Cajón de sastre
Estamos muy cerca de salir de tanto oprobio
Cajón de sastre
Houston/Estamos muy cerca. No lo digo por romanticismo ni por consuelo barato: lo digo porque los sistemas totalitarios no caen cuando la oposición grita más, sino cuando la realidad los deja sin oxígeno. Y eso ya está ocurriendo. Un régimen puede controlar periódicos, escuelas y policías, pero no puede controlar indefinidamente el hambre, el derrumbe moral, la desesperanza, ni la ruina de lo cotidiano.
Cuba ha entrado en una etapa donde el poder ya no inspira miedo: inspira lástima. Y cuando un poder pierde la capacidad de imponerse como mito, empieza a morir.
Pero hay algo que debemos decir con claridad, antes de que llegue el día decisivo: este nuevo comienzo no puede nacer con odio. Porque el infierno cubano nació exactamente así.
1959 fue el año en que el odio se volvió política, el resentimiento se volvió doctrina y la violencia se volvió “justicia revolucionaria”. A partir de ahí, el país fue empujado a un estado de guerra permanente contra sí mismo: contra la familia, contra el pensamiento libre, contra la fe, contra la propiedad, contra la verdad, contra la palabra “mañana”.
El comunismo no solo destruyó la economía. Eso sería lo menos. Destruyó la mente humana. Porque donde hay miedo no hay virtud
El comunismo no se instaló solo con decretos: se instaló con un veneno psicológico. Y ese veneno fue el odio.
Yo viví ese drama. Crecí oyendo “paredón, paredón” como si fuera una canción nacional. Vi a gente arrastrada por las calles. Vi a un pueblo convertido en turba, y a la turba convertida en herramienta. Vi a las familias quebrarse: padres contra hijos, hermanos contra hermanos, amigos convertidos en delatores.
No hubo paz. No hubo equilibrio. Hubo una religión del rencor. Y un país no puede ser feliz cuando su gobierno necesita el odio para sostenerse. Por eso, el comunismo no solo destruyó la economía. Eso sería lo menos. Destruyó la mente humana. Porque donde hay miedo no hay virtud.
Donde hay odio no hay justicia. Donde hay fanatismo no hay patria. Y aquí está la clave histórica que no podemos ignorar: los regímenes totalitarios caen, sí… Pero sus hábitos morales pueden sobrevivir. Y ese es el peligro.
Porque si el día de la libertad nos sorprende con la misma rabia, con la misma sed de humillar, con la misma lógica del castigo, entonces no habremos salido del comunismo: solo habremos cambiado el uniforme del odio.
Lo digo sin ambigüedades: justicia sí. Venganza no. La justicia es civilización. La venganza es barbarie. La justicia es el derecho aplicado con reglas. La venganza es el odio disfrazado de moral. Y la venganza tiene un defecto terrible: cuando empieza, nunca sabe detenerse.
Hoy muchos creen que el odio es fuerza. Pero el odio no es fuerza: el odio es ceguera. Y un país que nace ciego, vuelve a caer en el abismo. Debemos aprender de la historia, no solo de Cuba, sino del mundo: las naciones que salieron del horror con éxito, lo hicieron con instituciones, no con turbas. Con tribunales, no con linchamientos. Con verdad documentada, no con gritos.
Porque el comunismo nos enseñó lo peor: que el adversario no es un ciudadano, sino un enemigo; que la palabra no vale, que la vida no vale, que el derecho es un estorbo. Y si nosotros repetimos esa lógica, entonces se cumplirá el viejo renglón: “Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza.”
Una República “con todos y para el bien de todos”, como soñó Martí. Y esa República solo será posible si nace limpia de lo que nos destruyó
Este nuevo comienzo debe nacer en otra cosa: en la cordura, en la ley, en la dignidad humana, en el respeto a la conciencia, en la libertad religiosa, en el pluralismo, en la reconciliación nacional. Y reconciliar no significa olvidar. Reconciliar significa recordar con justicia, sin odio.
Significa que los culpables respondan ante la ley, no ante la ira. Significa que las víctimas sean reconocidas, reparadas, y honradas. Significa que la verdad histórica sea escrita con pruebas, no con propaganda. Porque si algo necesita Cuba con urgencia es esto: una República verdadera.
Una República “con todos y para el bien de todos”, como soñó Martí. Y esa República solo será posible si nace limpia de lo que nos destruyó.
Estamos a las puertas de sacudirnos esta plaga de comunismo: esta maquinaria que nos empujó a la servidumbre, al miedo, a las cavernas, a la miseria más indigna que puede padecer un ser humano.
Pero cuidado: la libertad no se construye con rabia. La libertad se construye con virtud. Nazcamos, entonces, en la bondad lúcida. En el perdón que no se arrodilla. En la justicia que no se ensucia. En la verdad que no necesita gritar.
Porque si el día del renacer nos encuentra con el corazón lleno de odio, estaremos entrando a otro nuevo infierno. Y Cuba no merece otro infierno. Cuba merece, por fin, una vida normal. Una vida decente. Una vida humana. Y ese será el mayor triunfo.
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