El olor de la mandarina

Una campesina vende mandarinas a los turistas al borde de la carretera. (G. Balding)
Una campesina vende mandarinas a los turistas al borde de la carretera. (G. Balding)

Cada país tiene sus aromas. Para Gabriel García Márquez el de Colombia es el "olor de la guayaba", una fragancia que también podría ajustarse a Cuba si no fuera porque otras frutas están más asociadas a la nostalgia. Todo niño de esta Isla ha pelado alguna vez una mandarina con sus propias manos y todo adulto extraña esa sensación bajo las uñas, pero la crisis de la agricultura, que afectó especialmente al cítrico, ha hecho que la mandarina solo aparezca breves semanas al año y en uno pocos mercados.

A partir de 1975 la producción de cítricos creció a un promedio anual del 14% y tres lustros después tocó techo con 1.017.000 toneladas. En ese momento, el consumo per cápita nacional superó los 25 kg por año, pero la felicidad duró poco. En 2008 el país apenas logró unas 391.000 toneladas de estas frutas debido al desmantelamiento de áreas de cultivo, los problemas organizativos para trasladar el producto desde el campo y el dañino efecto de la plaga conocida como dragón amarillo.

Esa combinación de factores adversos ha hecho de la mandarina un sabor casi exótico para los paladares nacionales. Encontrarla en las tarimas de los mercados es un milagro, porque la menguada cosecha se canaliza fundamentalmente hacia el turismo o la industria de procesamiento. No obstante, de vez en cuando, a la vera del camino de algún sitio remoto, aparece un vendedor de este sabroso fruto. Probarlo es, para muchos cubanos, como un viaje al pasado, a la semilla.

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