incomoda a más de un padre sin dinero al pasar diciendo: "¡No me escondan a los niños!".

La manisera de la calle Obispo se ha convertido en un personaje peculiar por su canción. Esta llamativa comerciante trabajó como "musicóloga de Círculos Infantiles", y cuando sacó su licencia para trabajar por cuenta propia recurrió a su voz para desmarcarse de la competencia que –según recuerda– era mucha. "Tuve la suerte de que Eusebio Leal me escuchara pregonar". Después de ese encuentro con el historiador de la ciudad ha podido ejercer su labor sin grandes tropiezos. Ahora es muy exitosa, trabaja en la calle más céntrica de la Habana Vieja y cobra por el derecho de imagen a los turistas que la quieren fotografiar.

Desde que Eusebio Leal la escuchó pregonar, la manisera de la calle Obispo es tan exitosa que cobra hasta por derecho de imagen

Pero no todos los vendedores ofrecen de manera tan simpática su mercancía. Muchos han sustituido el pregón por ruidos insoportables, como el panadero que pasa a las seis de la mañana por las calles de Jatibonico, Sancti Spíritus, haciendo sonar un silbato tan fuerte que un vecino comenta: "Le echaría agua caliente por encima."

Los reparadores de colchones resultan bastante repudiados por sus gritos a todas horas. No obstante, quienes ofertan pan desde bien temprano se llevan los peores insultos. Desde la madrugada se les oye con un "¡Calentico el pan!" que saca de la cama a los más profundos dormilones. Causan molestias, pero también resuelven un gran problema, dada la mala calidad y poca cantidad del producto en las panaderías estatales.

Los panaderos son los más molestos por madrugadores pero resuelven el problema de la calidad. (14ymedio)
Los panaderos son los más molestos por madrugadores pero resuelven el problema de la calidad. (14ymedio)

Al parecer, los pregones molestos también son una estrategia de mercado. Es el caso de un vendedor de caramelos en el último partido de fútbol en el estadio Pedro Marrero. Comenzó con un lascivo "¡Chúpalo, vamos chupa!" Pero pocos minutos después cambió a un "¡Ayúdame!" acusador y persistente, como si los espectadores allí reunidos tuvieran la obligación de sacarlo de su penuria económica. Tanto funcionó que un muchacho del público apuntó con desespero: "Vamos a comprárselo todo, a ver si se calla."

Resurgen también los curiosos pregones que, en vez de vender, anuncian compras. Son comunes los que solicitan "cualquier pedacito de oro" y los que piden pomos de perfume vacíos. El trueque también se promueve a gritos. "¡Cambio ropa por pollo!" vociferan dos mujeres por los pasillos de un enorme edificio multifamiliar.

Superviviente de prohibiciones y razias, el pregón forma parte de nuestro patrimonio oral y comercial. Nos acompaña como banda sonora de la cotidianidad. Esta noche, a eso de las diez, una voz sigilosa propondrá "yogur de fresa y natural" en algún barrio periférico de La Habana. Al escucharlo, muchos nos diremos con alivio "el pregón está aquí, no lo han podido exterminar".

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