¡Cómo se nota que los dirigentes no montan en guagua!

Colas interminables
Colas interminables para subir a una guagua en La Habana. (Aitor Herrero Larrumbide)

El noticiero presentó ayer 7 de septiembre un reportaje sobre el transporte público en la capital. Al margen de la curiosidad de observar la incipiente o la franca obesidad de casi todos los dirigentes que salen en televisión, estos y otros trabajadores del sector se referían a la vandalización de que son objeto los ómnibus, a sus roturas frecuentes por soportar un peso excedido a diario, a los siete millones de dólares destinados a la compra de nuevos equipos y piezas de repuesto y al esfuerzo que realizan la empresa y la dirección del país para mejorar ese servicio. Aunque no se mencionó, el parque automotor de la ciudad se renovó en 2007 y ha tenido ocho años de sobreexplotación.

Durante más tiempo del que pensé, las guaguas mantuvieron su buena presencia, sin letreros, limpias. Esperaba ver con esas guaguas si se cumplía la teoría de las ventanas rotas y, en efecto, cuando comenzaron a aparecer los signos de deterioro, éstos se hicieron imparables. Además de la suciedad, el acordeón de los ómnibus articulados se ha rajado, muchas ventanillas están trabadas, faltan tubos de agarre y, si no se ataja a tiempo, los tubos que ya están flojos seguirán el camino de los ausentes.

El transporte de los organismos, que hace unos años contribuyó a paliar la crisis, hoy pasa de largo frente a las paradas llenas no obstante las señas desesperadas. ¿Cuánto cuestan a los organismos correspondientes esas guaguas que muchas veces hacen solo dos viajes diarios y necesitan chofer, gasolina, mecánico? ¿Cuánto cuestan?

Los camiones del transporte privado suplen una parte de las carencias del transporte público, pero la solución no puede ser transportar personas en camiones, sin cuestionar que el precio es varias veces mayor, puesto que ofrecen un servicio deficitario.

Los transportistas privados deberían tener la opción de créditos bancarios u otras facilidades para adquirir un ómnibus

En el reportaje del noticiero se mencionó la falta de escrúpulos de quienes orinan dentro del ómnibus, los artistas del grafiti, la indisciplina de los que se abalanzan para entrar de primeros, y más triste aún, la falta de solidaridad ante personas mayores o con niños. Recién terminadas las vacaciones, tengo frescas las imágenes de padres que en el afán de dar a sus hijos alguna distracción, viajaban con sus pequeños hacia la playa o el zoológico sin que los pasajeros se animaran a cederles un asiento. Existen asientos para discapacitados, embarazadas y personas con niños pequeños, bien diferenciados por su color amarillo, pero muchísimas personas consideran que si ya esos asientos están ocupados, mala suerte. A viva voz en dos oportunidades reclamé un asiento para mujeres con bebés y fracasé.

Los choferes, en no pocas ocasiones, son parte del problema y no de la solución. Como ahora deben abonar una cantidad de dinero antes de cada viaje, el cobrador oficioso ha aparecido y, por cuenta del chofer, cobra e incita a los pasajeros a montar por la puerta trasera en aras de estar detenidos el menor tiempo posible. Los choferes son sordos cuando los pasajeros se quejan del exceso de velocidad y los frenazos bruscos o imponen su gusto musical; y ya ni me molesto en pedirles que no fumen. Todo esto y el párrafo anterior da una idea de cómo andan los valores a nivel social.

Muchas veces se ha planteado cooperativizar el transporte público, una manera diferente de tratar de resolver uno de los problemas más antiguos de la ciudad, pero se mantiene el control en manos de la Empresa de ómnibus urbanos.

Los transportistas privados deberían tener la opción de créditos bancarios u otras facilidades para adquirir un ómnibus y pasar los camiones al traslado de mercancías. No son ideas novedosas, han demostrado su valía en la práctica y han sido expuestas en foros públicos, reuniones especializadas y en las opiniones de la población que recoge la prensa escrita. No se explica por qué en la llamada actualización del modelo, la falta de prisa no ha dado como resultado una alternativa viable para el alivio de la crisis del transporte urbano.

Se entiende así perfectamente una de las frases más escuchadas en una parada de ómnibus: ¡Cómo se nota que los dirigentes no montan en guagua!

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