Mujeres maltratadas: ¿a dónde ir?

Tallere de prevención y respuesta a la violencia de género de ACNUR con mujeres de Cuba, Haití y Perú. (ACNUR Américas)
Taller de prevención y respuesta a la violencia de género de ACNUR con mujeres de Cuba, Haití y Perú. (ACNUR Américas)

"¿Sabes qué se siente cuando te rompen el tabique?", me preguntó años después que nos conociéramos. "Es como si alguien rajara una tabla pegada a tu cara... te duele, pero no crees que pueda ser tu cuerpo". Ileana vivió en su propia piel –y en sus propios huesos- la violencia de género, pero solo pasada una década está dispuesta a contarla.

"Ahora le tengo miedo a los hombres, no me dan ganas de tener ninguna relación", me confiesa mientras conversamos en una cafetería con más moscas que ofertas. Allí comienza a narrarme los detalles de un calvario que siempre ocultó por vergüenza y por sentirse responsable de aquellos golpes. Hoy, no puede escuchar por un oído, su nariz señala hacia la izquierda y desconfía de todos aquellos que lleven portañuela.

Como muchas mujeres de provincia, Ileana desembarcó en La Habana de la mano de un hombre que le prometió "villas y castillas", según asegura. "Yo era muy joven y, desde chiquita, en mi casa en Banes me enseñaron que al hombre hay que servirlo y complacerlo". Mientras me cuenta su historia tengo la impresión de hablar con una mujer de principios del siglo veinte, pero no: Ileana es más joven que yo. Llevó pañoleta, gritó también en la escuela "Pioneros por el comunismo, seremos como el Che" y estudió hasta onceno grado en un preuniversitario en el campo.

"Llegué a La Habana y las primeras semanas me trató como una reina", cuenta sin poder contener una sonrisa. Cuando Ileana se ríe todo el rostro se le ilumina y la nariz parece más torcida todavía. "Después comenzó a maltratarme, pero solo de palabra", le resta importancia mientras mira por sobre el hombro. Un joven se ha sentado en la mesa de al lado donde estamos conversando y nos observa lascivamente. "¿Mamis, las dejaron embarcadas? ¡Porque aquí sí hay un semental que no falla!", nos espeta bajo la mirada imperturbable del camarero.

"Los vecinos llamaron a la policía varias veces. Entonces pasábamos horas y horas en la Estación de la calle Zanja y Dragones, para nada". "El instructor me decía que ellos entre marido y mujer no se metían", así que "tenía que volver a casa con él, porque no tenía otro lugar a donde ir", explica ya al borde del sollozo. En Cuba, la actual legislación tiene enormes lagunas en lo relacionado con la violencia de género. Si el maltrato "no se tipifica en el Código Penal, los maltratadores no son sancionados", me explica más tarde una jurista del bufete de abogados de la calle Carlos III que prefiere no revelar su nombre.

"El instructor me decía que ellos entre marido y mujer no se metían, así que tenía que volver a casa con él"

"Solo podía acusarlo si un médico determinaba que había lesiones", recuerda Ileana. Sin embargo, un ojo morado o un dolor en el costado no son considerados como tal. "Tenía que mostrar una herida punzante o sangrante", explica. La miro y me cuestiono qué médico podría pasar por alto las marcas de cigarro que tienen en su antebrazo y esa nariz de boxeador sin protector. ¿Qué hacía falta para una orden de alejamiento? ¿Que la mataran?, me pregunto sin compartírselo.

El tiempo la ha calmado. El abusador está lejos y aún esta mujer menuda y con el rostro lleno de mataduras me confiesa: "Bueno, hay que decir que él no era tan malo", y acto seguido cuenta, "en el solar donde vivíamos hubo una a la que el marido le entró a machetazos un día que regresó bebido del trabajo". Toca madera y mira para arriba mientras concluye: "Gracias a la Virgencita, yo tuve más suerte".

Su caso fue archivado una y otra vez. No había un teléfono al que llamar, ninguna dirección de asilo de acogida para féminas maltratadas se publica en los medios oficiales, así que Ileana aguantó y calló. Su martirio duró una década, entre violaciones sexuales dentro del matrimonio –tampoco tipificadas en nuestra legislación– alguna que otra fractura y la humillación constante.

No había un teléfono al que llamar, ninguna dirección de asilo de acogida para féminas maltratadas se publica en los medios oficiales

"Entonces nació mi hija y me envalentoné", refiere esta mujer vestida con ropas anchas, mirando hacia abajo, evitando los ojos del hombre que se ha sentado a nuestro lado en la cafetería. "Una noche recogí todo y me fui para casa de una tía". Sin embargo, la escapada duró poco. "Alguien se fue de lengua y le dijo el lugar donde me estaba quedando y él fue a buscarme. Fue la noche más negra de mi vida".

Entre empujones e insultos, Ileana regresó a la casa de su marido. "Esa noche me forzó por horas mientras me decía 'tú eres mía y de ningún macho más'". Cuenta que al otro día no podía ni orinar. "Me dolía todo y tenía sus dientes marcados por toda la espalda". Entonces empezó la fase de total derrota. "Me acostumbré a que mi vida iba a ser así, dejé de resistirme", cuenta con un pragmatismo que duele.

Poco tiempo después el abusador se encontró "otra guajira más joven a la que maltratar", según recuerda Ileana. "Estuve hecha talco, no quería ni mirarme al espejo, ni maquillarme, ni salir a la calle". En todo ese tiempo ninguna organización femenina se le acercó, no supo de ningún asilo donde cobijarse y más de una decena de veces le escuchó decir al policía que la atendió: "bueno, algo habrá hecho para encabronarlo".

Hoy, Ileana me ha compartido su deseo. "Quiero volver a tener relaciones con un hombre sin miedo... en plan romántico". Al decirlo se ha tocado con la mano derecha la nariz para tratar de llevarla hacia el centro... El lugar donde debió estar si ese abusador no se hubiera cruzado en su camino.

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