Bejucal y sus charangas, una lucha contra el olvido

La pintura final se administra a las afueras del taller y casi siempre es de tonos plateados o dorados, para resaltar la carroza
Se ultiman los preparativos para las Charangas de Bejucal (Foto Víctor Ariel González)

La pequeña Ciudad de San Felipe y Santiago de Bejucal se camina de arriba abajo casi en menos tiempo del que toma pronunciar su nombre completo. Fundado hace más de trescientos años y a poco menos de una hora del centro de La Habana, el pueblo fue cuna de una de las tradiciones carnavalescas más famosas de Cuba, Las Charangas de Bejucal. Pero actualmente esas fiestas populares luchan por sobrevivir en medio del olvido.

Por diez pesos se llega en taxi a Bejucal desde Santiago de Las Vegas. En un rincón apartado del pueblo, dentro de unos viejos almacenes, trabajan durante todo el día varias decenas de hombres construyendo las carrozas. Esos gigantes hechos de cartón y acero constituyen el alma de la fiesta, y no puede haber charangas sin ellos. Desde mediados del siglo XIX se hacen dos que compiten entre sí, cada una representando un bando: el rojo o "Espina de oro", simbolizado por un gallo, y el azul o "Ceiba de plata", cuyo animal es el alacrán.

Desde que tenía 19 años, Ibrahim Cabrera se dedica a construir carrozas para las charangas de Bejucal. Y aunque ya cumplió los 83, todavía se le ve en el taller al frente de hombres que conoce desde que eran niños. "Las charangas estaban en una altura bárbara, [pero] después empezaron a aflojar", cuenta Ibrahim, que sin embargo todavía espera que se recupere al menos algo de lo que hubo en el pasado. Por eso señala acerca de la tradición, "creo que la cosa vuelve a florecer (...) este año hay más entusiasmo, no sé por qué".

“Creo que la cosa vuelve a florecer (…) este año hay más entusiasmo, no sé por qué”

Según cuenta este veterano de las fiestas, "la gente que tenía el sentido de la charanga ha ido muriendo". Ahora "es otro sistema, otra forma de vida. Ya la juventud no tiene el entusiasmo ese". Ibrahim recuerda que antes "las competencias eran tremendas", pues había familias enteras que por generaciones pertenecían a un bando u otro. "Yo salí 'espinista', pero mi familia era de La Ceiba", dice sonriente, con los martillazos y el ruido de sierras alrededor. "Cuando llegaba el mes de diciembre, la conga era diaria".

Roberto Macareño, quien a pocos metros trabaja en otro taller dirigiendo la construcción de la carroza del bando contrario, coincide en que "esa cuestión se ha perdido y [ahora] se ha tratado de rescatar". Él también ha participado durante mucho tiempo en los preparativos anuales. Cree que "deberíamos tener un folleto donde se explicara todo" para que las nuevas generaciones conozcan la tradición, así como los visitantes.

Roberto añora la rivalidad que acompañaba a estos eventos. Por su parte, Ibrahim se queja de que "estamos trabajando a medias" debido a la cercanía, porque los que arman una carroza no deberían ver cómo será la del bando contrario. Viejas cábalas de charangueros.

Cuando Bejucal cumplió tres siglos en 2013, las autoridades locales del Ministerio de Cultura decidieron dar más apoyo a las charangas; pero contrario a la tradición, las carrozas no salieron sino hasta principios de 2014. Según un organizador de la Casa de la Cultura, este año "habrá una semana de fiestas populares" que "se supone" comiencen el 24 de diciembre. "Estamos preparando un grupo de actividades culturales y hay varios artistas anunciados, pero aún no hemos definido a nadie". El procedimiento, explica el funcionario, es que "el consejo de administración provincial debe aprobar la propuesta de Cultura".

Fuera de los talleres y las instituciones, el pueblo espera por tiempos y charangas mejores. Jackelin, ama de casa, piensa que la tradición "sí se ha recuperado, porque el último año lo he visto un poco más animado".

La típica hospitalidad de los pueblos pequeños, con ese sentido de complicidad que han desarrollado los cubanos frente a las carencias

Sin embargo, no todos los bejucalenses piensan positivamente, y tienen sus razones. Miguel –nombre ficticio, a petición del entrevistado– tiene un pequeño puesto de fritas y dulces frente a su casa, en una de las calles del pueblo. Un negocio, dice, que comenzó su abuelo. Desde que se le pregunta si ha visto alguna recuperación festiva, mueve su cabeza de un lado a otro. "Qué va. Todo se ha perdido. La decadencia es completa (...) Antes las charangas duraban todo un mes, desde principios de diciembre hasta de enero. Entonces había de todo lo que quisieras comer, a la hora que fuera. Ahora lo que duran son unas días... y malos".

"De aquellas carrozas que alguna vez yo vi, no queda nada", lamenta. "Ya eso murió, mi'jo", comenta una vecina que se acerca a comprarle a Miguel. La señora solía venir desde Santiago de Las Vegas, sobre todo en diciembre, porque le encantaba bailar "detrás de la carroza". Pero hoy, afirma con pesar, "Bejucal está borrado del mapa".

Miguel se siente apoyado y sigue narrando. "Ya lo último es que los quioscos en las fiestas sobran. ¡Imagínate, si ahí es donde le venden comida a la gente!" Un amigo que también llega a comer –las frituras de chícharo de este puesto poseen una merecida fama en el pueblo–, añade que desde que Bejucal forma parte de la nueva provincia de Mayabeque, la situación general se ha puesto peor por culpa de la mala administración del gobierno, cuyas directivas no satisfacen los deseos de los bejucalenses.

Mientras me dan las direcciones para ir a los lugares emblemáticos por donde pasaban las carrozas de camino al parque Maceo, esta gente del campo va entrando en confianza. Se siente la típica hospitalidad de los pueblos pequeños, con ese sentido de complicidad que han desarrollado los cubanos frente a las carencias. Las charangas de Bejucal, o lo que queda de ellas, se pueden resumir en una frase que repiten muchos: "todo eso se extraña".

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